Diccionario Bíblico
Virgen
Letra V
Persona que no ha tenido nunca relaciones sexuales; se dice generalmente de mujeres. Es traducción de dos términos hebreos y uno griego.
1. Heb. 1330 bethulah, בְּתוּלָה, de la raíz bathal, בתל, que sig. «separar», e implica que la doncella virgen vivía guardada en casa de su padre. De ahí que por lo general signifique virgen, desposada o no (Gn. 24:16; Ex. 22:15, 16, 17; Lv. 21; Dt. 22:23; Jue. 21, etc.). Se usa 49 veces en el AT; la LXX lo traduce como parthenos, παρθένος, excepto en dos casos: neanis, νεᾶνις en 1 R. 1:2; y nymphe, νύμφη (Joel 1:8), que se refiere a una joven casada. En textos aram. posteriores, su equivalente se refiere a una mujer casada.
2. Heb. 5959 almah, עַלְמָה = «virgen, moza» o «doncella», de la raíz alam, עלם = «ocultar». Denota la joven no casada, pero en edad casadera. Aparece siete veces, en cuatro de las cuales la LXX lo traduce por neanis, νεᾶνις (Ex. 2:8; Sal. 68:25; Cant. 1:3; 6:8; Vulg. puella, juvencula y adolescentula), una neotes, νεότης (Prov. 30:19; Vulg. adolescentia) y dos parthenos, παρθένος (Gn. 24:43; Is. 7:14; Vulg. virgo). En Is. 7:14 se usa en relación con la profecía de Emanuel y ha sido objeto de muchas controversias. Para muchos, almah solo significa «muchacha» o «mujer joven, doncella», lo cual anularía el sentido de señal de carácter extraordinario que tiene para el profeta. La versión siríaca sigue a la LXX, aunque en otros pasaje traduce almah, עַלְמָה, por neanis, νεᾶνις, en conformidad con Aquila, Símaco y Teodoción, que en trodos los casos traducen almah por neanis (Gn. 34:31; Ex. 2:8; Sal. 68:25; Prov. 30:19; Is. 7:14). Justino Mártir se queja de la parcialidad de los traductores que en Is. 7:14 leen almah por neanis, ya que este término no incluye necesariamente la idea de virginidad, acusando a los autores judíos de querer neutralizar la aplicación de este pasaje al Mesías (Dial. con Trifón).
Del uso del vocablo almah se desprende que siempre se refiere a una «doncella», una «moza», o, en todo caso, una «mujer soltera», nunca unida legítimamente a marido. Esto queda confirmado por la literatura ugarítica, en la que glmt, el término equivalente, nunca se refiere a mujeres casadas, sino siempre a «mozas» o solteras. Solo en el texto de Prov. 30:19 almah puede denotar a una muchacha con experiencia sexual sin estar casada. No hay ninguna otra palabra que se pueda usar con mayor propiedad para significar una mujer no unida a un hombre, pues yaldah solo se refiere a niñas; narah es aplicable a todas las mujeres, y bethulah, que según algunos exegetas habría sido el término más adecuado, no sirve tampoco al no significar unívocamente una virgen. Almah es el único término heb. que significa inequívocamente una mujer soltera. En Is. 7:14 se afirma como una señal del Señor que una almah concebiría y tendría un hijo. Ahora bien, todo el contexto bíblico impide que ello deba entenderse como un acto inmoral de una mujer soltera. Esta señal se refiere evidentemente a la concepción contraída por una mujer soltera y pura.
