Diccionario Bíblico
Visión
Letra V
Término que corresponde a varias palabras hebreas y griegas.
1. Terminología.
2. Visión y profecía.
3. Visión y revelación
4. Visión de Dios.
I. TERMINOLOGÍA
1. Heb. 2377 jazón, חָזוֹן = «visión», término que se encuentra mayormente en los libros proféticos; casí siempre indica un medio de revelación y también el mensaje recibido a través de él (cf. Is. 1:1); 2384 jizzayón, חִזָּיוֹן = «visión, revelación», aparece 9 veces (p.ej. 2 Sam. 7:17; Job 4:13; Joel 2:28); del vb. 2372 jazah, חזה, raíz prim. «mirar fijamente, ver, percibir», se encuentra 54 veces en el AT; tiene cognados en ugarítico, arameo y árabe; de esta voz se deriva:
2. Heb. 4236 majazeh, מַחֲזֶה = «visión», en claro sentido sobrenatural, utilizado en las tradiciones más antiguas (Gn. 15:1; Nm. 24:4, 16; Ez. 13:7).
3. Heb. 4759 mareah, מַרְאָה = «visión», fem. de 4758 mareeh, מַרְאֶה, «visión, vista», en sentido sobrenatural (Gn. 46:2; Ex. 3:3; Nm. 12:6; 1 Sam. 3:15; Ez. 1:1, 13, 28; 8:3, 5; 11:24; 40:2; 43:3; Dn. 8:16; 7:26; 10:1, 7, 16; 11:14), que se deriva de:
4. Heb. 7200 raah, ראה = «ver, percibir, mirar, visitar», que en sentido natural, físico, aparece en multitud de ocasiones, y raramente se aplica a la profecía, solo una vez en relación con > Uzías, «entendido en las visiones de Dios» (2 Cro. 26:5).
1. Gr. 3705 hórama, ὅραμα, aquello que es visto: un espectáculo (Mt. 17:9; Hch. 7:31); una aparición o visión (Hch 9:10, 10; 18:9).
2. Gr. 3706 hórasis, ὅρασις = «visión», física o mental (Hch. 9:10, 12; 10:3, 17; 11:5; 12:9, 10; 16:9; 18:9; 26:19; Ap. 9:17), de 3708 horao, ὁράω, prop. «fijarse»; 3701 optasía, ὀπτασία = «visión» (Lc. 1:22; 24:23; Hch. 26:19; 2 Cor. 12:1).
3. Gr. 3700 ópsomai, ὄψομαι, tema de futuro del verbo horao, ὁράω (Lc. 1:22; 24:23; Hch. 26:19; 2 Cor. 12:1).
II. VISIÓN Y PROFECÍA. En sentido trascendente, la visión es una experiencia de lo divino, que tiene su origen en la misma actividad de Dios. Este fenómeno sobrenatural aparece en la Escritura desde el princpio. Los relatos de los patriarcas abundan en mensajes divinos recibidos mediante audiciones y visiones, en sueño o en vigilia, como una manera común de recibir el mensaje divino. Aparece por vez primera en la historia de Abraham, conforme a una expresión posterior de la la fórmula profética: «Vino la palabra de Yahvé a Abram en visión» (Gn. 15:1). La misma palabra, majazeh, aparece en relación con > Balaam: «el que ve visión del Todopoderoso» (Nm. 24:4, 16).
Los textos más antiguos muestran la existencia de profetas visionarios que entraban en éxtasis como un fenómeno presente en Israel desde sus mismos inicios, y probablemente haya constituido un núcleo fundamental en los primeros tiempos de la conformación de Israel como entidad nacional-religiosa, que va perdiendo peso a medida que la religión se vuelve más sacerdotal y controlada desde el Templo.
Las visiones ocupan un lugar primordial en las comunicaciones de Dios con los principales representantes del pueblo hebreo: Jacob (Gn. 46:2); Moisés (Ex. 3:3); Samuel (1 Sam. 3:15); Ezequiel (Ez. 1:1) y Daniel (Dn. 10:1). Las visiones, junto con los sueños, son las marcas de los profetas de Yahvé (Nm. 12:6–8), designados en un principio como > videntes. Están en el centro constitutivo de la experiencia profética, tanto de los profetas anteriores (Elías, Eliseo) como de los profetas literarios (Isaías, Jeremías, Ezequiel, Amós), para culminar con las visiones apocalípticas de Daniel. Amós, el más antiguo profeta literario, relata una sucesión de visiones que tienen que ver con la destrucción mediante langostas y fuego, y el juicio implacable de Dios (7:1–9), así como la del canasto de frutas (8:1–3), que anuncian juicio y destrucción. Las visiones están presentes en libros posteriores, como Jeremías y Ezequiel. Habacuc recibe una visión y la orden de escribirla: «Escribe la visión, grábala en tablas, para que pueda leerse de corrido [o: para que quien la lea, salga corriendo]» (Hab. 2:2; cf. Ap. 1). Entre las promesas del tiempo escatológico del libro de Joel (Joel 2:28–32) figura la del don de las visiones a los jóvenes.
