Diccionario Bíblico
SUERTE
Letra S
Heb. 1486 goral, גּוֹרָל, también escrito גֹּרָל, prop. «guijarro», piedra pequeña usada para echar «suertes», de ahí «suerte, sorteo» (Lv. 16:8; Nm. 33:54; Jos. 19:1. Ez. 24:6; Jon. 1:7); gr. 2819 kleros, κλῆρος, lit. objeto utilizado para echar o sacar suertes, que consistía en trozos de madera, o pequeñas piedras; vb. 2975 lankhano, λαγχάνω, «echar suertes» (Lc. 1:9; Jn. 19:24).
En la antigüedad muchas cosas se decidían por sorteo. Ante una incertidumbre se solía recurrir a echar suertes para determinar una respuesta (Est. 3:7; 9:24–32; Jon. 1:7; Mt. 27:35; Mishnah, Taanit, 2, 10), cuyo resultado siempre se atribuía a Dios, puesto que él gobierna todas las cosas. «Las suertes se echan en el regazo, pero a Yahvé pertenece toda su decisión» (Prov. 16:33). Esta costumbre era tan popular y gozaba de tal prestigio que ponía fin a los pleitos y decidía entre los poderosos (Prov. 18:18). Lo mismo ocurría en la mayoría de los pueblos antiguos, para los que el recurso a la suerte gozaba de mucho prestigio, como un medio que aseguraba la neutralidad de los interesados (cf. Homero, Ilíada, 3, 316, 325; 7, 174–181; Jenofonte, Ciropedia, 1, 6, 46; Tácito, Germania, 10). Era una forma de adivinación que aseguraba la intervención de los dioses (Homero, Ilíada, 22, 209; Cicerón, De Divinatione, 1, 34; 2, 41). Para ello se recurría, entre otras cosas, a «flechas» marcadas o sin marcar, belomanteía, βελομαντεία (Os. 4:12; Ez. 21:21; Mauritius, De Sortitione, 14, 4).
La repartición de Canaán entre las doce tribus se decidió echando suertes, por «lotería» (Nm. 26:55; 33:34; 34:13; 36:2; Jos. 14:2; 18:6), de ahí que estas parcelas llegaran a denominarse «lotes». Esta costumbre continuó a lo largo de los siglos en la división o asignación de propiedades (Mt. 27:35; Mc. 15:24; Lc. 23:34; Jn. 19:24).
Por regla general se ponían piedras o tabletas grabadas, u objetos análogos, en el regazo o en un recipiente, después de ser agitadas; era elegido aquel cuya suerte salía primero. Se ofrecía una oración para garantizar así la dirección divina, confiando que Dios determinase el resultado del azar. Así fue elegido Matías para ocupar el lugar apostólico dejado vacante por Judas (Hch. 1:23–26; cf. 1 Sam. 10:20). Saúl descubrió mediante este método lo que Jonatán había hecho (1 Sam. 14:40–45), en este caso concreto en relación con el Urim y el Tumim. Por suertes se determinaba cuál de los dos machos cabríos era para Yahvé y cuál para Azazel (Lv. 16:8). Por suertes se hacía la distribucción de los sacerdotes (1 Cro. 24:3, 5:19; Lc. 1:9), de los levitas (1 Cro. 23:28; 24:20–31; 25:8; 26:13) y la asignación de las ciudades levíticas (Jos. 21:4ss). Hasta los prisioneros se repartían por sorteo (Joel 3:3; Nah. 3:10; Ab. 11; comp. Jenofonte, Ciropedia, 4, 5, 55). A suertes se repartieron los soldados romanos los vestidos de Cristo (Jn. 19:24). En el proceso criminal se recurría a las suertes cuando había dudas sobre el culpable real (Jos. 7:14; 1 Sam. 14:42).
Por «suerte» también se entiende lo que le toca a uno, especialmente una porción o herencia (Jos. 15:1; Jue. 1:3; Sal. 125:3; Is. 17:14; 47:6; Hch. 8:21). En sentido metafórico designa el destino de cada hombre asignado por Dios (Sal. 16:5). Véase ADIVINACIÓN, HERENCIA, URIM Y TUMIM.

