Diccionario Bíblico
VER
Letra V
Heb. 7200 raah, ראה = «ver», tanto en sentido literal como figurado; con numerosas aplicaciones: «observar, reconocer, reflexionar, percibir, entender, examinar, mirar, atender, buscar», etc. aparece unas 1300 veces en el AT; gr. 3708 horao, ὁράω = «ver», que indica percepción física (Jn. 6:36) y mental (Mt. 8:4); 991 blepo, βλέπω, «mirar» implica también ambas posibilidades; se traduce también «percibir» (Mt. 13:13) o «prestar atención» (Mr. 13:23, 33). Horao indica una contemplación intensa. Como se dice en castellano, no es lo mismo ver que mirar. Cuando la mirada se fija en algo, entonces «ve», como Pedro al contemplar los lienzos de lino en la tumba vacía (Lc. 24:12), o los discípulos cuando el Señor ascendía al cielo (Hch. 1:9).
En el plano religioso, comprobamos que el deseo de ver a Dios es una de las aspiraciones más persistentes de la humanidad; sin embargo, el concepto de la terrible majestad divina es tan grande en la religión del AT, que este deseo no puede cumplirse sin grave perjuicio para el adorador: «Ningún hombre me verá y vivirá» (Ex. 33:20). Existe un abismo entre la santidad de Dios y la indignidad del hombre que solamente puede ser salvo por gracia e iniciativa de Dios; de ahí la notables concesiones a ver «parte» de la Divinidad, a saber, sus «espaldas» (Ex. 33:23); en ocasiones, el ángel o la gloria de Yahvé (cf. Ex. 33:18; Nm. 14:22; Ezq. 1:28). De la conciencia de pecado surge la idea de separación (cf. Is. 6:5). En la religión hebrea lo principal no es el hecho de ver a la Divinidad, sino el de oír su palabra. La «palabra de Yahvé» comunicada al hombre constituye la única experiencia posible directa con Dios. Oír la «palabra de Yahvé» constituye uno de los caracteres esenciales de la revelación bíblica. Obedecer esa palabra es el todo de la experiencia religiosa del adorador hebreo (cf Dt. 6:5–6; 16:12; 27:10; 1 Sam. 15:22). Ver, se ha dicho, «se relaciona con el eros, es decir, con la tentación humana de tomar posesión de Dios provocando su revelación; oír, en cambio, es una actitud receptiva que respeta la iniciativa de Dios y lleva a la obediencia de fe» (Stefano De Fiores).
Pese a la «visión» de Dios que proporciona la revelación mediante la palabra, la «visión» mental de Dios permanece inaccesible para el hombre pecador; Yahvé es el Dios «misterioso» y «oculto» (Is. 45:15), más allá de cualquier representación mental o visual que el hombre pueda concebir. Dios transciende los conceptos humanos (cf. Is. 55:8–9); la revelación de Dios no es tanto de su ser como de su voluntad respecto a los seres creados.
En el NT se mantiene la verdad aceptada de la invisibilidad de Dios (Jn. 1:18), pero, como en tantas otras cosas, la manifestación de Jesús introduce una diferencia. Él lo da a conocer en su calidad de Hijo unigénito que está en el seno del Padro (Jn. 1:18). Respecto a los hombres, nadie ha «visto al Padre», excepto «aquel que proviene de Dios» (Jn. 6:46; cf. 7:29). Los que creen en él contemplan su gloria, «gloria del unigénito del Padre» (Jn. 1:14). El anciano > Simeón pide a Dios que lo despida en paz, «porque mis ojos han visto tu salvación» (Lc. 2:29). Ver a Jesús es participar de la felicidad mesiánica: “Bienaventurados vuestros ojos, porque ven» (Mt. 13:16). Ver a Jesús equivale a ver al Padre (Jn. 14:9), pues ciertamente él es «la imagen del Dios invisible» (Col 1:15).
Luego de su muerte y resurrección, Jesús se deja ver de modo visible; los Evangelios coinciden en describir el encuentro con el Jesús resucitado con verbos que significan ver y percibir con los ojos (cf. Mt. 28:17; Lc. 24:39; Hch. 1:3), dado el interés en la experiencia visible y corpórea del mismo Jesús prepascual. Los discípulos creen porque han «visto» al Señor (Jn. 20:25).
Al final de los tiempos, consumada la obra de redención y eliminado el pecado por completo, se cumplirá el viejo anhelo humano de ver a Dios (Mt. 5:8), tal como lo hacen los ángeles delante de su presencia (Mt. 18:10), viviendo en comunión directa con él (Ap. 21:3). Véase PECADO, REVELACIÓN, VIDENTE, VISIÓN.

