Diccionario Bíblico
Vocación
Letra V
Heb. vb. 7121 qará, קרא, «llamar, clamar»; gr. vb. 2564 kaleo, καλέω, «llamar»; 2821 sust. klesis, κλῆσις, «llamamiento, vocación»; lat. vocatio, «acción de llamar, vocación».
1. Llamamiento y vocación.
2. Vocación y alianza.
3. Vocación y vida cristiana.
I. LLAMAMIENTO Y VOCACIÓN. El término vocación en sentido moderno se utiliza para significar la inclinación hacia una profesión particular, o el ejercicio de una tarea, oficio o misión de carácter altruista. En el terreno religioso, vocación indica el desempeño de un ministerio como resultado de sentirse llamado por Dios a tal efecto. Por esta razón, en el lenguaje bíblico domina el término > llamado y llamamiento, que pasan del uso secular al sagrado cuando tienen a Dios por sujeto: «Cuando Israel era niño, yo lo amaba, y de Egipto llamé a mi hijo» (Os. 11:1ss.; cf. Dt. 14:1). En el griego clásico los vocablos kaleo y klesis tampoco tienen un significado primariamente religioso, sino secular, pero al entrar en la esfera religiosa adquieren un matiz nuevo por vía de analogía.
El llamamiento divino y la vocación personal consiguiente tan presente en la historia bíblica, es desconocido por completo en el mundo griego, dado el carácter trascendente de los dioses griegos, no interesados en la amistad personal con los hombres. En la tradición bíblica, la vocación es la respuesta de la persona a la iniciativa divina. Dios llama al hombre a cooperar en sus designios, y se da a sí mismo, es decir, su palabra, su Espíritu y su poder, para que la persona llamada pueda realizar su tarea vocacionalmente, o sea, movida por el exclusivo interés del Dios que le llama y hace entrega de sus dones.
El llamado no siente su vocación como una invitación que pueda rechazar, tanto como una interpelación que le exige una respuesta afirmativa. De hecho, la mayoría de los llamados por Dios a afectuar una misión ponen excusas y tratan de eludir su deber sagrado debido a las dificultades que entraña. Por decirlo de algún modo, Dios se ve obligado a convencerlos. Tal es el caso de Moisés y los profetas, así como de los apóstoles. Por consiguiente, la vocación es un llamamiento divino que conlleva una gran responsabilidad y de la que nadie sería capaz sin el don y la gracia divina. Como dirá San Pablo: «Para estas cosas, ¿quién es suficiente?» (2 Cor. 2:16). Debido a esto, el llamamiento divino conlleva un cambio en la persona llamada, tipificado por algún acto y acción de Dios, cambio de nombre, purificación de los labios, ceguera momentánea, etc., mediante los cuales cualifica a sus siervos (cf. Gn. 17:5; Ex. 4:1–12; Is. 6:7; 62:2; Jer. 1:11; Hch. 9:3–6).
Dios enriquece a cada uno de los que llama con dones particulares que lo capacitan para realizar su ministerio. El Espíritu Santo llama y dota a Bernabé y Pablo «para la obra a la que los he llamado» (Hch. 13:2). En sentido general, todo cristiano en la Iglesia está llamado a ejercer un ministerio particular y propio, «para la edificación del cuerpo de Cristo» (Ef. 4:12; cf. 1 Cor. 12:11, 18–27). En cuanto hijo de Dios, tiene que descubrir su vocación en el servicio a los demás (Mt. 20:28; Mc. 10:45), permitiendo que Cristo pueda desarrollar mediante él la vocación para la que vino al mundo, la cual continúa mediante su cuerpo que es la Iglesia, cuya variedad de dones y vocaciones son un reflejo de la riqueza infinita del Jesús glorificado, que continúa viviendo en medio de su pueblo (Ef. 4:8–13).
II. VOCACIÓN Y ALIANZA. En el AT la vocación del individuo se enmarca en la elección de Israel como pueblo, sellada por la aprobación de la Alianza concertada en el Sinaí, a la cual toda la comunidad en el desierto prometió respetar y observar (Ex. 19:8; 24:3). Por su parte, Dios promete y asegura que si ellos escuchan atentamente su voz y guardan sun alianza, serán su propiedad especial entre todos los pueblos, un reino de sacerdotes, un pueblo santo (Ex. 19:4–7). La vocación de Israel consistirá en un acto de consagración a Dios, mediante el cual permanecerán atentos a su palabra y al cumplimiento de ella. Espiritualidad de la Palabra y de obediencia a la voluntad divina expresada en ella que se alzará en todo momento de crisis, de desobediencia y de renovación. El pueblo pertenece a Dios, no de un modo mecánico, de una vez para siempre, y por simple derecho de nacimiento, sino por un proceso dinámico y continuo de aprendizaje y obediencia. Tal es su vocación, aquello a lo que está llamado y de lo que puede desistir sin graves perjuicios para su existencia nacional e individual. Todo israelita que nace está dedicado a Dios, es propiamente un reino de sacerdotes, cuya consagración está representada por los > levitas, sustitutos de los primogénitos en el culto y servicio de Dios. Todo israelita, sea cual fuere su ocupación dentro de la comunidad elegida, será responsable de la bendición de Dios y de su maldición al no respetar las condiciones del pacto. La vocación de cada israelita es la santidad.
