Diccionario Bíblico
SUFRIMIENTO, SUFRIR
Letra S
Traducción de diferentes términos hebreos y griegos:
1. Heb. 4341 makheob, מַכְאֹב = «angustia, aflicción, sufrimiento» (Job 33:19; Sal. 32:10; 38:17; 69:26; Ecl. 1:18; 2:23; Is. 53:3, 4; Jer. 30:15; Lam. 1:18); 4531 massah, מַסָּה = «prueba, sufrimiento» (Job 9:23); 8513 telaah, תְּלָאָה = «calamidad, sufrimiento, trabajo, fastidio» (Neh. 9:32).
2. Gr. 3804 páhtema, πάθημα = «sufrimiento, aflicción» (1 Pd. 1:11); 430 anékhomai, ἀνέχομαι, voz media de anekho, ἀνέχω = «soportar, aguantar, padecer, sufrir, tolerar» (Mt. 17:17; 9:19; Lc. 9:41; 1 Cor. 4:12; 2 Cor. 11:2; Col. 3:13; 2 Tes. 1:4; 2 Ti. 4:3); 3958 paskho, πάσχω = «padecer, sufrir» (Mc. 5:26; 1 Pd. 2:20); 91 adikeo, ἀδικέω, se emplea en la voz media o pasiva para denotar el acto de recibir o sufrir agravio (1 Cor. 6:7; Ap. 2:11); 2553 kakopatheo, κακοπαθέω = «sufrir el mal, soportar aflicciones» (2 Ti. 4:9; 4:5; Stg. 5:13).
1. El misterio del sufrimiento.
2. El sufrimiento en el Siervo de Yahvé.
3. El sufrimiento en Jesús.
4. El sufrimiento en la vida cristiana.
I. EL MISTERIO DEL SUFRIMIENTO. El sufrimiento en la vida por lo general va unido al sentimiento de pérdida, daño o carencia, sea físico o espiritual. Puede ser propio o ajeno, merecido o injusto, aceptado o tolerado. Constituye un grave problema religioso cuando afecta a personas aparentemente inocentes. El libro de Job se plantea el problema del sufrimiento del justo y, frente a los que consideraban que tenía que deberse a un pecado oculto, el autor relaciona los sufrimientos del inocente con el misterio de Dios, pero sin ofrecer una solución racional al problema. Se limita a demostrar a Job cómo los juicios de Dios son inescrutables.
Como todo lo que pertenece a la existencia humana, la experiencia psicológica y moral del sufrimiento es ambivalente. Hay una clase de sufrimiento que no plantea ningún problema moral, el que el infractor de la ley se acarrea sobre sí mismo con sus actos de rebeldía. Hay otro tipo de sufrimiento inmerecido, causado por la injusticia y malicia de los otros, que por lo general se soporta y se tolera en espera de la justifica vindicativa de Dios, que al final intervendrá a favor del justo. Como ya hemos dicho, el problema del sufrimiento surge cuando afecta a personas inocentes y el Cielo permanece en silencio. Ante este misterio ni el mismo Jesucristo ofrece una respuesta clara cuando es requerido (cf. Jn. 9:2–3). Pero la experiencia humana también enseña que el sufrimiento puede tener un valor de tipo pedagógico y correctivo. Así, Dios lo emplea como medicina para llevar a Israel al buen sentido y a la obediencia (cf. Am. 4; Os. 6:1–6; 11; Is. 63:9–16). Puede contribuir a purificar las intenciones y, en ocasiones, es utilizado como prueba de la fe, aunque a veces la cantidad de sufrimiento parece desproporcionada en relación con la prueba o incluso con el pecado cometido (cf. Sal. 13:1s; 35:17; Jer. 12:4).
Hay también un tipo de «sufrimiento vicario», el del padre por los hijos, el de los soldados por su pueblo, el del justo por la justicia, que pone de manifiesto a la experiencia humana el valor expiatorio y salvífico del dolor, a partir de lo cual surge la imagen del justo paciente y victorioso (cf. Sal 22 y 69) y del Siervo sufriente de Yahvé (Is. 53), a la que el judaísmo tardío añade la de los justos martirizados por su fe (2 Mac; 4 Mac; 4 Esdras, etc.).
