Diccionario Bíblico

Vida Eterna

Letra V

Gr. zoé aionios, ζωὴ αἰώνιος. Expresión muy común en el NT, cuyo equivalente en el AT se encuentra en Dn. 12:2: «Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna [olam lejayyew, עוֹלָם לְהַיֵּו; Sept. eis zoén aionion, εἰς ζωὴν αἰώνιον ], y otros para vergüenza y confusión perpetua».
En el NT es muy frecuente la expresión «vida eterna», zoé aionios, ζωὴ αἰώνιος, o a veces solo «vida», zoé, ζωή, como el objeto y destino del hombre (p.ej. Mt. 7:14; 18:8, 9; Lc. 10:28). La vida eterna viene precedida por la resurrección de los muertos (Lc. 14:14), y comprende la totalidad de la existencia del cristiano, su recompensa y felicidad (misthós en tois uranoîs, μισθὸς ἐν τοῖς οὐρανοῖς, Mt. 5:12), es decir, su recepción en las moradas eternas (aioniai skhenaí, αἰώνιαι σχηναί, Lc. 16:9). Es todo lo opuesto al castigo eterno (kólasis aionios, κόλασις αἰώνιος, Mt. 19:29; 25:46). Para el apóstol Pablo, la vida eterna, zoé aionios, ζωὴ αἰώνιος, es la recompensa suprema de las buenas obras (Ro. 2:7; 1 Ti. 6:12, 19), el resultado de andar en la santidad de Cristo, el «fin», telos, τέλος (Ro. 6:22), el premio (Gal. 6:8; comp. 1 Cor. 9:24; Flp. 3:14), y también el objeto de la fe (1 Ti. 1:16), y de la gracia salvífica (Ro. 5:21) y, por consiguiente, el objeto también de la esperanza (Tit. 1:2; 3:7; cf. Jud. 1:21). Es sinónimo de la expresión «promesa para la vida presente venidera», epangelía zoês tes melluses, ἐπαγγελία ζωῆς τῆς μελλούσης (1 Ti. 4:8), la recepción de la corona corruptible de justicia (1 Cor. 9:25; 2 Ti. 4:8), la preservación para el reino celestial (2 Ti. 4:18). Para el apóstol Pedro es la «herencia incorruptible, incontaminable e inmarchitable, reservada en los cielos para vosotros», «gloria», doxa, δόξα, «que ha de ser revelada» (1 Pd. 1:4, 9; 5:1, 10). Para Santiago es la «corona de vida que Dios ha prometido a los que le aman» (Stg. 1:12; 2:5). En la carta a los Hebreos es descrita como el sábado del pueblo de Dios (Heb. 4:9; cf. 12:22ss., etc.).
A pesar de que la vida eterna pertenece al futuro, su esencia está indisolublemente unida a la vida presente. Así como el pecado reinó para muerte, así también la gracia reina por la justicia para vida eterna, por medio de Jesucristo, y aunque el cuerpo está muerto a causa del pecado, no obstante el espíritu vive, es vida, zoé, ζωή, a causa de la justicia, dikaiosyne, δικαιοσύνη (Ro. 5:21; 8:10; Gal. 3:21); así que la justicia, dikaiosyne, δικαιοσύνη, está en relación con la vida, zoé, ζωή (Ro. 5:18), de donde resulta la «justificación de vida», dikaíosis zoês, δικαίωσις ζωῆς, que constituye la esencia de la salvación, sotería, σωτηρία, en Cristo Jesús, nuestra vida, he zoé hemôn, ἡ ζωὴ ἡμῶν (cf. Col. 3:3, 4; Flp. 1:21; Gal. 2:20; Ef. 3:17; 1 Cor. 15:45), quien es formado en los creyentes (Gal. 4:19), que a su vez se convierten en miembros de su cuerpo (Ef. 5:30; Gal. 3:27; Col. 1:18, etc.). De todo esto resulta una vida gloriosa en el presente (Ro. 6:8; 2 Ti. 2:11, 12; Ro. 5:17, 21; 8:30; Ef. 2:5, 6). El Espíritu también da vida, pues es el «Espíritu de vida», Pneûma zoês, Πνεῦμα ζωῆς, que constituye uno de los elementos esenciales de esa nueva vida (Ro. 8:2; cf. 2 Cor. 3:17) que va conquistando lo que es mortal (2 Cor. 5:4, 5; Ef. 1:14), empezando por el cuerpo, pues «si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos mora en vosotros, el que resucitó a Cristo de entre los muertos también dará vida a