Diccionario Bíblico
Tamuz
Letra T
Heb. con art. 8542 hattammuz, הַתַּמּוּז, «el Tammuz», correspondiente al babilonio tammuzu, adaptado del sumero-acadio duma-zi (Dumuzi); Sept. ho Tammú, ὁ Ταμμού; Vulg. Adonis. Deidad siria de origen sumerio.
Las antiguas tradiciones orales acerca de Tamuz fueron consignadas en sumerio, donde recibe el nombre de Dumuzi, que significa «el hijo verdadero», abreviación de Dumuziabzu, «el verdadero hijo del Apsu». Según la mitología sumeria, era hijo de Enki (acadio Ea), señor del Apsu (las aguas), y de la diosa Sirdu (la serpiente). Dumuzi era el dios de la vegetación, que muere y renace, por lo que era tenido por protector de la agricultura, a la vez que de los rebaños, siguiendo otra acepción mitológica que lo representaba como un héroe divinizado, un rey-pastor prediluviano que «reinó treinta y seis mil años». Los semitas le dieron el nombre de Tammuz, y griegos y romanos lo identificaron con Adonis, «señor», correspondiente a > Baal.
Tamuz era representado como muriendo cada año, en otoño, y renaciendo en primavera, durante las crecidas que vivificaban la vegetación; con él crecía la fertilidad de la tierra. Se trata, pues, de una deidad cósmico/vital, cuyo culto se extendió por Babilonia, Asiria, Fenicia, Palestina y, finalmente, Grecia. En un famoso poema babilónico de origen sumerio se identifica con un apuesto joven pastor que fue despedazado por un jabalí. La diosa Inana-Istar, enamorada de él, bajó a buscarle a los infiernos y le resucitó. Este poema era recitado en el cuarto mes del año babilónico, por lo cual los judíos exiliados allí llegaron a llamar Tamuz a ese mes (junio-julio). El culto a Tamuz se hacía mediante períodos de lamentaciones alternados con fiestas para significar el cíclo de renovación de la naturaleza. La costumbre fue asimilada por la población de Israel, pues el profeta Ezequiel, desde su exilio en Babilonia mira lo que pasa en Jerusalén y descubre a unas mujeres sentadas a la puerta septentrional del Templo, llorando la muerte de Tamuz (Ez. 8:14). No lloraban por la caída de Jerusalén, ni por la ruina de Israel, ni por sus propios pecados, sino por el dios muerto. Para esas mujeres y sus familiares la ruina del Templo resultaba en el fondo secundaria. Este culto vital de las plañideras sagradas constituye una abominación para Ezequiel, que no conoce más Dios que Yahvé, Señor Vivo, por encima del ciclo de la vida y muerte de hombres y animales.