II. EL SUFRIMIENTO EN EL SIERVO DE YAHVÉ. El sufrimiento juega un papel significativo en los llamados «cánticos del siervo de Yahvé». Este misterioso personaje, individuo o colectividad, es elegido por Dios precisamente para descargar sobre él un dolor y un sufrimiento que le destroza (Is. 53:10), pero que, paradójicamente, se convierte en causa de sanidad: «Despreciado y desechado por los hombres, varón de dolores y experimentado en el sufrimiento… llevó nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores. Nosotros le tuvimos por azotado, como herido por Dios, y afligido…, molido por nuestros pecados… por sus heridas fuimos nosotros sanados» (vv. 3–5). Este siervo no sufre por sus propios pecados, sino porque ha sido constituido sustituto del pueblo rebelde: «Yahvé cargó en él el pecado de todos nosotros» (v. 6).
En virtud de esta sustitución-representación, será prosperado cuando se haya puesto su vida como sacrificio por la culpa del pueblo (v. 10). «A causa de la angustia de su alma, verá la luz y quedará satisfecho. Por su conocimiento mi siervo justo justificará a muchos, y cargará con los pecados de ellos» (v. 11). El sufrimiento no es considerado como algo deseable, sino al contrario, es visto como un mal que se abate sobre una víctima inocente, cuya asunción tiene un carácter expiatorio de satisfacción vicaria por los pecados causantes, precisamente, de ese sufrimiento. «El Siervo va a ser presentado como víctima expiatoria por su pueblo, y esto es lo verdaderamente nuevo en esta revelación. Ese carácter de los sufrimientos en satisfacción por los demás es totalmente desconocido en el AT fuera de estos pasajes» (M. García Cordero). Israel reconoce en la misión y en el sufrimiento del siervo de Yahvé su propia suerte, descubriendo que el misterio del sufrimiento vicario es la esencia misma de su existencia histórica —y, por ende, del Mesías que se espera—, al tiempo que, llegado el momento, los apóstoles verán en él el anuncio prefigurado del destino de Jesús, que cumple la misión del siervo, poniendo su vida en rescate por muchos y, así, «por medio de los padecimientos, conducir a muchos hijos a la gloria» (Heb. 2:10).
III. EL SUFRIMIENTO EN JESÚS. En Jesús el sufrimiento no aparece en sus discursos sino en su vida, en su compasión y en su entrega en sacrificio por el bien de sus hermanos. El sufrimiento es parte esencial de su vida y misión. La > compasión, que es una manera vicaria de compartir el sufrimiento ajeno, destaca en los relatos evangélicos referida al sentimiento de Cristo ante la multitud descarriada (Mt. 9:36; Mc. 6:34), enferma (Mt. 14:14), hambrienta (Mt. 15:32; Mc. 8:2). Por compasión ante el sufriente, Cristo rompe la leyes de impureza y toca al leproso para sanarle (Mc 1:41). Para el Evangelio de Mateo, la sanidad de los enfermos es parte del cumplimiento de las profecías sobre el Siervo sufriente de Yahvé: «De modo que se cumpliese lo dicho por medio del profeta Isaías, quien dijo: El mismo tomó nuestras debilidades y cargó con nuestras enfermedades» (Mt 8:17). En la misma clave profética los apóstoles interpretarán posteriormente el sufrimiento personal de Cristo y su muerte (Lc. 22:15). No hay exhaltación del dolor en Jesús, ni en sus enseñanzas ni en su vida. De haberle sido posible, hubiese dejado a un lado el cáliz del sufrimiento (cf. Mt 26:39). La perspectiva del dolor y la humillación de su entrega y pasión en manos enemigas le angustiaba (cf. Mc. 14:33). Acepta el sufrimiento porque forma parte de la voluntad