Diccionario Bíblico
VIRGINIDAD
Letra V
Gr. parthenía, παρθενία, relacionado con parthenos, παρθένος, «virgen». Estado de integridad y pureza sexual, tanto de hombres como de mujeres.
1. Virginidad y matrimonio.
2. Virginidad y maternidad.
3. Virginidad y consagración.
I. VIRGINIDAD Y MATRIMONIO. En el pueblo de Israel, como en la mayoría de las religiones y culturas antiguas, se concedía mucha importancia a la virginidad femenina antes del matrimonio (cf. Gn. 24:16; Lv. 12:7, 8; Dt. 22:13–21). La virginidad en sí misma carecía de valoración, se veía en relación con el matrimonio como parte de una propiedad que pertenecía en exclusiva al futuro esposo. No había nada parecido al voto de castidad o virginidad, fuera por motivos religiosos o de cualquier otra índole.
Deuteronomio 22:13–23 habla de todas las importantes pruebas de la virginidad de una novia que pudiesen exponerse en un juicio de divorcio cuando el esposo acusaba a su esposa de no ser virgen al casarse. Una doncella soltera prometida que perdía su virginidad podía demandar al varón que la había desflorado, al menos mediante su padre (Ez. 22:16–17; Deut. 22:28–29). El sacerdote solo podía contraer matrimonio con una virgen (Lev. 21:7). En la noche de bodas, el esposo rompía el himen de la novia presuntamente virgen. De resultas de ello, su ropa o las sábanas se manchaban con sangre. Estas manchas eran consideradas «pruebas de su virginidad» (bethulim; Dt. 22:13–17).
Los varones no estaban limitados a una mujer, pero, bajo el contrato de matrimonio, las mujeres estaban limitadas a un solo varón. En consecuencia, la virginidad era una característica específicamente femenina, fundamental para el contrato de matrimonio. La fidelidad de la esposa, que era otra bandera de virginidad, era sumamente importante para la herencia de los hijos legítimos. Ningún esposo querría ser engañado o criar los hijos de la esposa engendrados por un intruso. Por eso eran tan valoradas la virginidad de la novia y la castidad de la esposa.
II. VIRGINIDAD Y MATERNIDAD. A lo largo de la mayor parte del AT, la sexualidad está estrechamente unida a la reproducción y su corolario, la legitimidad. Morir sin dar a luz hijos es considerado una desgracia. La hija de > Jefté pidió a su padre dos meses «para llorar su virginidad» (Jue. 11:37–38), condenada a morir sin hijos. La felicidad del hombre es ver a su mujer «como una vid que lleva fruto a los lados de tu casa; tus hijos serán como brotes de olivo alrededor de tu mesa» (Sal. 127:2–3). Tal es la bendición que acompaña al «hombre que teme a Yahvé» (Sal. 128:3–6). La exigencia para el sumo sacerdote de desposarse con una virgen (Lv. 21:13, 7), obedece a una preocupación de pureza ritual en el terreno de la sexualidad (cf. Lv. 12; 15), más que a estima de la virginidad en cuanto tal.
Ciertas diosas como Anat, Ártemis o Atenea eran llamadas vírgenes, pero no por su castidad, sino por su vitalidad e incorruptibilidad, como señoras de la eterna juventud. También en el AT la virginidad es alabada por la belleza y juventud que acompañan a quien la posee, pero no ciertamente como estado permanente. En el judaísmo, la mujer está fundamentalmente orientada a la procreación: su valor consiste esencialmente en ser madre. El apelativo «virgen de Sión» dado a Israel por los profetas no conlleva ninguna nota de admiración o alabanza, sino que con ello se indica su condición de miseria y opresión: es la «virgen» que muere sin dejar prole, condenada a la desaparición (Am. 5:1ss.; Joel 1:8; Lam. 1:15; 2:13; etc.). Dios exige a Jeremías la renuncia al matrimonio como acción simbólica de la ruina de Israel en la que perecerían mujeres e hijos (Jer. 16:1–5).
