Diccionario Bíblico

TEMOR

Letra T

Heb. 3374 yireath, יִרְאַת = «temor»; gr. 5401 phobos, φόβος, prim. tenía el sentido de «huida» provocada por el hecho de estar atemorizado; luego, aquello que puede provocar la huida, a saber, temor, miedo, terror (Mt. 28:8; Mc. 4:41; Lc. 1:12, 65, 74; 2:9; 5:9, 26; 7:16; 8:37; 9:34; 21:26; 24:5; Hch. 2:43; 19:17; 1 Cor. 2:3; 1 Ti. 5:20; Heb. 2:15; 1 Jn. 4:18; Ap. 11:11; 18:10, 15).
En sentido general, el temor es una reacción afectiva ante la amenaza de un mal (cf. Gn. 32:7; 42:35; 43:18; Nm. 22:3; Dt. 2:25; 2 R. 25:26; etc). Se teme a un poder superior, es decir, a una potencia amenazante (cf. 2 R. 10:4; 1 Cro. 14:17). Cuando el verbo 3372 yaré, ירא, se usa en relación con una persona de alto rango, connota «temor reverencial». «Es más que simple temor, es la actitud con que una persona reconoce el poder y la condición de la persona a la que reverencia y se le rinde el debido respeto» (Vine). Yaré es el temor religioso ante el poder y majestad divinos.
El hombres es para el reino animal un poder dominante, y en cuanto tal temido: «El temor y el miedo de vosotros estará en todos los animales de la tierra, en todas las aves del cielo, en todo lo que se desplaza en la tierra y en todos los peces del mar. En vuestras manos son entregados» (Gn. 9:2); en este caso concreto aparece el sust. 4172 mora, מוֹרָא, que se usa exclusivamente para denotar el «terror» y «espanto» ante un ser superior (cf. Sal. 9:20).
La vivencia de Dios como poder tremendo y extraordinario produce siempre en el hombre un temor respecto al que hay que protegerse. De ahí la necesidad de mantener la distancia respecto a los lugares santos: Dios le dijo a Moisés: «No te acerques aquí. Quita las sandalias de tus pies, porque el lugar donde tú estás tierra santa es» (Ex. 3:5; cf. Ex. 19:1–12, 23; 20:18). En la Escritura vemos que la manifestación de Dios al hombre suscita en él tanto temor como atracción. El temor es señal de respeto por parte del hombre, que reconoce un poder superior a él; la atracción es el polo amante del poder que se manifiesta. Para que el uno no se dé sin el otro, Dios siempre tranquiliza al hombre con un «no temas» (cf. Gn. 15:1; 21:17; 26:24: Mt. 1:20; Lc. 1:13, 30; 5:10; Ap. 1:17). Véase TEMOR DE DIOS.