Diccionario Bíblico
TRIUNFO
Letra T
Heb. 3444 yeshuah, יֶשׁוּעָה = «triunfo, victoria», fem. part. pas. de 3467 yasha, ישׁע; gr. 2358 thriambeúo, θριαμβεύω = «triunfar» (2 Cro. 2:14; Col. 2:15).
Celebración de la victoria sobre los enemigos, a menudo acompañada de una procesión de cautivos y botín previa a una acción de gracias y sacrificio a los dioses. En Egipto, el regreso triunfante del faraón era celebrado con toda la pompa y riqueza posibles. Las inscripciones asirias abundan en representaciones de triunfo sobre los enemigos. Los hebreos también celebraban sus victorias con procesiones triunfales. Cuando > Jefté regresó triunfante, su hija salió a su encuentro con panderos y danzas (Jue. 11:34–37), que era lo habitual en estos casos, acompañadas de cantos de alabanza a Yavhé (1 Sam. 18:6–8; 2 Cro. 20:21–28). Cantos de triunfo son el de Moisés en el mar Rojo (Ex. 14:1–21) y el de Debóra ante la derrota de Barac (Jue. 5:1–31).
Los vencedores no cabían en sí de alegría y sus gritos retumbaban en los montes (Is. 42:11; 52:7, 8; 63:1–4; Jer. 1:2; Ez. 7:7; Nah. 1:15). Se erigían monumentos en honor de los vencedores y las armas se llevaban al templo como un trofeo (1 Sam. 21:9; 31:10; 2 Sam. 8:13; 2 R. 11:10).
La humillación y mutilación de los cautivos era la parte oscura y terrible de las antiguas celebraciones de triunfo. Los asirios sembraban el terror con sus atrocidades sobre los vencidos. Pisotear al enemigo o poner el pie sobre su cuello en señal de dominio completo era habitual (Sal. 110:1; Ps. 110:7; 1 Cor. 15:26).
Los griegos no parece que hicieran demasiado uso de procesiones triunfales; por lo general, los vencedores se dirigían a su ciudad llevando ramas de palmera (cf. Ap. 7:9). Por el contrario, los romanos gustaban del espectáculo triunfal, con sus procesiones y arcos en honor de sus generales victoriosos. Para ello existía una Via Triumphalis, las calles se adornaban con flores, y en los templos se quemaba incienso. Se ofrecía un buey a los dioses y, en los tiempos primitivos, se sacrificaba a los cautivos; posteriormente se organizaron juegos de gladiadores entre los prisioneros para diversión del pueblo y gloria de Roma. Estos avanzaban encadenados bajo inscripciones de madera con el nombre de las tribus o naciones conquistadas, seguidos por una gran compañía de músicos y danzantes vestidos como sátiros y adornados con coronas de oro; en medio de ellos iba el pantomimo vestido de mujer, que con sus gestos y miradas se burlaba de los vencidos.
El apóstol San Pablo alude con frecuencia a tales procesiones triunfales (Col. 2:15; Ef. 4:8), que contrasta con el triunfo de los seguidores de Cristo, que esparcen el perfume de la salvación mediante el Evangelio (2 Cor. 2:14–16). La entrada triunfal de Jesús en Jerusalén (Mt. 21:1–9) fue una prueba de su carácter real. Véase VICTORIA.