III. VIRGINIDAD Y CONSAGRACIÓN. La enseñanza de Jesús sobre el celibato y la virginidad se opone diametralmente a la de los rabinos. Sin renegar del matrimonio, aunque él permanece soltero, Jesús alaba a los que están dispuestos a consagrar su sexualidad y su instinto reproductivo a los intereses del Reino de los Cielos. El matrimonio no es devaluado, pero es privado de su obligatoriedad. La virginidad adquiere en el NT un aspecto consagracional y escatológico. María, la madre de Jesús, es virgen, tipo y modelo de las siervas del Señor, dispuestas a que se cumpla en ellas la palabra de Dios (cf. Lc. 1:38); guardan y meditan sus enseñanzas en su corazón (Lc. 2:19, 51). Las hermanas Marta y María son también, a todas luces, solteras y vírgenes, juntamente con su hermano Lázaro. María es la que ha escogido la buena parte, que no le será quitada (Lc. 10:42). Aquí, la virginidad aparece relacionada con la motivación cristológica, además de la escatológica; es la opción por la vida dedicada a Jesús y su Palabra. Lo mismo se observa en Pablo, entregado por completo a la labor misionera y al servicio de las iglesias por amor al Señor, de modo que para él la virginidad es un modo de vida más libre que la matrimonial (1 Cor. 7:32–35). El matrimonio pertenece al orden temporal, social; la virginidad, al orden sobrenatural del Reino de Dios, por tanto no está al alcance de todos, sino de los que han recibido el don (1 Cor. 7:7). El casamiento pertenece al orden de este mundo (Lc. 20:34), y puede convertirse en motivo de aturdimiento respecto a las señales de la proximidad del Reino (cf. Lc. 17:27). En un texto duro, el matrimonio queda subordinado a la importancia del Reino y al seguimiento de Jesús: el discípulo debe abandonar todo obstáculo que impida el seguimiento, incluso la esposa recién desposada (Lc. 14:20; cf. 18:29).
La virginidad no se contempla como un camino ascético, sino de servicio y consagración (cf. Mt. 19:11–12). En la comunidad de Cesarea, el diácono Felipe tenía cuatro hijas vírgenes, «que profetizaban» (Hch. 21:9). La parábola de las diez vírgenes pone de manifiesto que la virginidad no goza de valor intrínseco, excepto cuando se vive en estado de alerta escatológica (Mt 25:1ss.). La Iglesia es presentado como esposa virginal de Cristo (1 Cor. 11:2; cf. Ef. 5:25, 27). La multitud de los 144.000 adoradores celestiales, que representan la totalidad de los elegidos, son llamados «vírgenes» (Ap. 14:4), en el sentido de que no se han manchado con el culto de los ídolos paganos, principalmente con el culto de la Bestia o culto imperial romano. Se especifica que «no se contaminaron con mujeres», por lo que muchos autores entienden su virginidad en sentido físico de integridad corporal. Estos 144.000 vírgenes constituirían un grupo selecto en el cielo: los que habían logrado mantenerse libres de todo pecado de índole sexual. Pero parece más probable ver representados en ellos a todos aquellos que se mantuvieron alejados del culto pagano, que en la Sagrada Escritura es considerado como una prostitución y un adulterio contra Dios. Son los que se abstuvieron totalmente del culto idolátrico y de la contaminación pagana. Sus obras y su doctrina se habrían conservado en una perfecta pureza, sin dejarse arrastrar por las insinuaciones de los falsos profetas y doctores, auxiliares del Dragón y de la Bestia. Por esta razón se dice que no se «contaminaron». Con todo, indica el aprecio de la virginidad desde los comienzos del cristianismo.
Algunos escritos de los Padres Apostólicos manifiestan una clara preferencia por la vida virginal de muchos fieles, tanto hombres como mujeres, en las comunidades paulinas y joaninas, lo que obligó a los pastores a ponerse en guardia contra posibles desviaciones y peligros en esta materia. Clemente Romano exhorta a los corintios: «El casto en su carne no se jacte de serlo, sabiendo como sabe que es otro quien le otorga el don de la continencia» (Ad Corinthios 38, 2); Ignacio de Antioquía escribe a Policarpo, discípulo del apóstol Juan y obispo de Esmirna: «Si alguno se siente capaz de permanecer en castidad para honrar la carne del Señor, que permanezca sin engreimiento» (Ad Polycarpum 5, 2). Policarpo amonesta a los filipenses: «Las vírgenes caminen en intachable y pura conciencia» (Ad Philippenses 5, 3). Posteriormente, Clemente de Alejandría (ca. 150–215) tiene que intervenir para defender la santidad del matrimonio «contra aquellos orgullosos que piensan imitar al Señor, el cual no estaba casado ni poseía bienes en este mundo, y por esto se glorían de haber comprendido el evangelio mejor que los demás hombres» (Stromata 3, 6, 1–3). Véase CELIBATO, ESTÉRIL, MATRIMONIO, SEXUALIDAD.

