Diccionario Bíblico

VIÑA, VIÑEDO

Letra V

Heb. 3754 kerem, כֶּרֶם = «viñedo, viña», término relacionado con otras lenguas semíticas, aparece unas 92 veces en el AT; gr. 290 ampelón, ἀμπελών, viña, se emplea 22 veces en los Evangelios Sinópticos; fuera de ellos, solo en 1 Cor. 9:7.
1. Cultivo.
2. La viña de Dios.
3. Los viñadores malvados.
I. CULTIVO. La Tierra Prometida era tierra de viñedos cultivados con diligencia por los antiguos cananeos (Nm. 13:23; Dt. 8:7–8), de quienes los hebreos aprendieron el arte vitícola, que requiere trabajo duro y doble conocimiento de técnicas agrícolas particulares y del ciclo de las estaciones.
Noé, el repoblador de la tierra después del > Diluvio, plantó una viña, indicando así su relación con la tierra, adamah, de la que dependía para su sustento, y su carácter de padre de la viticultura (Gn. 9:20), que, junto al arco iris, es uno de los signos de la restauración del orden cósmico y de la fecundidad natural de la tierra. Por medio de él, Dios da a los hombres la vid que endulza las durezas de la vida y la fatiga de trabajo. La presencia de viñedos en una tierra maldecida es señal de que la bendición de Dios no quedó totalmente destruida por el pecado de Adán (cf. Gn. 5:29). Noé, el primer viticultor, es por consiguiente el primero en experimentar los efectos novedosos del producto de la vid, tan fuertes como para aturdir a una persona (Gn. 9:21). Dios, entre otras cosas, hace producir «el vino que alegra el corazón del hombre» (Sal. 104:15), del cual priva a los que «oprimen al pobre» (Am. 5:11) o le son infieles (Sof. 1:13); los tales no beberán el vino de sus viñas (Dt. 28:30–39); estas serán devoradas por la langosta (Jl. 1:7) o quedarán convertidas en abrojos (Is. 7:23).
Dios saca a Israel de la esclavitud de Egipto y le alienta a cruzar el duro desierto con la esperanza puesta en una tierra rica en viñas; su demora es motivo de protestas y conato de rebelión (cf. Nm. 16:14; 20:5). La posesión de la Tierra Prometida y sus frutos, en especial vides y olivares, se convierte en signos del cuidado de Dios y de su Alianza, que Israel está obligado a recordar en todo momento (Dt. 6:11–12).
En la accidentada orografía de Palestina, las viñas se plantan en las faldas y laderas de las colinas. Para ello se construyen bancales de piedra a diferentes niveles, para evitar el corrimiento de la tierra. Restos de antiguos bancales en diversos lugares indican su práctica milenaria. La vid es apta para terrenos de secano y aprovecha el terreno arenoso y suelto; necesita mucho sol y aire; el agua, a falta de precipitaciones, la obtiene del rocío de las noches, de manera que sus raíces penetran profundamente en las grietas de la tierra buscando el alimento. Antes de su plantación, se procede a retirar del terreno las piedras grandes (cf. Is. 5:2); las pequeñas se dejan porque contribuyen a retener la humedad de la tierra; solo las grandes son un estorbo para el crecimiento de las vides. La zonas especiales para las viñas en las tierras bíblicas son los del sur de Palestina, especialmente cerca de Hebrón, donde hay muchas laderas, y en Siria y en las colinas cerca de la cordillera del monte Líbano en el norte. Debido a la ubicacion de la vid en las laderas, el terreno no se ara por causa de sus características rocosas, y se tiene que recurrir al trabajo más arduo del azadón (Is. 5:2). En el antiguo Egipto se practicaba un viñedo de emparrado, con arcos apoyados en columnas de madera que dividían las viñas en numerosas calles o avenidas. El clima egipcio no era favorable a la agricultura vitícola, debido especialmente a las crecidas anuales del Nilo; con todo, los monumentos egipcios muestran que su cultivo fue muy popular, aunque reducido a espacios limitados de cierta altura.
