Diccionario Bíblico

VESTIR, VESTIDO

Letra V

Heb. 3847 labash o labesh, לבשׁ = «vestirse», prop. «envolver, cubrir»; 3830 lebush, לְבוּשׁ = «vestido». Es un término semítico común y se encuentra en antiguo acadio y ugarítico; aparece en 110 veces en el AT; gr. 1746 endýo, ἐνδύω, lit. «entrar dentro, meterse dentro», a saber, de ropas, «vestirse, revestirse»; 1742 éndyma, ἔνδυμα = «vestido».
1. Funciones del vestido.
2. Vestidos de Cristo.
3. El vestido incorruptible.
I. FUNCIONES DEL VESTIDO. Junto al alimento y el cobijo, el vestido se cuenta entre las necesidades básicas del ser humano. En la Biblia surge a raíz del primer pecado. En el paraíso, Adán y Eva estaban desnudos sin sentir vergüenza y, por implicación, ni frío ni desamparo, en armonía con el medio creado por Dios. Después de «abrírseles los ojos» por el conocimiento prohibido, se dieron cuenta de que estaban desnudos. Entonces cosieron hojas de higuera (teenah, תְּאֵנָה), y se hicieron ceñidores (Gn. 3:7). Era la primera señal de miedo en el hombre, «porque estaba desnudo» (v. 10), aunque había improvisado un cinturón vegetal, la primera y más elemental de las prendas utilizadas para cubrir sus partes. Como una muestra de cuidado, Dios reviste a su criatura pecadora con túnicas de piel animal, material mucho más durable (Gn. 3:21), y que conlleva la idea de sacrificio y muerte. Un animal tiene que morir en > expiación para cubrir la falta del hombre.
Este primer acto de vestir inaugura por parte de Dios una serie de actos semejantes a favor de su pueblo bajo el simbolismo del vestido. Así se dice que encontró a Israel en un terrible desierto, lo rodeó, lo cuidó y lo guardó como a la niña de sus ojos (Dt. 32:10). Como un esposo, extiende su manto sobre el pueblo para cubrir su desnudez y lo reviste «con lino fino y seda, y tela bordada» (Ez. 16:8–14). Yahvé comunica a Israel su propio esplendor y belleza perfecta (v. 13); pero Israel confió en su belleza como algo propio y se prostituyó a causa de su fama, de modo que se vistió de lujuria para prostituirse (vv. 16–17; cf. Os. 2:9ss).
Sacerdotes, reyes, gobernadores, artesanos y pueblo en general, se vestían de manera diferente según su condición social, su función, y en razón de los distintos tiempos marcados por la comunidad, a saber, fiestas y celebraciones, tanto de carácter sagrado como profano. Se cambiaban de vestido conforme se realizara una u otra tarea. De aquí surgió un rico simbolismo, patente en la ceremonia de «investidura», para la que el hebreo utiliza el vb. labash, לבשׁ, como en el caso de Gedeón, «investido por el Espíritu de Yahvé» (Jue. 6:34). A la misma imaginería pertenecen las expresiones que hablan de ser «revestidos», p.ej. «Tus sacerdotes, oh Yahvé Dios, sean revestidos de salvación» (2 Cro. 6:41; Sal. 132:9; cf. Ex. 29:29; Lv. 16:32; 21:10).
En ocasiones, el vestido se identifica con la persona en sus funciones, de modo que significa lo que la persona es, o también lo que quiere representar (cf. Zac. 13:4; Mt. 7:15). El sumo sacerdote, por ejemplo, recibe la investidura «vistiendo las vestiduras sagradas» (Lv. 21:10); > Jehú es proclamado rey, previamente ungido, cuando los jefes del ejército y cortesanos tendieron cada uno su manto debajo de él sobre las gradas del trono (1 R. 22:30). El monarca, a la hora de ejercer sus funciones, siempre lleva puestas sus «vestiduras reales» (1 R. 22:10; 2 Cro. 18:9; Hch. 12:21). Elías transmitió a Eliseo su carisma profético extendiendo sobre él su manto (1 R. 19:19; 2 R. 2:13ss). De Dios mismo se dice que está «vestido» de gloria y magnificencia (Sal. 104:1).
En las religiones de misterios, el iniciado se ponía la túnica de la divinidad respectiva creyendo que con ello se convertía en parte de ella; los sacerdotes de Isis se vestían como la diosa en orden a representarla en sus personas; los sacerdotes de Babilonia se ponían una túnica en forma de pez para significar la estrecha unión con la Ea-Oannes, divinidad acuática y pisciforme.