Esta tradición de videntes y visiones se prolonga en el período helenístico para dar origen a varios escritos que se inscriben en lo que se ha llamado el género apocalíptico. También en el NT aparecen estas referencias, curiosamente con mayor difusión en la literatura lucana. En Lucas, el nacimiento de Juan el Bautista es anunciado mediante una visión (Lc. 1:8–22). El autor destaca en Hechos las visiones en las experiencias de Esteban en el momento de su martirio (Hch. 7:56), o de Pablo en el camino de Damasco (Hch. 9:3–8) y en su llamado a evangelizar en Macedonia (16:9–10). También de Cornelio, cuando aún no conoce el mensaje del Evangelio (Hch. 10:3–7), de Pedro en Jope (Hch. 10:11–17), etc. Mateo, que describe los mensajes a José en el nacimiento y persecución del niño como «sueños», llama «visión», en cambio, a lo que los discípulos perciben en el monte de la Transfiguración (Mt. 17:9). Pablo habla de «visiones» y «revelaciones» (2 Cor. 12:2, 7) que constituyen aquello en que puede un ser humano gloriarse, porque no es mérito suyo, sino don divino.
No siempre es posible discernir, en los relatos, si se trata de experiencias extáticas, visiones en vigilia o en sueño, o qué tipo de fenómeno es el mencionado. En el caso de Pablo, sin embargo, la naturaleza extática de la experiencia es explícita: él mismo no puede decir si fue «en el cuerpo o fuera de él». Lo mismo ocurre con las visiones que se nos relatan en el Apocalipsis. Juan aclara que su experiencia visionaria comienza por un estado particular que él llama estar «en el espíritu», gr. en to pneúmati (1:10; cf. 4:2; 17:3; 21:10), expresión que parece fundarse en la experiencia de Ezequiel, cuando el profeta es llevado «en el espíritu» a la tierra de los caldeos (11:24), y al valle de los huesos secos (37:1). En Ap. 4:2 Juan utiliza la misma frase en to pneúmati, pero en 17:3 y 21:10 la frase utilizada es «el ángel me condujo en espíritu».
Las visiones pueden dirigirse a los sentidos por mediación de un objeto externo: Moisés ve la zarza ardiente (Ex. 3:3); también pueden presentarse a la imaginación sin el concurso de los sentidos: la visión de Ezequiel de los cuatro seres vivientes (Ez. 1:4–28); en ocasiones, solo a la inteligencia, por ej. en la revelación de las semanas (Dn. 9:20–27). Puede haber una combinación de las tres formas de visión (Hch. 10:9–20). Estos fenómenos sobrenaturales pueden darse de día o de noche, con o sin > éxtasis, a veces por medio de un sueño (Hch. 16:9; 18:9; 2 Cor. 12:1–4; Lc. 1:22; Mt. 17:9; Lc. 24:23; Hch. 26:19). El que recibe la visión está convencido de que Dios se dirige a él y que es portavoz de lo divino; sin embargo, las Escrituras advierten en contra de las falsas visiones y señalan a quien lo reconozca lo vano de estas manifestaciones (Jer. 23:13–27; cf. Is. 8:19–20; Dt. 18:10–14). Los grandes profetas denuncian a los falsos profetas y los condenan (Jer. 14:14, 15; Ez. 13:8–10; Mt. 7:15–20; 1 Jn. 4:1).
III. VISIÓN Y REVELACIÓN. La visión siempre aparece en los textos bíblicos como un don divino, o incluso como una imposición divina de la que el sujeto no puede sustraerse y que lo compromete. El visionario no decide tener una visión; le es dada por Dios, y es afectado por ella, a veces, incluso contra su propia voluntad. La visión es, en ese sentido, revelación: manifestación de la presencia y voluntad de Dios.