Fuente de riqueza, las viñas, por lo general, se protegían con un vallado o cerca todo alrededor (cf. Mt. 21:33), y también con un muro de piedra o de adobe que servía de protección contra zorras, chacales y otros animales, así como de intrusos (cf. Sal. 80:12–13; Cant. 2:15). En los meses del verano, el cuidador o vigilante de la viña se construía una rústica cabaña de ramas de árboles o de los propios sarmientos de las cepas, obteniendo así un abrigo contra los rayos del sol. Esta vivienda rudimentaria y pequeña era el hogar del vigilante durante los meses de verano. En invierno, la choza quedaba desierta (Is. 1:8). A veces se construía una morada más estable y espaciosa para el cuidador de la viña y su familia (cf. Mt. 21:33). A este tipo de vivienda hace referencia Jesús al hablar de los cálculos necesarios para construir una torre (Lc. 14:28–30).
La legislación mosaica es minuciosa respecto a la tierra y la cosecha, fijando los límites del derecho de propiedad sobre el viñedo. Cualquier judío podía entrar en la viña y alimentarse de las uvas hasta saciarse, pero sin llevarse nada de ella (Dt. 23:25). La ley del rebusco estaba pensada como un modo de ayudar a los necesitados —forasteros, huérfanos y viudas—, para que ellos también participasen de la alegría y riqueza de la vendimia (Dt. 24:21). Los pastores debían procurar que su rebaño no echase a perder la cosecha comiendo sus hojas y brotes tiernos (Ex. 22:4). En el año > sabático y > jubilar no se realizaban la vendimia ni la poda; eran años de «descanso completo para la tierra» (Lv. 25:5, 11).
Estar sentado bajo la vid y la higuera (1 R. 5:5) designa la buena vida, en paz y felicidad. La historia del AT registra algunos atropellos con dueños de ciertos viñedos codiciados por vecinos poderosos. Célebre es el caso de la viña de > Nabot, que estaba junto al palacio del rey > Acab, y que el monarca pretendía convertir en un huerto para hortalizas. El amor a la tierra heredada de sus padres, llevó a Nabot a oponerse a su soberano, resultando en su asesinato (1 R. 21).
II. LA VIÑA DE DIOS. De estas realidades naturales y vitícolas surge el rico simbolismo religioso de la vid, que por analogía se aplica al pueblo elegido, escogido por Yahvé y puesto a su cuidado como su «viña amada». La vid permite a los escritores y profetas hebreos expresar las relaciones de Israel con el Dios soberano trascendente que conduce su historia. El Sal. 8 es una impresionante plegaria de corte histórico en la que se recuerda cómo trajo Dios una vid de Egipto y la plantó en Palestina después de arrojar a las naciones y limpiar el lugar para que echara raíces y llenara la tierra. La vid creció tanto que «los montes fueron cubiertos por su sombra, y sus ramas llegaron a ser como cedros de Dios. Extendió sus ramas hasta el mar, y hasta el Río sus renuevos» (Sal. 8:8–11). Israel y su tierra aparecen como un don de Dios, sus frutos constituyen signo de > bendición ligada a la fidelidad de Israel a la Alianza, mientras que la infidelidad acarrea la > maldición y la desgracia (Dt. 28:30). Bendición y maldición están ligadas a la fidelidad e infidelidad del pueblo, es el apecto condicional de la Alianza conforme a la ley natural que hace que todo organismo sano crezca y de frutos. El privilegio de Israel, «viña del Señor», se debe a la elección de Yahvé; la destrucción procede directamente de la infidelidad de sus cuidadores, acreedores del castigo divino (Sal. 8:8, 2–3). Los profetas no dudan del amor de Dios para su viña, conocen sus desvelos y dones para hacerla fructificar, pero en lugar del fruto de justicia que él esperaba, le ha dado uvas amargas de injusticia; Dios la deja a merced de los devastadores (Is. 5:1–7). Tal es el mensaje de > Isaías en el canto de la viña, compuesto al principio de su ministerio y recitado, probablemente, con ocasión de la fiesta de la vendimia. Para Jeremías, Israel es una planta escogida por Yahvé, pero no ha sido fiel a su elección, sino que ha degenerado y se ha vuelto estéril (Jer 2:21; 8:13); su fin no será otro que ser arrancada y pisoteada (Jer. 5:10; 12:10). Finalmente, Ezequiel, al referirse a la catástrofe del exilio, recurre al paralelismo de la viña e Israel para mostrar que la que otrora fue fecunda, ahora es quemada por su infelidad (Ez. 19:10–14; 15:6ss.; cf. Os 10:1). El conjunto de todos estos textos resume y explica la historia de Israel a lo largo de los siglos como una constante y obstinada actitud de provocación y rebeldía contra Dios, que llega a su fin como nación para dar lugar a un pueblo renovado.
