Diccionario Bíblico
TESTIGO
Letra T
Heb. 5707 ed, עֵד = «testigo», vocablo procedente del campo profano legal o jurídico (Dt. 17:16; Prov. 24:28); gr. 3144 martys, μάρτυς, de donde proviene la palabra castellana «mártir». Designa a uno que puede certificar o certifica aquello que ha visto u oído, o conoce. En el NT se dice de Dios (Ro. 1:9; 2 Cor. 1:23; Fil. 1:8; 1 Tes. 2:5, 10); de Cristo (Ap. 1:5; 3:14) y de aquellos que dan testimonio de Cristo hasta la muerte (Hch. 22:20; Ap. 2:13; 17:6). En un sentido legal aparece en Mt. 18:16; 26:65; Mc. 14:63; Hch. 6:13; 7:58; 2 Cor. 13:1; 1 Ti. 5:19; Heb. 10:28.
Un testigo es aquel que puede informar sobre unos sucesos en los que ha participado, sobre unas personas o hechos que ha conocido; entonces es capaz de dar cuenta verbalmente de lo que sabe, por haberlo visto y oído. El testimonio se basa, por tanto, en una experiencia ocular o auricular. El contexto más frecuente de este tipo de testimonio es el de un proceso. Ya en este primer nivel, la fe en el testimonio exige cierto rebajamiento de la razón y cierta confianza, ya que la palabra del testigo se convierte para los demás en sustitutivo de la propia experiencia. Sin testigos declarantes no puede haber sentencia penal (Nm. 5:13). Hacían falta, por lo menos, dos o tres testigos coincidentes en casos de pena de muerte (Dt. 19:15–16; Nm. 35:30; Mt. 26:59–61; Mc. 14:56–57; Heb. 10:28; cf. 1 R. 21:10, 13). Debido a su contexto jurídico, donde el testigo no aporta información solamente, sino elementos de juicio que pueden perder o salvar a una persona inculpada, el testimonio tiene un fuerte componente moral, especialmente grave en la mayoría de los casos, comprometiendo la verdad y la justicia. La Ley excluía la tortura, que los paganos practicaban para provocar confesiones. Antes de interrogar a un testigo, se le conjuraba a decir toda la verdad; si escondía algo, quedaba con la carga de su pecado (Lv. 5:1; Prov. 29:4). El Decálogo condenaba el falso testimonio (Ex. 20:16). Los testigos falsos eran condenados a sufrir la pena que querían infligir a la persona injustamente acusada (Dt. 19:16, 19). La administración de la justicia es esencial para el establecimiento de la paz social, y para ello es indispensable la veracidad de los testigos. Por esta razón, también los sabios de Israel anatematizan al testigo falso (Prov. 19:9), pues es realmente un impío que busca la ruina del justo (Sal. 37:31–32; Jer. 18:18; 20:10). Los testigos tomaban parte en la ejecución. Josefo afirma que la Ley de Moisés no autorizaba a las mujeres ni a los niños a testificar. La Ley no contiene ninguna orden formal a este respecto, pero la declaración de Josefo parece plausible, ya que los testigos tenían que asistir a las ejecuciones.
Más allá del ámbito judicial, el testigo es también quien sella su adhesión a la causa que defiende mediante una profesión pública de su convicción interior, que puede llegar hasta el sacrificio de la propia vida. «Testigo» aparece precisamente en el NT con el sentido de «mártir», quien pone su vida como garante de su testimonio. No solamente la muerte por Cristo, sino también la vida cristiana vivida con todas sus consecuencias tiene un valor de «martirio» y por ello de testimonio, de compromiso vital (2 Ti. 3:12).
El testimonio de Cristo se hace ordinariamente en un contexto de hostilidad, de odio, por parte de los que no comparten la misma causa. En palabras de Jesús, la misión de testigos asignada a los > apóstoles es misión de mártires. Se lo advierte para que no se extrañen: sufrirán persecuciones y hasta la muerte. Este compromiso con la causa cristiana hasta la suprema entrega de la vida, es mucho más que un testimonio sobre algo visto u oído; es una convicción tan profunda por la que no se duda en arriesgar la vida por la verdad creída como testimonio absoluto de fidelidad.
