Diccionario Bíblico
TOCAR, PALPAR
Letra T
Heb. 5060 nagá, נגע = «tocar, pegar, alcanzar», aparece unas 150 veces en el AT; gr. 680 hapto, ἅπτω, prim. «fijar», y de ahí «atar, sujetar, enlazar», y luego «agarrar»; en la voz media háptomai, ἅπτομαι, mucho más frecuente, sign. «tocar» y también «agredir» y «atacar», en tanto que contacto hostil.
La primera mención del vb. nagá ocurre en el relato del huerto del Edén, cuando la mujer recuerda a la serpiente la prohibición divina de no comer ni tocar el fruto del árbol prohibido (Gn. 3:3). Está relacionado con todo aquello que es sagrado y está prohibido tocar, p.ej. el monte Horeb (Ex. 19:12) o el Arca de la Alianza. Las cosas impuras y cuerpos muertos tampoco se pueden tocar (Lv. 5:2–3; Dt. 14:8; cf. 2 Cor. 6:17). También se usa para denotar un contacto sexual, como cuando Dios no permitió a Abimelec, rey de Gerar, «tocar» a Sara (Gn. 20:6; cf. 1 Cor. 7:1). En sentido figurado, ser tocado por algo o alguien significa participar de sus emociones o efectos, como ser «tocado por Dios» (1 Sam. 10:26) o ser «tocado por la enfermedad» (2 Cro. 26:20). Detrás de esta imagen subyace la idea de que ciertas personas y objetos tienen propiedades que se transmiten mediante el contacto; así, el cuerpo muerto de un hombre fue arrojado dentro del sepulcro de Eliseo, y al ser tocado por los restos del profeta, revivió y se puso en pie (2 R. 13:21). En los profetas es común el sentirse tocados por Dios en diversas manifestaciones. P.ej., Elías fue tocado repetidamente por el ángel de Yahvé para recibir ánimos (1 R. 19:5, 7). Los labios de Isaías fueron tocados con un carbón encendido tomado del altar como indicación de que su culpa era remitida y hecho apto para el ministerio (Is. 6:7). Del mismo modo, al comienzo de su profecía, Jeremías dice: Yahvé «extendió su mano y tocó mi boca», al tiempo que le decía: «He aquí, pongo mis palabras en tu boca» (Jer. 1:9). Es en el libro de Daniel donde más se recurre a la imagen del contacto divino: un ser celestial semejante a un hombre le explica el contenido de las visiones que ha tenido (Dan. 8:18); después, el ángel Gabriel acude y le toca para «iluminar su entendimiento» (9:21); luego, una vez más, un ser semejante a un hombre le toca para que le preste atención y deje de temer ante aquella visión gloriosa (10:5–11); posteriormente le toca los labios, señal de comisión profética (v. 16) y, por último, le toca otra vez para fortalecerle (v. 18).
En el NT el acto de tocar y ser tocado juega un papel muy importante en la vida y obra de Jesús. Para sanar a algún enfermo, por regla general Jesús extiende la mano y lo toca, de manera que al instante queda sano (Mt 8:3, 15; 9:20, 29; 17:7; 20:34; Mc. 1:41; 7:33; Lc. 1:9; 5:13; 7:14). Del mismo modo, cuando alguien toca a Jesús, aunque sea el borde del manto, queda sanado (Mc. 5:27–31; Lc. 8:44).
Después de resucitar, Jesús prohíbe a María Magdalena que le toque, porque «aún no ha subido al Padre» (Jn. 20:17). Esta extraña prohibición se entiende al comprobar que una de las acepciones del vb. hapto es «asirse, sujetar», frente a thingano, que es «tocar ligeramente», con lo que Jesús prohíbe aquí a María, no que «le tocase», sino que «continuase asida a sus pies», retrasando su partida al Padre; de modo que la frase equivale a «¡suéltame!» o «deja de retenerme». Véase MILAGRO, VISIÓN.

