Diccionario Bíblico
Voluntad
Letra V
Del lat. voluntas = «voluntad, deseo, benevolencia», del vb. velle = «querer», en el sentido de ejercer la voluntad, correspondiente a varios términos en heb. y gr. En el AT el vb. principalmente utilizado es abah, mientras que en el NT son thelo y búlomai. Voluntad es término polivalente que se dice de muchas maneras. «Una definición universalmente reconocida de lo que debe entenderse exactamente por voluntad no existe» (Peter Rohner). Por una parte describe la actividad superior del hombre de acuerdo a la facultad del alma (Santo Tomás) por la que quiere unas cosas y rechaza otras. Indica también la libertad para obrar, «la capacidad mayor o menor de dirigir uno sus propias acciones con independencia de influencias extrañas» (María Moliner). La voluntad es también deseo, apetencia, querer, elegir según la propia inclinación.
1. Significado y uso.
2. Voluntad de Dios.
3. Voluntad libre.
I. SIGNIFICADO Y USO
1. Heb. 14 abah, אבה, asirio abitu, raíz prim. «respirar [después]», de donde en sentido fig. pasa a sign. «mostrar asentimiento, querer» (Gn. 24:5, 8; Ex. 10:27; Lv. 26:21; Dt. 1:26; 2:30; 10:10; 23:5; 25:7; 29:20; Jos. 24:10; Jue. 19:10, 25; 20:13; 1 Sam. 15:9; 22:17; 26:23; 31:4; 2 Sam. 2:21; 6:10; 12:17; 13:14, 16, 25; 14:29; 23:16, 17; 1 R. 22:49; 2 R. 8:19; 13:23; 24:4; 1 Cro. 10:4; 11:18, 19; 19:19; 2 Cro. 21:7; Job. 39:9; Sal. 81:11; Is. 1:19; 28:12; 30:9, 15; 42:24; Ez. 3:7; 20:8), «consentir». Representa la inclinación que lleva a la acción; Sept. 1014 búlomai, βούλομαι, y 2309 thelo, θέλω, que se traduce “querer”.
En la mayoría de los pasajes citados hace referencia a la voluntad que se expresa en negativo, implica desobediencia, rechazo a dar oído a la Palabra de Dios, que, al ser consciente y voluntario, hace responsables a sus sujetos. En Is 1:19 es una invitación al querer y obedecer para asegurarse la bendición. Respecto a Dios, indica que sus tratos con los hombres son deliberados, y hasta cierto punto dependientes de la obediencia o desobediencia de ellos.
2. Heb. 2654 japhets, חפץ, prop. «inclinarse», fig. «agradarse, aprobar, querer» (Rut 3:13; Job 9:3; 13:3; Sal. 40:6; 51:16; 115:3; Os. 6:6), «desear» (1 Sam. 18:25; Sal. 34:12; 40:14), «complacer» (1 Sam. 15:22; 2 Sam. 15:26; Sal. 22:8; 68:30), «agradar» (2 Sam. 22:20; Ecl. 12:10), «favorecer» (2 Sam. 20:11; Sal. 35:27), «tener voluntad» (Sal 119:35); Sept. 2309 thelo, θέλω o 1014 búlomai, βούλομαι. Japhets es un término por lo general relativo, no absoluto, y denota una disposición favorable, o el impulso del corazón a tomar un cierto curso de acción en cuanto sea apropiado.
3. Heb. 7522 ratsón, רָצוֹן, también escrito רָצֹן, «deleite, benevolencia, aceptación, voluntad» (Lv. 1:3; 19:5; 22:19, 29; Neh. 9:24; Est. 9:5; Sal. 40:8; 143:10; Dan. 8:4; 11:3, 16, 36); Sept. 2307 thélema, θέλημα; 2107 eudokía, εὐδοκία, o 1184 dektós, δεκτός. Ratsón es una palabra menos abstracta que las anteriores, expresa una emoción placentera, sea que lleve a la acción o no. Tanto el sustantivo como el verbo se utilizan para representar lo placentero, deleitoso, aceptable o aprobado por Dios.
1. Gr. sust. 2307 thélema, θέλημα, «determinación», aquello de que se tiene voluntad, relacionado con «querer» (Hch. 13:22; Col. 4:12), y 2308 thélesis, θέλησις, «acción de querer, deseo» (Heb. 2:4), del vb. 2309 thelo, θέλω, «querer, desear», implicando volición y propósito, con frecuencia una determinación. Se traduce frecuentemente con el vb. «querer» (p.ej, Mt. 17:12; Mc. 9:13; Lc. 13:31; Jn. 3:8; 1 Tes. 2:18; 1 Ti. 2:4; 2 Pd. 3:5). Thélema se usa de la voluntad de Dios (Mt. 18:14; Mc. 3:35), y de la voluntad del hombre (p.e., 1 Cor. 7:37).