«La visión convoca y envía, pone en conocimiento del vidente una dimensión de la realidad que era hasta entonces oculta para él y para los demás. En ese sentido toda visión divina genera una nueva cosmovisión. Comunicar esa revelación será ahora su misión (aunque en algunos casos esa comunicación será diferida hasta que pueda ser comprensible por ejemplo como la de la transfiguración). La visión no es pura experiencia, en estos casos además tiene un contenido que es comunicable y que debe comunicarse. Pero ese mismo contenido aparece cargado de autoridad por la experiencia de la visión como manifestación del origen divino del mensaje, y por su fuerza para afectar la vida misma del visionario» (Néstor Míguez). Dios se vale de las visiones para comunicar su mensaje y expresar su deseo de liberación, salvación y sanación. La visión que reciben aquellos sujetos a quienes Dios elige, casi siempre de un modo inesperado, es una muestra de la libertad divina para comunicarse y obrar en el tiempo llevando a cabo su plan de redención.
Gracias a su experiencia visionaria, iniciada «en el día del Señor» (Ap. 1:10), Juan contempla al Cristo exaltado que envía siete mensajes a las iglesias de Asia (1:9–11) con el fin de reprender su faltas, llamarlas al arrepentimiento y también alentarlas en medio de la persecución. En la segunda visión, Juan es llevado al cielo (4:1–2a), donde se desarrolla la secuencia del juicio de las tres series de plagas escatológicas: sellos, trompetas y copas (6–16). En la tercera visión, contempla el juicio de los enemigos del pueblo de Dios, Babilonia, la gran ramera (17:1–3). Y en la cuarta, el esplendor y triunfo definitivo de la nueva Jerusalén, la novia y esposa del Cordero (21:9–10), con lo cual cierra el ciclo histórico del Hijo del Hombre y Cordero inmolado como el Señor triunfante y creador de un cielo y una tierra nuevos.
IV. VISIÓN DE DIOS. Es una firme convicción del AT que «a Dios nadie lo ha visto» (Jn. 1:18), ni le puede ver sin daño para su vida (Ex. 33:20), dado lo tremendo de su santidad y majestad. Dios está protegido por el misterio (cf. Is 45:15). Sin embargo, las Escrituras refieren algunas experiencias de comunicación divina o > teofanías que afectan a los patriarcas y profetas como Abraham, Moisés, Elías e Isaías, los cuales, aunque no vieron a Dios cara a cara, tuvieron una visión de su gloria (Ex. 24:11; Is. 6:1, 5), de su «espalda» (Ex. 33:23). Solo en sentido figurado Dios hablaba con Moisés cara a cara, como un hombre a su amigo (Ex. 33:11), porque Yahvé hablaba desde la > nube que le ocultaba; y Moisés solo le había visto figurado en el > fuego (Ex. 16:17; 24:16), pero fue suficiente para caracterizarle como «quien ve al Invisible» (Heb. 11:27; cf. Ex 33:11; Nm 12:8). Algunas manifestaciones divinas tienen lugar mediante la presencia de ángeles, pero por lo general, la visión de Dios en el AT solo se produce en la contemplación cultual que se realiza especialmente en el Templo, lugar de la presencia y de la gloria de Dios: «Te he contemplado en el santuario, para admirar tu poder y tu gloria» (Sal. 63:2; cf. Sal. 42:2).
Al pasar a la historia del NT, nos damos cuenta de que se da un hecho de enorme transcendencia. La encarnación del Verbo hace visible a Dios y se ofreció a la contemplación de los ojos humanos (cf. Lc. 2:30–31; Jn. 1:11; 1 Jn. 1:1–3). Aparece rodeada de abundantes manifestaciones divinas, como ángeles y visiones, en una especie de invasión preparatoria del misterio del Dios encarnado en Jesús, quien, aunque cancela su gloria, hay momentos, como en la > transfiguración, que la revela. Después de su resurrección, el Cristo celestial se manifiesta en visión a Esteban (Hch. 7:55) y a Pablo en el camino de Damasco (Hch. 9:4–5). El Apocalipsis está lleno de visiones celestiales del Jesús glorioso.
La visión de Dios es la suma de la «vida eterna» (cf. Jn. 17:3) y la culminación de la esperanza de los santos (Mt. 5:8; cf. Sal. 84:7). Implica la unidad de los redimidos en el reino consumado de Dios como comunidad de los bienaventurados entre sí y con el Señor glorificado. «Ahora vemos oscuramente por medio de un espejo, pero entonces veremos cara a cara» (1 Cor. 13:12), cuando «Dios sea el todo en todos» (1 Cor. 15:28). «Ciertamente la visión de Dios es la más perfecta realización de una criatura espiritual, en cuanto ésta tiene una apertura simplemente ilimitada al ser, a la verdad y al valor» (K. Rahner). Véase PROFECÍA, REVELACIÓN, SUEÑO, VER.

