Diccionario Bíblico
Teocracia
Letra T
Gr. theokratía, θεοκρατία = «gobierno de Dios», de Theós, Θεός, «Dios», y kratos, κράτος, «soberanía, señorío, dominio», denota la institución política que ejerce el gobierno en representación de Dios. El término fue acuñado por Josefo para definir el gobierno instituido en el Sinaí, mediante el cual Dios era reconocido como soberano, tanto en temas religiosos como políticos y sociales: «Nuestro legislador… ordenó que nuestro gobierno fuera lo que designaré por el expresivo término de teocracia: Dios ejerciendo la autoridad» (Contra Apión 2, 17).
La teocracia caracterizó los imperios de la antigüedad, desde Mesopotamia y Egipto hasta la Roma imperial, donde reyes, faraones y césares eran identificados con la divinidad y elevados a la categoría de dioses, de modo que el poder era considerado absoluto y único. Cuando el gobierno es ejercido mediante una casta sacerdotal, representante de Dios, se suele llamar hierocracia o gobierno sacro, que es el que predominó en los orígenes de Israel, durante el Éxodo y la época de los Jueces, pero mediante una fuerte participación del pueblo mediante sus representantes, los > ancianos o notables de cada tribu y clan. La ordenación bíblica: «Vosotros me seréis un reino de sacerdotes y una nación santa» (Ex. 19:6), no expresa una política teocrática de corte popular, sino una vocación religiosa y espiritual de alcance universal, ya que convierte a Israel en intermediario entre Dios y la humanidad. El camino ya estaba preparado por las promesas a los patriarcas, de la bendición que Abraham llegaría a ser para todas las naciones de la tierra, y de los reyes que saldrían de él y surgirían de los lomos de Israel (Gn. 12:3; 17:6; 35:11), y aún más distintivamente por la profecía de Jacob del cetro de Judá, a quien, por la llegada de Siloh, se le sujetarían voluntariamente todas las naciones (Gn. 49:10).
Si el pueblo hebreo sacado de la esclavitude de Egipto escuchaba la voz de Dios, sus mandamiento y decretos, y guardaba el pacto con Dios establecido en el comienzo de su nacimiento como nación, sería una nación valiosa para Él de entre todas las naciones (cf. Dt. 7:6; 14:2; 26:18). Entonces Israel sería un cuerpo real de sacerdotes para Yahvé, y no sólo una nación de sacerdotes gobernada por Yahvé. La teocracia establecida con la conclusión del pacto (Ex. 24) fue el medio adoptado por Yahvé para hacer a su pueblo escogido un cuerpo real de sacerdotes; la manifestación de su pacto era la indispensable condición subjetiva, de la cual dependían para alcanzar este destino y gloria divinamente designados. Este reinado, sin embargo, no era meramente de una clase espiritual, sino que culmina en el dominio universal predicho por Balaam en Nm. 24:8, 17ss., por la últimas palabras de Dt. 33:29. La actitud espiritual de Israel para con las naciones era el resultado de su carácter sacerdotal. Del mismo modo que el sacerdote es mediador entre Dios y el hombre, así Israel fue llamado para ser el vehículo del conocimiento y la salvación de Dios para las naciones de la tierra.
El advenimiento de la > monarquía (cf. 1 Sam. 9:15–17; 10:22–24; 12:13, 22; 16:1, 12–13) no supuso en Israel el comienzo de un tipo de gobierno de corte absolutista, con el monarca a la cabeza como representante de Dios, sino un poder limitado por las tradiciones tribales comunitarias y la > Alianza de Yahvé; por eso la monarquía israelita nunca fue similar a la de los antiguos imperios y reinos orientales. Dios es el único señor supremo y todopoderoso por encima del rey, cuya > Ley es la garantía de justicia y equidad para gobernantes y gobernados.
La teocracia tiene su fundamento en la conciencia de la presencia constante de Dios junto a su pueblo y a la cabeza de la nación (Ex. 25:22). Él es el verdadero rey de Israel (1 Cro. 17:14), y su acción política, judicial y religiosa puede percibirse a través de sus lugartenientes y mensajeros (los reyes, los sacerdotes, los profetas), como antaño lo hizo mediante Moisés y los Jueces (cf. Dt. 18:15–19). El lema «Dios con nosotros» (1 Cro. 22:18), con matices incluso marciales, dominaba ya en la obra deuteronomista (Dt. 1:42; 2:7; 31:6, 8, 23; Jos. 1:5, 9, 17; 3:7; 7:12; 22:31; Jue. 1:29; 6:12–13, 16; 1 Sam. 3:19; 16:18; 18:12, 14, 28; 20:13; 2 Sam. 5:10; 7:3, 9; 14:17; 15:20; 1 R. 8:57; 11:38; 2 R. 18:7; etc.). Dios está con David (1 Cro. 11:9; 17:2, 8; 22:11, 16; 28:20), con Salomón (2 Cro. 1:1), con Josafat (2 Cro. 17:3) y con sus magistrados (19:6–7); está incluso con el faraón > Necao cuando tiene una misión de juicio que cumplir (2 Cro. 35:21). Está con Israel de manera especial en los momentos trágicos frente a enemigos superiores, como durante el asedio de Senaquerib: «Sed fuertes, tened valor. No tengáis miedo ante el rey de Asiria y ante esa horda que le acompaña, porque el que está con nosotros es más poderoso que el que está con él. Con él no hay más que brazos de carne; con nosotros está el Señor, nuestro Dios, pronto a socorrernos y combatir nuestros combates» (2 Cro. 32:7–8; cf. 36:23). La acción con que Dios regula la historia es la de la > retribución, que con su rígido ritmo binario de delito-castigo/justicia-premio rige todo el curso humano según el proyecto divino (cf. 1 Cro. 22:13; 28:9; 2 Cro. 13:18; 14:6; 15:2, 15; 16:7–9; 21:10; 24:22–26; 25:14–22; 28:6; 32:30).