2. Gr. sust. 1013 búlema, βούλημα, «resolución, designio deliberado», aquello que se dispone premeditadamente (Ro. 9:19; 1 Pd. 4:3), del vb. 1014 búlomai, βούλομαι, «desear, querer» (Mc. 15:15; Lc. 22:24; Jn. 18:39; Hch. 5:28, 33; 15:37; 17:20; 18:15, 27; 19:30; 22:30; 23:28; 25:20, 22; 27:43; 28:18; 1 Cor. 12:11; 2 Cor. 1:15; Fil. 1:12; 1 Ti. 2:8; 5:14; 6:9; Tit. 3:8, 13; Heb. 6:17; Stg. 3:4; 4:4; 2 Pd. 3:9; 2 Jn. 12; 3 Jn. 10; Jud. 5), y generalmente expresa el ejercicio deliberado de la volición con mayor intensidad que el vb. thelo. Se traduce «voluntad» en Stg. 1:18, donde se emplea el participio presente, lit. «habiendo querido». En Mt. 1:19 expresa de la intención de José de dejar a María; y en Mt. 11:27 la voluntad del Hijo de revelar el Padre a quien él «quiera».
3. Gr. sust. 2107 eudokía, εὐδοκία, de eu, εὐ, «bien», dokeo, δοκέω, «pensar», se traduce «beneplácito» (Ef. 1:9), y «buena voluntad» (Lc. 2:14; Fil. 1:15; 2:13).
4. Gr. sust. 2133 eúnoia, εὔνοια, de eu, y nûs, νοῦς, «mente», de «buena mente», traducido «buena voluntad» en Ef. 6:7; en 1 Cor. 7:3 es un eufemismo para el deber conyugal, donde debe intervenir la buena disposición de ambos.
En la literatura > apócrifa y > deuterocanónica también encontramos los términos thélema para referirse a la voluntad (1 Esd. 9:9; Eclo. 8:15; 43:16; 1 Mac. 3:60); bulé (Sab. de Sal. 9:13); búlema (2 Mac. 15:5; Eclo. 30:8; Sab. de Salomón 14:19) y thelo, (Eclo. 6:35; Sab. de Sal. 12:18; 2 Mac. 7:16).
II. VOLUNTAD DE DIOS. El heb. ratsón y su correspondiente gr. thélema son los términos que, con muy pocas excepciones, hacen referencia a «la voluntad del Señor», como aquello que Dios decide debido a que le agrada. Es la «buena voluntad» de Dios. En teología la voluntad de Dios se identifica con su ser, dada la simplicidad divina, y coincide con su designio. En el AT la voluntad de Dios se manifiesta desde el principio en la obra de la creación. Respecto al hombre, se revela como bendición condicionada a la obediencia (Gn. 2:17). Después del pecado original, la voluntad de Dios se revela como anuncio de salvación en medio del castigo (Gn. 3:15–19). Toda la historia de Israel revela el designio de Dios en su carácter eterno de bendición, pero la repetida desobedencia del pueblo le obliga al castigo una y otra vez. Cuando Israel se somete a la voluntad de Dios, es bendecido guiado por Dios a la santidad y a la felicidad (Dt. 4:30–40). Israel debe aprender y reconocer que Dios no quiere la muerte, sino la vida (Ez. 18:32), no la desgracia, sino la paz (Jer. 29:11).
La voluntad de Dios es soberana (Job 23:13; Is. 55:11), omnipotente (Gn. 17:1; Sal. 135:6; Job 37:12; Eclo. 43:13–16), sabia e inescrutable (Sab. 9:13), benévola (Jer. 9:23). La > Ley expresa la voluntad de Dios en las relaciones humanas y divinas. La primera se diferencia de la segunda, en su aspecto estático, institucional, mientras que la segunda tiene un elemento dinámico y personal, de ahí la oración del salmista: «Enséñame a hacer tu voluntad, porque tú eres mi Dios; tu buen Espíritu me guíe a tierra de rectitud» (Sal. 143:10).