III. LOS VIÑADORES MALVADOS. Dios no abandona su viña, sino que un día vendrá y la hará prosperar bajo sus cuidados (Is. 27:2–6). Para la conciencia cristiana, Cristo es el que viene en nombre de Dios para resumir y cumplir la historia y las promesas dadas a Israel. Jesús, en clara referencia al cántico de la viña de Isaías, construye su propia parábola que ofrece su visión del pasado y futuro del pueblo elegido. La refieren los tres Evangelios Sinópticos (Mc. 12:1–12; Mt. 21:33–46; Lc. 20:9–19). Todo judío advertía que la parábola designaba a Israel alegóricamente. Los tres Sinópticos coinciden en señalar la multitud de legaciones y de siervos enviados, como también en los malos tratos de que fueron objeto de forma progresiva. La intención es poner de relieve las continuas tentativas de Dios por mantener al pueblo dentro de las condiciones de la Alianza mediante el ministerio de los profetas (cf. 2 R. 17:13s) y que fueron muchas veces objeto de malos tratos y de la misma muerte (cf. Heb. 7:23). Mateo señala dos envíos de varios siervos, en lo que algunos quieren ver una alusión a los > profetas primeros (Jos., Jue., Sam., etc.) y a los posteriores (los llamados profetas mayores y menores), conforme a la división que hacían los judíos. Los viñadores, en lugar de escuchar a los profetas que el Señor envía, los maltratan en una escala ascendente de violencia. Las relaciones del amo de la viña con los viñadores se van agravando. Ante esta situación, el propietario decide enviar a su propio hijo, pensando que lo respetarían. Pero los viñadores, viendo en él al heredero de la viña, pensaron que con su eliminación vendrían a ser dueños de la viña, y decidieron darle muerte. Con esta parábola, Jesús muestra claramente su conciencia de ser el Enviado de Dios que viene como el último de los profetas, cuyo destino es la persecución y la muerte en manos de aquellos a quienes había venido a salvar, a saber, el pueblo judío. «De este modo, y por primera vez en público, Jesús anuncia su muerte violenta y al mismo tiempo dirige un último llamado a los jefes judíos a fin de que no cometan lo irreparable, lo cual traerá consigo el castigo divino» (E M. Uricchio y C. M. Stano).
Los culpables serán castigados, y la viña producirá frutos para el Señor, pero serán otros los que la hagan rendir. La parábola no precisa quiénes serán los destinatarios, fijando toda su atención en el motivo por el cual la viña es quitada a los dirigentes del pueblo judío. La historia posterior de Jesús y sus apóstoles pone de manifiesto que la muerte del Hijo marca, no el final, sino el inicio de una nueva etapa del designio de Dios. A partir de Jesús, la vid verdadera, rechazada por los judíos, crece la viña del Señor, se expande y cubre, no ya los montes de Palestina, sino el mundo entero, ramificándose en cada pueblo y nación, haciendo de judíos y gentiles una sola comunidad en comunión unos con otros, todos con el Padre, en acción de gracias y frutos de justicia por el Espíritu de Dios que habita en ellos. «El reino de Dios será quitado de vosotros y será dado a un pueblo que producirá los frutos del reino» (Mt. 21:43). Véase ELECCIÓN, ISRAEL, REBUSCO, UVA, VENDIMIA, VID.