El gr. parthenos, παρθένος, significa estrictamente «virgen»; en el NT apunta a María, madre de Jesús, en el Evangelio de Mateo (1:23), citando Is. 7:14, que el evangelista toma como una predicción tipológica del nacimiento de Jesucristo de una virgen. Jesús no ha sido engendrado por intervención de un hombre, sino que fue concebido por obra del Espíritu Santo, y nació de una mujer joven, virgen, llena de gracia y elegida por Dios para ser la Madre de su Hijo. Con la concepción virginal de Cristo, los autores apostólicos manifiestan que Cristo no es enteramente de esta humanidad, sino que el origen de su concepción es obra exclusiva de la acción del Espiritu Santo. Tomando carne verdadera en las entrañas de la Virgen María, es concebido, sin intervención de varón, «por obra del Espíritu Santo» (cf. Lc. 1:31–35). No pertenece totalmente a esta creación (cf. Heb. 9:11); fruto primero de la nueva creación, «nuevo Adán», en él se dan las primicias de una renovación, no ya absoluta, porque Cristo es del mundo y de los hombres, pero sí, en sentido profundamente cierto, una renovación que inaugura el ámbito de la novedad total y definitiva. El Espíritu Santo viene sobre María y el poder, dýnamis, del Altísimo la cubre con su sombra (cf. Lc. 1:35). «El Espíritu que desciende sobre María es, absolutamente hablando, el poder creador de Dios, el principio de la vida. María es virgen, a saber, incapaz, impotente; no puede, por tanto, engendrar otro ser. El Espíritu Santo dentro de ella, hará amanecer en su seno virgen el don de la nueva vida; la volverá fecunda, fértil para que alumbre y dé a luz al Hijo de Dios, Jesús» (Potterie). Es siempre este mismo Espíritu quien origina la vida de Dios en la Historia de la Salvación. El Espíritu que actúa en María sigue trabajando en Jesús (cf. Hch. 10:37). Lucas, que constantemente tiene al AT por referencia, menciona la > sombra del Altísimo, en clara referencia al > Tabernáculo (cf. Ex. 40:35; Nm. 8:18, 22; 10:34) y a la nube sobre el Templo (cf. 1 R. 10–13. 2 Cro 5:13–14; 6:1; Lv 16:1–2), señal inequívoca de la presencia eficaz de Dios en su pueblo. Yahvé cubre con su sombra el Tabernáculo y más tarde el Templo con su nube, y ahora envuelve a la Virgen con la sombra del Espíritu divino para que sea su morada, a fin de llevar a cabo en ella el acto presencial más grande: el Verbo se hace carne y planta su tienda entre nosotros (Jn 1:14). El acontecimiento de la > Encarnación tiene como protagonista a Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo, que desde lo alto del cielo decide encarnarse y entrar en la historia mediante una mujer, en cuyo seno el Verbo es engendrado, no de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios (Jn. 1:13). La tradición cristiana temprana llamará a María «la-siempre-Virgen», defendiendo la perpetuidad virginal de María frente a los judíos que objetaban el uso de la preposición heos, ἕως, «hasta» (Mt. 1:25), diciendo que implicaba lo contrario; pero los Padres de la Iglesia argumentaron contra esta interpretación judía, mostrando que, según el uso bíblico, esta preposición frecuentemente incluye la noción de perpetuidad (cf. Gn. 8:7; Sal. 61:7; 110:1; Is. 46:4; Mt. 28:20).
En el AT hay claros precedentes de la concepción virginal como parte de la Historia de la Salvación. Varias figuras significativas de la historia de Israel nacieron como fruto directo de la acción de Dios en mujeres estériles y de avanzada edad: Isaac, Sansón y Samuel. En los umbrales de la historia evangélica nace milagrosamente Juan el Bautista como digno precursor del Mesías. El niño de la casa de Acaz, el > Emmanuel, signo de la fidelidad de Dios en tiempos adversos (cf. Is. 7:14–17), supone un paso más en la tradición de los niños del antiguo Israel nacidos de mujer estéril. La solemnidad del oráculo, el nombre simbólico del niño, muestran que el profeta entrevé en el nacimiento de Jesús una intervención singular de Dios en orden a la instauración del Reino mesiánico. La antigua interpretación judía y también la versión de los Setenta de este enigmático anuncio es un indicio más del alcance extraordinario que se le concede durante siglos. Los relatos de Mateo y Lucas lo verán cumplido en la concepción virginal de Jesús. Véase ANUNCIACIÓN, ENCARNACIÓN, MARÍA.

