Diccionario Bíblico

Tinieblas

Letra T

1. Nombre y uso.
2. Tinieblas y teofanía.
3. Tinieblas en la muerte de Jesús.
4. Luz y tinieblas.
I. NOMBRE Y USO. Heb. 2822 prop. joshekh, חשֶׁךְ = «oscuridad», ausencia de luz, estado caótico representado en Gn. 1:2; también símbolo de muerte: Is. 8:22; 50:10; Job 3:5; 19:8; Sal. 44:20; Sab. 17:20, y de ceguera espiritual: Dt. 28:29; Sal. 82:5; Is. 9:2; 42:7; Lam. 5:17); gr. 4653 skotía, σκοτία = «oscuridad, tinieblas» físicas (Jn. 6:17; 20:1), morales o espirituales (Mt. 4:16; Jn. 1:5; 8:12; 12:35, 46; 1 Jn. 1:5; 2:8, 9, 11); skotos, σκότος, nombre neutro frecuentemente utilizado en la LXX, que en el N.T. se emplea como equivalente a oscuridad física (Mt. 27:45; 2 Cor. 4:6); tinieblas intelectuales (Ro. 2:19); ceguera (Hch. 13:11); por metonimia, lugar de castigo (p.ej. Mt. 8:12; 2 Pd. 2:17; Jud. 13); metafóricamente, tinieblas morales y espirituales (p.ej. Mt. 6:23; Lc. 1:79; 11:35; Jn. 3:19; Hch. 26:18; 2 Cor. 6:14; Ef. 6:12; Col. 1:13; 1 Tes. 5:4, 5; 1 Pd. 2:9; 1 Jn. 1:6); también, aquellos que se encuentran en estado de oscuridad moral o espiritual (Ef. 5:8); metáfora de los poderes malvados que dominan el mundo (Lc. 22:53). En tanto que skotos es empleado en el NT más del doble de veces que skotía, Juan emplea skotos solo una vez (1 Jn. 1:6), y skotía 15 de las 18 en que aparece en todo el NT.
II. TINIEBLAS Y TEOFANÍA. La realidad física de las tinieblas como falta de luz ha impresionado siempre al ser humano, y de modo especial al hombre primitivo, por el hecho elemental de no disponer casi de nada para defenderse de la oscuridad en las horas nocturas. En la literatura antigua es común que las tinieblas sirvan de trasfondo a los relatos cosmogónicos, y aparecen en mitos referentes al > caos primitivo y al mundo misterioso de los muertos (cf. Job 10:21; 17:13; Mt. 8:12; 22:13; 25:30). La fe hebrea atempera el terror a las tinieblas gracias a su credo monoteísta. Yahvé es «quien forma la luz y crea las tinieblas» (Is. 45:7; cf. Job 26:10; Sal. 104:20), «que a las tinieblas convierte en mañana, y que hace oscurecer el día hasta que se hace noche» (Am. 5:8). En la cosmogonía bíblica no hay campo alguno extraño al poder de Dios. «Él guarda los pies de sus fieles, pero los impíos perecen en las tinieblas» (1 Sam. 2:9; cf. Sal. 112:4; Miq. 7:8). Dios se sirve de las tinieblas para realizar sus hechos salvíficios, especialmente en el éxodo de Egipto y la travesía por el desierto (Ex. 10:21; 14:20). Aunque Dios es luz, se dice que «puso tinieblas alrededor de sí como su morada, oscuridad de aguas y densas nubes» (2 Sam. 22:12; Sal. 18:11; 97:2) y que «habita en la densa oscuridad» (1 R. 8:12; 2 Cro. 6:1); con ello se expresa la trascendencia impenetrable de la divinidad.
III. TINIEBLAS EN LA MUERTE DE JESÚS. Mateo, Marcos y Lucas tienen en común la mención de las tinieblas que cubrieron toda la tierra desde la hora sexta hasta la nona (de las doce a las tres de la tarde), inmediatamente antes de la muerte de Jesús. Lucas, como dato propio, parece interpretar las tinieblas como un eclipse de sol, lo cual es algo difícil de mantener desde el punto de vista científico. Jesús murió, según la interpretación más verosímil, el 14 de Nisán, víspera del día de Pascua, o lo que es igual, en época de luna llena. Los astrónomos mantienen que no es posible un eclipse de sol en día de luna llena, como ya lo hizo notar Orígenes. Mateo afirma, además, que el oscurecimiento fue «en toda la tierra» (epi pasan ten gên, ἐπὶ πᾶσαν τὴν γῆν, 27:45), y si hemos de entender por «toda la tierra» el mundo entero, no tenemos noticias de que se diera tal oscurecimiento en torno a la posible fecha de la muerte de Jesús (marzo o abril del año 30). Otros (Lagrange), que quieren ver en estas tinieblas un fenómeno natural, lo han identificado con uno de los «sirocos negros» o viento del desierto cargado de arena, que suelen tener lugar al comienzo de abril en Jerusalén. Pero también conviene considerar que la imagen de las tinieblas sobre «toda» la tierra antes de morir Jesús remite al libro del Éxodo, donde se dice que una densa oscuridad cubrió el territorio egipcio durante tres días (Ex. 10:21–23). Estos tres días de oscuridad marcaron el comienzo de la liberación de los israelitas, pues tras este fenómeno prodigioso, el faraón los dejó salir del país. Fue el gran día de Yahvé, en el que mostró su favor para con su pueblo, liberándolo de la esclavitud. La imagen de las tinieblas a mediodía remite también al libro de Amós, que se presentó en Samaria, capital del reino de Israel, para denunciar de parte de Dios la situación de injusticia por la que atravesaba el pueblo (5:7–12, 21–24; 8:4–7). Ante esta situación, el profeta invita a esperar un día futuro, el día de la intervención definitiva de Yahvé para liberar a su pueblo de tanta opresión, y les da esta señal: «Sucederá en aquel día, dice el Señor Yahvé, que haré que el sol se oculte al mediodía; y en pleno día haré que la tierra sea cubierta de tinieblas» (Am. 8:9). Esta oscuridad en pleno mediodía sería el anuncio de la intervención liberadora de Yahvé, según el Éxodo, y del juicio de Dios contra todos los opresores de la tierra, según Amós. Usando estos textos, Mateo interpreta la muerte de Jesús en clave de juicio y liberación, y afirma que «desde la hora sexta hasta la nona», esto es, de 12 a 3, tres horas en total —en el libro del Éxodo, tres días—, «toda la tierra estuvo en tinieblas» (Mt. 27:45), identificando de este modo el día de Yahvé con el día en que Jesús muere en la cruz, iniciándose el «éxodo» definitivo de la humanidad.
Jesús es concebido como la luz del mundo (cf. Jn. 8:12; 9:5); es natural que su muerte se entienda como una eclipse de la misma; tres horas, tres días, vienen a significar lo mismo, el período de la muerte de Jesús que da paso a la resurrección, sello de las promesas proféticas. «El pueblo que moraba en tinieblas vio una gran luz. A los que moraban en región y sombra de muerte, la luz les amaneció» (Mt 4:16; Lc. 1:79; ambos citan Is. 9:2; 42:7). Lo que el profeta Joel anunció (2:2), según cita el apóstol Pedro: «El sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día del Señor, grande y glorioso» (Hch. 2:20), se cumple en «la resurrección de Cristo: que no fue abandonado en el Hades, ni su cuerpo vio corrupción» (vv. 31–32).
IV. LUZ Y TINIEBLAS. En el Evangelio de Juan aparece con frecuencia la oposición entre la luz y las tinieblas: «Yo he venido al mundo como luz, para que todo aquel que cree en mí no permanezca en las tinieblas» (Jn. 12:46). Jesús es representado como la luz resplandenciente que las tinieblas no pueden vencer (Jn. 1:5). Él es la antigua luz del mundo, la luz de Yahvé, que protege de las tinieblas y guía los pasos de los fieles (Jn. 8:12).
En el resto de los escritos del NT se manifiesta el mismo contraste. La luz resplandece en las tinieblas, y es la que ha resplandecido en el corazón de los creyentes (2 Cor. 4:6); que «si bien en otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor» (Ef. 5:8, 11), en lucha constante «contra los gobernantes de estas tinieblas» (Ef. 6:12). El cristiano ha sido «librado de la autoridad de las tinieblas y trasladado al reino del Hijo amado» (Col. 1:13; cf. 1 Pd. 2:9). Por esta razón, no somos hijos de la noche ni de las tinieblas, sino de la luz y del día (1 Ts. 5:5), lo que se traduce en un comportamiento ético y responsable hacia Dios y sus semejantes. Véase CEGUERA, LUZ.