En el AT el testigo es ante todo el > profeta. Escogido y enviado por Dios en el seno de una experiencia privilegiada, conoce a Yahvé porque le ha hablado y le ha confiado su palabra. Se convierte en boca de Yahvé, intérprete y mensajero de su voluntad. Los profetas testifican la justicia de Dios y dan sentido a los acontecimientos históricos; existen «para que sepan que yo soy el Señor» (Ez. 6:7, 13–14; 7:4, 9, 27; 13:9, 21, 23). Testigo es también el pueblo de Israel. escogido y enviado por Yahvé a dar testimonio de su bondad y poder (Is. 43:8–13). Dios mismo puede ser invocado como testigo en los asuntos humanos (Gn. 31:50); y, sin duda, es el testigo de cargo de los pecados de su pueblo (Mal. 2:14; 3:5;) o actúa de acusador contra él (Miq. 1:2).
En el NT testigos son en primer lugar los apóstoles. Según la elaborada teología de Lucas, los apóstoles, como los profetas, han sido elegidos por Dios (Hch. 1:26; 10:41); han visto y oído a Cristo, y estado con él (Hch. 4:20–22; 10:39; cf. 1 Cor. 15:3), y ante todo, han sido testigos excepcionales de la resurrección, el acontecimiento esencial de su testimonio (Hch. 1:21; 4:33; 5:31–32), en virtud de lo cual poseen una experiencia viva, directa, de su persona, de su enseñanza y de su misterio. Comieron y bebieron con él antes y después de su resurrección (Hch. 10:41). El resto puede predicar, pero en sentido estricto, solo los apóstoles pueden atestiguar. Han recibido de Cristo la misión de dar testimonio (Hch. 10:41) y han sido investidos del poder del Espíritu para cumplir este mandato (Hch. 1:8). Por este motivo, los apóstoles declaran: «No podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído» (Hch. 4:20). Pablo recibe una misión muy similar de parte del resucitado (Hch. 9:15; 13:2) y puede también ser testigo (Hch. 22:15; 26:16), aunque solo recibe tal denominación cuando ya está sufriendo el proceso; Esteban la recibe por su ejecución (Hch. 22:20).
También Juan parte de una teología del testimonio, comenzando por el conjunto de sus escritos (Jn. 19:35; 21:24; Ap. 1:2; 1 Jn. 1:3). «Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que hemos contemplado, lo que han tocado nuestras manos acerca de la palabra de la vida…, damos testimonio de ello» (1 Jn 1:1–3; 4:14).
Juan no utiliza el sustantivo «testigo»; su término preferente es «testimonio», mediante el cual subraya la función de Jesús acerca del amor y salvación del Padre.
Testificar, atestiguar, es sinónimo de revelar, ya que se recibe el testimonio como el atestado solemne de una experiencia realizada por el Hijo junto al Padre (cf. Jn 3:11; 8:38, 40; 18:37). El Padre da testimonio del Hijo (Jn. 5:32; 8:18); por tanto, la verdad de lo que dice no se funda únicamente en su propio testimonio (Jn. 5:31–32; 8:13–14; 1 Jn. 5:9). Cristo es testigo fiel, pues conoce al Padre y testifica lo que ha visto (Jn 8:38). Para él, dar testimonio es revelarse, dar a conocer todo lo que es y de dónde viene, es decir, del Padre. Si esta revelación culmina en la cruz, es porque allí se opera la manifestación suprema de Cristo, a saber: el amor del Padre a los hombres, evidenciado en el amor supremo de Cristo a los suyos (Jn. 19:35).
El Apocalipsis reconoce a Cristo, primogénito de entre los muertos, como el «testigo fiel» (Ap. 1:5; 3:14). Cristo llevó su testimonio hasta el límite: fue el testigo fiel y verdadero (Ap. 13:8). En la tribulación se debe mantener la mirada fija en el testigo (Ap. 1:5) y seguirle hasta el final (Ap. 20:4). Véase APÓSTOL, MÁRTIR, MISIÓN, TESTIMONIO.