vuestros cuerpos mortales mediante su Espíritu que mora en vosotros» (Ro. 8:11, 6, 10, 13). La vida eterna es el don de Dios en Cristo Jesús (Ro. 6:23), cuya «palabra de vida» (logos zoês, λόγος ζωῆς, Flp. 2:16), ha vencido la muerte «y sacado a la luz la vida y la inmortalidad por medio del evangelio» (2 Ti. 1:10). De aquí se desprende que la «vida eterna» está estrechamente relacionado con la «novedad de vida» que se deriva de la comunión con Cristo (Ro. 6:4), y se distancia de la vida en la carne, para venir a formar parte de la vida del Señor resucitado y exaltado (Col. 3:1; cf. Ef. 1:19, 20; 1 Pd. 1:3).
El Evangelio de Juan es el que trae a un primer plano el tema de la vida eterna siempre en relación con la fe en Cristo: «El que cree en el Hijo tiene vida eterna» (ho pisteúon eis ton huión ekhei zoén aionion, ὁ πιστεύων εἰς τὸν υἱὸν ἔχει ζωὴν αἰώνιον, Jn. 3:36; 3:15, 16; 5:24; 6:47, 53–58; 10:28; 17:2, 3; 20:31; 1 Jn. 5:12, 13). Quien cree «ha pasado de muerte a vida» (Jn. 5:24). «Este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida» (1 Jn. 5:11, 12). Por ello, el que tiene al Hijo de Dios tiene la vida ahora. Es el estado subjetivo de los creyentes, inseparable del conocimiento de Dios plenamente revelado como el Padre en el Hijo, y verdaderamente caracterizado por esto mismo: «Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado» (Jn. 17:3).
Mientras que el apóstol Pablo distingue entre el actual estado de gracia, con la consiguiente esperanza que la sustenta, y el futuro de su adquisición plena, Juan une ambas concepciones en su idea de la vida eterna, de modo que esta, zoé aionios, ζωὴ αἰώνιος, y la vida, zoé, ζωή, forman una unidad en el creyente (Jn. 3:36; 5:24; 1 Jn. 3:14, 15; 5:11, 12, 13, etc.). La vida del creyente en la tierra está inseparablemente unida a la vida eterna en el cielo, como resultado natural de su nacimiento en el Espíritu (Jn. 3; cf. 5:21; 1 Jn. 1:5; Jn. 3:36. Ver también Jn. 4:14; 5:28; 6:40; 17:24; 1 Jn. 3:2). Esta vida eterna es una corriente divina y un poder victorioso que se fundan en la íntima comunión con Cristo mediante la fe, pues Cristo «es el verdadero Dios y la vida eterna» (1 Jn. 5:20); el Logos, Λόγος, en relación con Padre y también con el mundo, que se hace carne para otorgar a la carne la vida eterna y manifestar que el «Logos de vida», ho logos tes zoês, ὁ λόγος τῆς ζωῆς, es «la vida», he zoé, ἡ ζωή, de los hombres (1 Jn. 1:1, 2; Jn. 1:3, 4; 6:53ss.; 14:6), el fundamento de la existencia, tanto espiritual como material (Jn. 5:21–29; 10:9, 28; 11:25; 14:19; 6:27, 5, 39, 63; 7:38, 39). Desde este punto de vista se entiende que la vida eterna sea presentada como un mandamiento del Padre y del Hijo (Jn. 12:50; cf. 8:51; 17:3; 1 Jn. 2:25; 3:14, 15; cf. Jn. 12:25).
El mensaje de vida eterna recorre todo el NT y la vida, zoé, ζωή, ocupa el primer lugar en el mensaje salvífico de Jesucristo, no en balde presentado como el que vive por los siglos de los siglos (Ap. 1:18), el «Autor de la vida» (arkhegós tes zoês, ἀρχηγὸς τῆς ζωῆς, Hch. 3:15), la «Piedra Viva», lithos zôn, λίθος ζῶν, en virtud del cual los que creen en él son edificados como piedras vivas, lithoi zontes, λίθοι ζῶντες (1 Pd. 2:4, 5). En la Jerusalén escatológica, un «río de agua de vida», potamós hýdatos zoês, ποταμὸς ὕδατος ζωῆς, fluye del trono de Dios y del Cordero, y también se halla el «árbol de la vida», xylon zoês, ξύλον ζωῆς, a uno y otro lado del río (Ap. 22:1, 2, 14, 19; 2:7).