Diccionario Bíblico

Teatro

Letra T

Gr. 2302 théatron, θέατρον = «teatro», en el sentido de «representación teatral»; la palabra también se usa designar el edificio donde se realizan las funciones teatrales.
En el NT se menciona el teatro de Éfeso, donde se encontraban > Gayo y > Aristarco, macedonios y compañeros de Pablo, a quien por prudencia, para evitar la violencia de las turbas, las autoridades de Asia, que eran sus amigos, le rogaron que no se personara (Hch. 19:29, 31); parece que el Apóstol tenía intención de dirigirse a la multitud reunida en el teatro. En sentido metafórico, Pablo utiliza la palabra teatro para referirse a la vida pública y testimonial de los cristianos: «Hemos llegado a ser espectáculo [théatron egenéthemen, θέατρον ἐγενήθημεν] para el mundo, para los ángeles y para los hombres» (1 Cor. 4:9), teniendo in mente no tanto el escenario teatral, como la pista deportiva, donde los cristianos corren en pos de la meta.
Las primeras manifestaciones teatrales surgieron como parte del culto a los dioses, especialmente el de Dionisos, dios del vino en la antigua Grecia, limitadas al principio a desordenados y ruidosos cortejos, a gesticulaciones, a danzas desenfrenadas y a canciones e himnos. Con el tiempo, se introdujeron personajes en esas estrepitosas ceremonias, dando lugar a la aparición del actor y, con él, al nacimiento del teatro. Después vino la figura del narrador o improvisador que refería pasajes de la vida de Dionisios, o recitaba algunos ditirambos (composiones poéticas en honor del dios). Pudo haber sido el corifeo, el que guiaba el coro, o uno de sus integrantes; lo cierto es que quien realizaba esta tarea se disfrazaba de sátiro, es decir, se vestía de pieles del macho cabrío que había que ofrecer al dios. Fue esta, posiblemente, la más remota de las formas teatrales y que da nombre al primero de sus géneros: la tragedia, del gr. tragos = «macho cabrío», y ado = «cantar».
En el siglo IV a.C., el poeta Tespis introdujo el diálogo entre el coro y el corifeo, que recitaban alternativamente sus estrofas. De esta manera apareció el actor que encarnaba el personaje de un héroe o un rey. Entonces el teatro empezó a adquirir ciertas características propias, e incluso surgió el maquillaje. Los actores se embadurnaban el rostro con yeso, heces de vino, bermellón y cinabrio. A este primitivo maquillaje le siguió el uso de la careta o máscara, hecha de lienzo o de madera y que tenía por boca una especie de bocina para dar mayor amplitud a la voz. Estas máscaras, con expresión serena, dolorosa o seria, representaban a los dioses, los héroes, las mujeres, los ancianos, etc. Además, los actores trataban de aumentar el volumen y la altura de sus cuerpos rellenándolos con trapo o colocándose tacones altos (coturnos).
Las representaciones se hacían sobre precarios tablados, que no pasaban de ser una mesa junto al altar del dios. De ahí se pasó a una plataforma y, finalmente, con planos de Anaxágoras y Demócrates, se construyeron teatros con galería de piedra inspirados en los grandes estadios. El teatro de Atenas tenía capacidad para 17.000 personas, y el de Éfeso para más de 30.000 espectadores. Pero en un principio, el teatro estaba ligado a la naturaleza, y por eso se hacia al aire libre, donde el público se confundía con los actores y participaba en el argumento como cosa propia.
Con el tiempo, el escenario se adornó con sólidas columnas, estatuas de mármol o de bronce y elegantes frisos. En cuanto a los decorados, eran prismas triangulares atravesados por un eje y en cada una de las caras tenían pintado un motivo diferente conforme a los tres géneros teatrales de entonces: tragedia, comedia y drama satírico.
En el siglo V a.C., los autores, para hacer reír, satirizaban a cuanta persona medianamente prestigiosa conocían: magistrados, generales, filósofos y demás, sin que ni los dioses consiguiran salvarse de ello. De las canciones burlescas que les dirigían nació la comedia, representaciones donde la risa se lograba mediante la crítica hacia esos ciudadanos, aunque más de un autor pagó cara su osadía; p.ej., el general ateniense Alcibíades hizo apresar al comediante Eupolis y lo arrojó al mar por las menciones vertidas sobre su persona.
Las representaciones, demasiado largas, duraban por lo común todo el día, y la gente desfilaba hacia el teatro llevando no solo sus almohadones, sino también sus meriendas, aunque a los pobres se les solía repartir comida gratuitamente en los tiempos de Pericles. Los gastos que demandaba el sostenimiento del teatro eran sufragados por los coregos, gente pudiente que mantenía además a los integrantes de los coros.
Entre los griegos, los actores principales gozaban de gran consideración, y no era raro que se les designara para ocupar altos cargos. Por el contrario, los romanos despreciaban el oficio de los comediantes, la infamia marcaba el estado legal de esta profesión. Las tragedias y hasta las mejores clases de comedias eran poco representadas en público bajo el Imperio. Eran consideradas más bien como literatura, y cuando mucho leídas en voz alta en un selecto círculo de amigos. Tales eran las obras teatrales de Séneca. Existió también otro tipo de teatro ínfimo, la pantomima y, sobre todo, el mimo, donde se presentaban juegos y escenas espectaculares, llenos de excentricidades licenciosas que atraían la curiosidad del pueblo.
Antíoco Epífanes introdujo teatros y estadios olímpicos en Siria (2 Mac. 4:10–16); posteriormente Herodes mandó construir teatros y anfiteatros en Jersusalén y otras ciudades (Josefo, Ant. 15, 8, 1; 16, 5, 1; 19, 7, 5; Guerras, 1, 21, 8), en los cuales se escenificaban grandiosos espectáculos, principalmente en honor del emperador romano. Los judíos, como los cristianos después, adoptaron una inflexible actitud contra el teatro. Prohibieron indiscriminadamente y en términos de la más severa reprobación toda forma de drama, debido a la inmoralidad que se le atribuía y su asociación con representaciones idolátricas. Véase ESPECTÁCULO, ESTADIO.