En el NT, el Hijo revela la voluntad de Dios, que vino a cumplir (Heb. 10:7; cf. Mt. 6:10; 7:21; 12:50; 26:39; Lc. 2:49). Jesús no quiere otra cosa (Jn. 5:30), sino hacer todo lo que agrada al que le ha enviado (Jn. 8:29); tanto es así, que ella constituye su verdadero alimento (Jn. 4:34; 8:29). La voluntad de Dios, que gobierna en el cielo, debe cumplirse también en la tierra (Mt. 6:10). Pero la voluntad de Dios no es opresiva, sino liberadora, generosa, como se expresa en la parábola del amo de la viña (Mt. 20:14ss). En su beneplácito, Dios ha reservado a los pequeñuelos la revelación mesiánica (Mt. 11:25), pero solo entrarán en el Reino de los Cielos los que hagan la voluntad del Padre (Mt. 7:21). Para Jesús esta voluntad es que a todos los que vienen a él, Dios les dé la resurrección y la vida eterna (Jn. 6:38ss.). San Pablo lo resume diciendo que la voluntad de Dios es «que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Ti. 2:4), pues Dios es, por definición, «Salvador de todos los hombres» (1 Ti. 4:10), lo cual fundamenta su voluntad salvífica universal. Ama a justos y pecadores con la misma equidad con que «hace salir su sol sobre malos y buenos» (Mt. 5:45). Su voluntad salvifica universal pasa a través de la cruz de su Hijo: «Jesucristo se dio a sí mismo por nuestros pecados…, conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre» (Gal. 1:4); por eso Jesús, llegado el momento y fiel a su principio de obediencia sin fisuras (cf. Jn. 5:30), ruega: «No se haga mi voluntad, sino la tuya» (Mc. 14:36; Lc. 22:42). La obediencia a la voluntad de Dios hace de Cristo la expresión perfecta del amor del Padre al mundo (1 Jn. 4:9–10).
III. VOLUNTAD LIBRE. La acción voluntaria, en oposición a aquello que es ordenado o forzado, se indica en el AT por la palabra 5068 nadab, נדב, raíz prim. «impulsar, estar dispuesto, tener voluntad»; se aplica a las ofrendas dadas voluntariamente para el Tabernáculo (Ex. 25:2; 35:5, etc.) y para el Templo de Salomón (1 Cro. 29:5). También a los magistrados que «dieron con liberalidad al pueblo» para los sacrificios de la Pascua en los días de Josías (2 Cro. 35:8). Aparece en los Salmos respecto a los sacrificios ofrecidos voluntariamente (Sal. 54:6; 110:3). De aquí se desprende que Dios, que ha creado al hombre libre, espera de él un culto voluntario, libre, no forzado. Es un sentimiento general compartido por todos los hombres de todos los tiempos que las acciones voluntarias a las que falta libertad, carecen de valor. Cumplimientos formales u obligados por la fuerza solo incitan a querer verse libre de ellos. Es un principio bíblico que Dios busca al dador alegre que actúa por propia libertad, confiado en la bondad de los actos a los que Dios pide obediencia. Dios castiga la desobediencia en los actos de rebeldía contra su voluntad. Dios considera al hombre responsable de sus actos en cuanto le ha dado dominio relativo sobre ellos. El ejercicio de ese dominio está limitado por la voluntad de Dios expresada en leyes y mandamientos. Que el hombre no quiera obedecer a la voluntad divina no se debe a ningún defecto de su capacidad volitiva, sino todo lo contrario, a la posibilidad que tiene de ir contra el mismo Dios. Aunque Dios es soberano para efectuar su voluntad, es un hecho que obra a través de la voluntad, no aparte de ella; atrae, pero no fuerza; llama sin obligar. El pecado nubla la visión del pecador y enemista su voluntad contra Dios, pero no anula su libertad, ni, por tanto su responsabilidad. Dios quiere salvar al hombre a pesar de su obstinación, pero no por encima de él. Para llevar a cabo su plan redentor, Dios requiere la adhesión libre del hombre, comenzando por los patriarcas y siguiendo con Israel, con el cual establece una alianza (Ex. 24:3–8; 19:3–8), fundada en la libertad (Dt. 30:19). Si por una parte el hombre solicita la reconciliación: «Conviértenos a ti y nos convertiremos» (Lam. 5:21; Jer. 31:18), por otra, también Dios reclama el retorno libre del pecador: «Convertíos a mí y yo me convertiré a vosotros» (Mal. 3:7; Zac. 1:3).
En la voluntad de Dios se encuentra todo lo que es «bueno, perfecto y aceptable» (Ro. 12:2); por esta razón, de su cumplimiento se puede decir lo que Jesús del seguimiento: «mi yugo es fácil, y ligera mi carga» (Mt. 11:30). Del cristiano se espera una «voluntad dispuesta» (4288 prothymía, προθυμία, 2 Cor. 8:11), en su calidad de hijo de Dios, para quien su deber y su alegría es cumplir la voluntad de Dios y comprobar en todas las circunstancias de la vida «cuál sea la voluntad del Señor» (cf. Ef. 5:17). La conformidad a la voluntad de Dios ha sido, sin duda, uno de los motores de la vida espiritual de los hijos de Dios en todo tiempo. Véase ELECCIÓN, LEY, LIBERTAD, OBEDIENCIA, SALVACIÓN.