Por su condición sacerdotal, el profetismo no aparece solo en la clase propiamente sacerdotal, sino en medio de todo el pueblo, conforme al primitivo anhelo de Moisés: «¡Ojalá que todos fuesen profetas en el pueblo de Yahvé, y que Yahvé pusiese su Espíritu sobre ellos!» (Nm. 11:29). La vocación profética es la expresión más visible de esa espiritualidad de la Palabra que amonesta, exhorta y amenaza con vistas a la corrección y restauración de los privilegios perdidos por la injusticia y desobediencia. «Si guardas los mandamientos de Yahvé tu Dios y andas en sus caminos, Yahvé te confirmará como pueblo santo suyo, como te ha jurado. Todos los pueblos de la tierra verán que eres llamado por el nombre de Yahvé, y te temerán» (Dt. 28:10). La vocación profética, que no es otra cosa que un llamamiento a la renovación de la comunión con Dios, está presente en todas las vocaciones particulares del AT.
III. VOCACIÓN Y VIDA CRISTIANA. En el NT la vocación se entiende en el amplio contexto de la salvación, que parte del individuo, comprende la comundiad, en cuanto cuerpo de todos los creyentes en Cristo, y avanza hacia la totalidad de la humanidad reconciliada, tipificada por la Jerusalén celestial. Se cerrará así el ciclo de la Historia de la Salvación que busca al individuo para integrarlo en la sociedad redimida donde Dios estará con los hombres, «y él habitará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios» (Ap. 21:3). Dios llamó a los pecadores, sin distinción de raza y lengua, mediante la predicación del Evangelio para que alcancen «la gloria de nuestro Señor Jesucristo» (2 Tes. 2:14), en tanto constituyen, ya y ahora, un «linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido» (1 Pd. 2:9). La imaginería sigue siendo la del AT, pero con una novedad, a saber, el ingreso de los > gentiles en la comunidad santa: “vosotros en el tiempo pasado no erais pueblo, pero ahora sois pueblo de Dios» (1 Pd. 2:10; Ef. 3:6). Y otra novedad: Cristo es el punto de referencia que aglutina y justifica toda vocación particular. Él es quien constituye a los creyentes en un reino de sacerdotes para Dios su Padre (Ap. 1:6). La Iglesia es la comunidad de los santificados en Cristo Jesús y llamados a ser santos (1 Cor. 1:2; 1 Tes. 4:3, 7; 1 Pd. 1:15). Santidad que se expresa en términos de obediencia a la Palabra de Dios, pero también en seguimiento del ejemplo dejado por Jesús (Mt. 11:29; Mc. 8:34; Jn. 13:15; 1 Pd. 2:21). Espiritualidad de imitación e identificación con Cristo (Gal. 2:20). Vocación ligada por siempre al «misterio de Cristo» (Ef. 3:4). Cristo es la vid que sostiene y vigoriza las vocaciones individuales que se ramifican a partir de él (cf. Jn. 15:1).
El llamado a la santidad enlaza con la vocación del AT, se distingue en la nota adicional de carácter personal que tiene en Cristo, cuyos pasos marcan para siempre la vida cristiana, pero que a la vez cuenta con su gracia y asistencia personal mediante el Espíritu Santo. Su divino poder concede todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad (2 Pd. 1:3). Nada falta ni es escaso por parte de Dios. El Dios que llama a su gloria y excelencia, es el mismo que hace partícipes de su naturaleza divina a los llamados (vv. 3–4). Pero como en toda alianza o pacto intervienen dos partes, a la humana corresponde ser fieles a las condiciones de la misma, procurando con todo empeño hacer firme su vocación y elección (v. 10). El que llama es leal y cumplirá su palabra (1 Tes. 5:24); el que es llamado no debe ser menos.
En el contexto de vocación general a la santidad en Cristo, se dan las vocaciones particulares o vocaciones al ejercicio del > ministerio eclesial, que es a la vez una vocación de parte del hombre y un don de parte de Dios (cf 1 Cor. 12:7–26; Ef. 4:7–11). El Espíritu Santo distribuye a cada uno el don que contribuye a la edificación del cuerpo de Cristo (Ef. 4:12), mostrando así la soberanía divina también en el gobierno de la Iglesia, que es más que una asamblea de intereses comunes. Es ciertamente una comunidad suscitada por el llamado de Dios y su Espíritu, fundada y sustentada por Cristo, que permanece gracias a la fe de sus componentes, pues la fe es el canal por el que llegan todos los dones divinos.
La vocación al ministerio comporta a la vez una vocación misionera al servicio de la expansión del Evangelio, y una vocación al amor universal, sin distinción, expresión distintiva del amor de Dios al mundo, por el que su pueblo debe ser reconocido (Jn. 13:35). Véase AMOR, EJEMPLO, LLAMAR, LLAMAMIENTO, MISIÓN, SANTIDAD.

