Diccionario Bíblico

TEMOR DE DIOS

Letra T

Heb. yireath Yahweh, יִרְאַת יהוה = «temor de Yahve», o yireath Elohim, יִרְאַת אֱלהִים = «temor de Dios»; gr. phobos tu Theû, φόβος τοῦ Θεοῦ; Vulg. timor Domini.
El temor de Dios aparece en la Escritura a raíz de la desobediencia de Adán: «Oí tu voz en el jardín y tuve miedo» (Gn. 3:10), indicando de este modo que el temor es resultado del > pecado, en cuanto que conlleva la pérdida del trato confiado y filial con Dios. A partir de ese momento, siempre es Dios quien toma la iniciativa para despejar del ser humano el temor paralizante, el terror y el pavor que le hacen temblar y alejarse, y transformarlo en temor reverente, que respete los términos de la relación Dios-hombre. Cuando los israelitas vieron y oyeron los truenos y relámpagos sobre el monte Sinaí, retrocedieron aterrorizados ante el poder que se estaba manifestando ante ellos, pero al temor del pueblo responde la solicitud de Dios con un «no temáis, porque Dios ha venido para probaros, a fin de que su temor esté delante de vosotros para que no pequéis» (Ex. 20:20). De modo que el temor en relación con Dios no implica pavor, que lleva a la huida, sino «reverencia», reconocimiento y respeto a una autoridad superior. En este sentido, la Escritura es unánime en afirmar que «el temor de Dios es el principio de la sabiduría» (cf. Job 28:8; Sal. 19:9; Prov. 1:7; Ecl. 12:13; Eclo. 1:11–39). Aquí se entiende el temor desde la perspectiva del hombre pecador, al que le es necesario y beneficioso sentir temor como un preventivo y salvaguarda contra la transgresión (cf. Ex. 1:17; Dt. 6:2; Prov. 3:7; 14:2). En este sentido, el temor es un aspecto vital de la vida religiosa tomada en toda su seriedad como lucha por mantenerse alejado de todo aquello que es pernicioso y atenta con la ley divina. Este temor no excluye la confianza y gozo en Dios y su ley; basta leer los Salmos para descubrir estos sentimientos. Dios mismo pide a su pueblo la obediencia en amor (Dt. 6:5), del que el temor es su guardián, hasta la manifestación de la adopción de los creyentes como hijos de Dios (cf. Gal. 3:24), de acuerdo al anuncio de un Nuevo Pacto o Alianza escrito en los corazones (Jer. 31:31–34), que contrarreste el espíritu rebelde y desagradecido de Israel (cf. Dt. 32:6; Os. 11:1; Is. 1:2; 63:16; 64:8).
Jesucristo puso el acento en el amor a Dios (Mt. 22:37–38), ya previsto en la Ley (Dt. 6:5), pero ahondado en el Evangelio al mostrar la paternidad de Dios y la adopción filial de los creyentes, por el que el apóstol Pablo puede decir: «No habéis recibido el espíritu de siervos para recaer en el temor; antes habéis recibido el espíritu de adopción de hijos por el que clamamos Abba Padre» (Ro. 8:15; cf. 1 Jn. 3:2; 2 Pd. 1:4). El amor filial aleja todo temor servil: «En el amor no hay temor, antes el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor conlleva castigo, y el que teme no ha sido perfeccionado en el amor» (1 Jn. 4:18). Esta afirmación no se puede tomar en sentido absoluto, pues dada la debilidad del creyente, aun santificado, y el carácter pedagógico del temor, este ayuda a no envanecerse y descuidar el crecimiento en la vida cristiana dejándose llevar por la ligereza espiritual (cf. Mt. 10:28; 2 Cor. 5:11; 7:1; Flp. 2:12 Ef. 5:21; Heb. 12:28, 29). Véase ADOPCIÓN, AMOR, ESPERANZA.