II. VESTIDOS DE CRISTO. En su función de > Siervo Sufriente de Yahvé, Jesucristo fue despojado de sus vestidos (Mt. 27:35; Jn. 19:23), y entregado a la parodia de una investidura regia (Jn. 19:2ss). En la cruz, Jesús quedó totalmente desnudo como para asemejarse más a la humanidad pecadora, sin nada que la proteja. Pero con su resurrección de la muerte, Cristo se reviste con aquella gloria que tuvo con Dios antes que el mundo fuese (Jn. 17:5), cuyo primer atisbo terrenal fue la > transfiguración, cuando el resplandor de sus vestidos mostró la gloria de su carne (Mt. 17:2). En virtud de su fe y bautismo, el creyente está revestido de Cristo (Gal. 3:27; cf. Ro. 13:14), «vestido del nuevo» conforme a la imagen de aquel que lo creó (Col. 3:10). Es decir, el cristiano se viste de la gloria del Cristo resucitado, se asemeja a él desde dentro. Con ese «vestido» tiene derecho a participar del banquete del Reino de los cielos (cf. Mt. 22:11ss), es reconocido como perteneciente al cielo, a la casa de Dios, a la familia del Padre celestial (Jn. 14:2). Esta gracia es a la vez una tarea que supone ajustarse en la vida al patrón de su «nuevo vestido». Así como Cristo fue despojado de sus vestidos y de su propia vida mediante la muerte, para recibir la inmortalidad mediante el poder de la resurrección, el creyente, mediante el bautismo, que es identificación con ese poder, resucita a una nueva vida, despojado del viejo Adán y revestido del nuevo, que es Cristo. Ya que esto es así, el creyente es exhortado a buscar las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios; a pensar en las cosas del cielo, no en las de la tierra, porque está muerto y su vida está escondida con Cristo en Dios (Col. 3:1–4), y tiene que comportarse como hombre nuevo, despojándose del hombre viejo con sus obras (Ef. 4:17–24; cf. Ro. 13:10–14). Tiene que considerarse muerto respecto al pecado, pero vivo para Dios en unión con Cristo Jesús (Ro. 6:11). Vestirse de Cristo, en el terreno práctico, viene a ser igual a vestirse de amor, pues es el vínculo perfecto (Col. 3:14), ya enseñado por Jesús como señal distintiva de sus discípulos (Jn. 13:35) y cumplimiento de la Ley (Ro. 13:10). Es el «arma de la luz» por excelencia (v. 12; cf. 1 Tes. 5:8; Ef. 6:11). Al final, los santos, que «han lavado sus vestidos y los han emblanquecido en la sangre del Cordero» (Ap. 7:14; 22:14), se sentarán en el banquete celestial llevando vestidos de lino fino, resplandeciente y limpio (19:8). En la Tierra Nueva se consumará la comunión entre Dios y los hombres, rota desde el principio, pero ahora transfigurada en un banquete nupcial, en el cual la humanidad redimida es semejante a «una novia adornada para su esposo» (Ap. 21:2).
III. EL VESTIDO INCORRUPTIBLE. El cristiano, que vive de la novedad que le retrotrae al origen de las cosas, celebra que Cristo Jesús anuló la muerte y sacó a la luz la vida y la inmortalidad por medio del Evangelio (2 Ti. 1:10). No se trata de la inmortalidad del alma, sino del cuerpo, sometido a corrupción en la era presente, pero esperando ser «vestido de incorrupción», lo mortal vestido de inmortalidad. Entonces se cerrará el círculo fatal de desnudez y muerte inciado por la desobediencia de Adán. Dios habrá completado su labor de vestir a la criatura culpable e indefensa a la vez. «Cuando esto corruptible se vista de incorrupción y esto mortal se vista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: ¡Sorbida es la muerte en victoria!» (1 Cor. 15:54). Es la esperanza que anima a los creyentes y por la que gimen, «deseando ser sobrevestidos de nuestra habitación celestial» (2 Cor. 5:2). Véase BAUTISMO, DESNUDO, DESNUDEZ, IMITACIÓN, INMORTALIDAD, UNIÓN CON CRISTO, VESTUARIO.