de su Padre para la salvación del mundo en su calidad de siervo que entrega su vida en sacrificio (Mt. 20:28; Mc. 10:45; 1 Tim. 2:6); «el justo por los injustos, para llevarnos a Dios» (1 Pd. 3:18). «Aunque era hijo, en el sufrimiento aprendió a obedecer» (Heb. 5:8). Por amor a Dios y al mundo, Jesús asumió el camino del dolor, el sufrimiento y la violencia que la caracterizan la existencia humana. Se hizo «en todo semejante a sus hermanos, para convertirse en sumo sacerdote misericordioso y fiel ante Dios, para alcanzar el perdón de los pecados del pueblo. Pues por el hecho de haber sufrido y de haber sido probado, está capacitado para venir en ayuda de aquellos que están sometidos a la prueba» (Heb. 2:17–18). De modo que el sufrimiento de Jesús no cae dentro de la categoría del castigo por el pecado, sino en la del valor expiatorio del siervo inocente que carga sobre sí con todo el dolor y la injusticia del mundo con vistas a acabar con el sufrimiento-culpa mediante el sufrimientoamor. Jesucristo crucificado es el instrumento escogido por Dios «para que, mediante la fe, se obtenga por su sangre el perdón de los pecados» (Ro. 3:25).
IV. EL SUFRIMIENTO EN LA VIDA CRISTIANA. Si el sufrimiento de Jesús tiene auténtico valor salvífico redentor, entonces el sufrimiento que el justo padece injustamente por causa de la justicia y de Cristo, no es solo consecuencia del seguimiento del «despreciado» por las autoridades y poderosos del mundo, sino también participación en el misterio de la salvación: «Se os ha concedido a vosotros, a causa de Cristo, no solamente el privilegio de creer en él, sino también el de sufrir por su causa» (Flp. 1:29). Mediante el sufrimiento, tolerado, soportado, no buscado ni provocado, el cristiano participa existencialmente del destino de su Salvador, de sus sufrimientos (2 Cor. 1:5; 1 Pd 4:1, 13), y también de la gloria que les sigue (1 Pd. 4:13; 5:1; cf. Ro. 8:18; 2 Cor. 4:17). En medio del sufrimiento se establece un estrecho nexo de unión con Jesucristo y su muerte (2 Cor. 4:10).
El cristiano es dichoso, no por el sufrimiento en sí, sino por la causa a que obedece: «por causa de la justicia» (Mt. 5:12), por causa del nombre de Cristo (Mt. 10:22; 24:9; Mc. 13:13; Lc. 21:12; Jn. 15:21; Ap. 2:3), o sea, por el Evangelio (Mc. 8:35; Hch. 20:24). El cristiano no sufre ni se somete al sufrimiento para lograr la salvación que ya ha sido obtenida definitivamente en la cruz de Cristo. El sufrimiento y las tribulaciones, cuando obedecen al seguimiento y la práctica del Evangelio, son la marca de su pertenencia a Jesús (cf. Gal. 6:17). Pablo llega a decir: «Ahora me alegro de sufrir por vosotros, y por mi parte completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia» (Col. 1:24), lo cual no significa que el Apóstol coloque sus tribulaciones en el mismo plano que los sufrimientos de Cristo, único y perfecto mediador (2 Tim. 2:5; Ro. 5:17), ni que las tribulaciones de Cristo han tenido lugar de una manera deficiente, incompleta, sino que «las penalidades asumidas por causa de Cristo, dan eficacia a la predicación entre los colosenses y en otras comunidades de todo el mundo, que llevan la fe a su plenitud» (Schweizer). El sufrimiento de los cristianos no añade absolutamente nada a la pasión de Jesús, pero los hacen semejantes a su Maestro, apropiándose de su palabra de salvación, pero también acogiendo como propio el camino de la cruz (Mt 16:24; Mc. 8:34; Lc. 9:23). Véase DOLOR, MAL, PASIÓN DE JESÚS, PECADO, SIERVO DE YAHVÉ, TEODICEA.