La carta constitucional de este gobierno es el > Decálogo entregado a Moisés. Representa leyes religiosas, sociales y judiciales vinculantes del comportamiento de la nación y de cada individuo (cf. Dt. 4:12, 33, 36; 5:4, 22; Ex. 19:9: 20:1, 19, 22). Moisés es el prototipo del gobernante teocrático, el mediador entre el Dios soberano y el pueblo, y el pueblo y Dios. Es el pueblo, quien embargado por el temor, pide que no le sean dadas directamente las leyes divinas, sino por medio de Moisés (Ex. 20:18–21). El pacto o alianza fue ratificado por todo el pueblo. Moisés escribió en un libro todas las palabras de Yahvé, erigió un altar y doce columnas, ordenó ofrecer un sacrificio, y esparció la mitad de la sangre de los animales inmolados sobre el altar. Leyó el libro del pacto al pueblo, y todos se comprometieron a obedecer a Yahvé. Moisés roció entonces al pueblo con el resto de la sangre, diciendo: «He aquí la sangre del pacto que Yahvé ha hecho con vosotros sobre todas estas cosas» (Ex. 24:3–11). El libro de la Ley será para Israel lo que la Constitución en un Estado moderno: una especie de convenio pactado entre Dios y la comunidad. Los principios básicos estaban grabados sobre dos tablas de piedra depositadas en el arca, las «Tablas del Pacto» (Dt. 4:13; 9:9, 11; 1 R. 9:9–21; cf. Nm. 10:33; Jue. 20:27; 1 Sam. 4:3), o del «testimonio» (Ex. 31:18; 32:15, etc.).
Posteriormente, la monarquía davídica es descrita como el gobierno de Dios por excelencia. El trono de David es presentado en realidad como «el trono de Yahvé, el trono de la realeza de Yahvé sobre Israel» (1 Cro. 29:23; 28:5). La omisión del adulterio de David con Betsabé y del asesinato de Urías entra en este proceso de tipificación. Si los monarcas se conservan fieles a Yahvé, el éxito pueden tenerlo por seguro; la ruina y la calamidad caen sobre aquellos que abandonan la fidelidad a Yahvé (cf. 2 Cro. 12:5–8; 15:1–7; 16:7–10; 19:1–3; 20:14–17, 37; 21:12; 24:19–21; 25:7–9, 15–16; 28:9–11; 33:10; 36:15–16).
Tres grandes reyes, > Josafat, > Ezequías y > Josías, con sus respectivas reformas, exaltan la teocracia hebrea; pero los tres últimos monarcas, > Joaquín, > Jeconías y > Sedecías, no hacen más que acelerar la catástrofe por sus pecados.
Después de la caída de la monarquía, con la destrucción de Jerusalén en el 586 a.C. por obra de Nabucodonosor, los judíos que sobreviven a la catastrofe de la deportación y el exilio, organizan a su vuelta a la tierra de sus padres un modo de gobierno propio hierocrático, bajo el poder político de la administración persa. Con la reconstrucción del Templo renace la esperanza; la teocracia, considerada como parte decisiva del proyecto divino, vuelve a brillar y se revela como indestructible y perenne. A falta de rey, el sumo sacerdote lleva entonces las riendas del pueblo reestablecido y reorganizado en torno a una interpretación férrea de la Ley de Moisés y la «limpieza de sangre», o segregación de todo elemento extranjero. La obediencia a la Ley de Dios se convierte en el ideal de todo el pueblo, pues de ella depende el futuro y las bendiciones que le acompañan. Transgredirla es acarrearse la maldición de Dios y repetir la historia de los desastres del pasado, por las mismas causas.
Durante un lapso de tiempo, Israel recupera su autonomía política y su grandeza territorial bajo el gobierno de los > Macabeos, después de una guerra cruenta mantenida contra los que intentaban apartar al pueblo de la obediencia a su fe ancestral. Un miembro de este linaje, Aristóbulo I (104–103 a.C.), unió en su persona la función de rey y sumo sacerdote, dando lugar a un gobierno teocrático muy semejante al de algunos países vecinos. En los días de Jesús, Israel vuelve a encontrase bajo dominio político extranjero, Roma, pero con autonomía en asuntos internos y religiosos, administrado por el sumo sacerdote y el Sanedrín. En su enseñanza, Jesús claramente distingue entre el poder político y el religioso (cf. Mt. 22:21). Enseña la necesidad de obedecer a la autoridad civil establecida, tanto por motivos religiosos como morales (Jn. 19:11), al tiempo que, indirectamente, se desvincula de la teocracia. El > Reino de Dios que él predica no es de este mundo (Jn. 18:36), aunque está en el mundo y se desenvuelve en él (cf. Lc. 11:21; Jn. 17:15, 18; Mt. 13); su poder es espiritual, no político. En los escritos apostólicos, Dios es presentado como el único Soberano del mundo y fuente de todo poder, de modo que, tanto los poderes civiles como religiosos proceden en última instancia de él (cf. Ro. 13:1–7; 1 Tim. 2:1–2; Tit. 3:1; 1 Pd. 2:13–15), sea en régimen monárquico, republicano o democrático.
El el Apocalipsis se vislumbra el futuro escatológico bajo la forma de una ciudad celeste que desciende a la tierra y se establece bajo la soberanía absoluta de Dios (Ap. 21:3), que no es una forma de gobierno, sino una nueva dimensión del ser. Véase ALIANZA, AUTORIDAD, DECÁLOGO, ESTADO, MONARQUÍA, JUECES, REINO DE DIOS, REY.

