Diccionario Bíblico
SOBORNO
Letra S
Heb. 7810 shojad, שֹׁחַד = «presente», es decir, «regalo» o «recompensa», especialmente con mala connotación; también kopher, כֹּפֶר = «recompensa» o «satisfacción», traducido «cohecho» o «soborno» en 1 Sam. 12:3.
1. Definición general.
2. Antiguo Testamento.
3. Nuevo Testamento.
4. Práctica cristiana.
I. DEFINICIÓN GENERAL. El soborno, llamado también en lenguaje coloquial “coima” o “mordida”, consiste en ofrecer a otra persona, por regla general un funcionario público o directivo empresarial, una dádiva o regalo (casi siempre secreto o bajo mano) a cambio de omitir un acto que nos perjudicaría o realizar otro que nos favorece. En lenguaje jurídico, cuando el receptor del soborno es un funcionario público, tanto la acción de ofrecerlo como el aceptarlo constituyen delito y se denomina “cohecho”, que en algunos países se extiende también a empresas y particulares. Guarda relación directa con la > EXTORSIÓN, que persigue el mismo fin o similar, pero en este caso, en lugar de hacerlo con dádivas y regalos, es por medio de intimidación, coerción, amenazas de difamación y violencia.
II. ANTIGUO TESTAMENTO. La Ley Mosaica es clara al respecto: «No aceptarás soborno [shojad], porque el soborno ciega aun al de vista clara y pervierte las palabras del justo» (Ex. 23:8, BA). Todo lo que signifique obtener beneficios de un modo ilegal o subvertir la imparcialidad de la justicia, es un mal condenado tajantemente por las leyes, los profetas y sabios de Israel. La legislación deuteronómica pone delante del pueblo el ejemplo máximo de Dios como modelo a seguir en este particular: «que no hace acepción de personas, ni toma cohecho [shojad]; que hace justicia al huérfano y a la viuda; que ama también al extranjero dándole pan y vestido» (Dt. 10:17); y es tajante en cuanto al comportamiento de los funcionarios públicos: «Jueces y oficiales pondrás en todas tus ciudades que Jehová tu Dios te dará en tus tribus, los cuales juzgarán al pueblo con justo juicio. No tuerzas el derecho; no hagas acepción de personas, ni tomes soborno; porque el soborno ciega los ojos de los sabios, y pervierte las palabras de los justos» (Dt. 16:18–19). Sin embargo, las numerosas y constantes condenas a lo largo de todo el AT demuestran la extensión y universalidad de esta práctica en el tiempo y el espacio (cf. 2 Cr. 19:6, 7; Sal. 26:10; Prov. 17:23; 18:16 NIV; 21:14; Is. 5:23; Ez. 22:12 NIV). La denuncia del profeta Amós refleja la triste situación en que se encontraba la administración de la justicia en su día: «Yo sé de vuestras muchas rebeliones, y de vuestros grandes pecados; sé que afligís al justo, y recibís soborno [shojad], y en los tribunales hacéis perder su causa a los pobres» (Am. 5:12; cf. Ez. 22:12). El daño causado por soborno es terrible porque rompe la solidaridad del pueblo, corrompe el mismo sentido de la justicia y de sus tribunales, y empobrece la nación. «Las dádivas [sobornos] corrompen el corazón» (Ecl. 7:7). En una gráfica condena de esta práctica, se pide que el «fuego consuma las tiendas de soborno» (Job 15:34). Es el método generalizado de los que solo tienen sus ojos puestos en las riquezas: «Tus príncipes, prevaricadores y compañeros de ladrones; todos aman el soborno, y van tras las recompensas; no hacen justicia al huérfano, ni llega a ellos la causa de la viuda» (Is. 1:23). Para este tipo de gentes el soborno es una piedra preciosa, «adondequiera que se vuelve, halla prosperidad» (Prov. 17:8); pero tanto el salmista como el profeta Isaías nos advierten y dejan bien claro que solo podrá traspasar las puertas del Templo de Sión y habitar junto a las llamas eternas «el que procede con justicia y habla con rectitud, el que rechaza la ganancia de la extorsión y se sacude las manos para no aceptar soborno» (Sal. 15:5; Is. 33:14, 15 NVI). A lo largo del AT encontramos seis relatos concretos de personas que cayeron en el soborno: Balac (Nm 22:1–7), Dalila (Jue. 16:5), los hijos de Samuel (1 Sam. 8:3), el rey Asa (1 R. 15:19), el rey Acaz (2 R. 16:7–9) y Semaías (Neh 6:10–13).
III. NUEVO TESTAMENTO. En el N.T. nos encontramos con cuatro casos concretos de soborno o intento de soborno: el de Judas (Mt. 26:14, 15); el de los sacerdotes a la guardia del sepulcro (Mt. 28:11–15); el de Simón el Mago (Hch. 8:18); y el de Félix (Hch. 24:26); al que cabe añadir un quinto, si entendemos como soborno el ofrecimiento de Satanás a Jesús en Mateo 4:9. Y aunque no hay una enseñanza concreta al respecto, las palabras de Pedro a Simón el Mago: «¡Tu dinero perezca contigo, porque intentaste comprar el don de Dios con dinero! No tienes arte ni parte en este asunto, porque no eres íntegro delante de Dios» y del apóstol Santiago en su epístola (Stg. 2:1–4), son suficientemente claras al respecto.
IV. PRÁCTICA CRISTIANA. De lo expuesto, queda claro que la Biblia condena el soborno como un acto detestable que el creyente debe evitar a toda costa. Y la tradición cristiana así lo ha entendido, aunque como sucede en el caso de la > extorsión, a lo largo de la historia haya habido épocas oscuras en los que la propia conducta y proceder de la Iglesia haya sido abierta y declaradamente simoníaca. Las distintas interpretaciones han dado lugar a encarnizados debates entre los que consideran como soborno una simple propina a un camarero para conseguir una mesa mejor, y los que opinan que la “mordida” es aceptable cuando el fin que se persigue es noble y bueno, como podría ser la introducción de medicamentos, comida o literatura cristiana en países donde no existe otro recurso para poder hacerlo. No es este el espacio para entrar en este debate, tan solo mencionar que las diferencias entre propina y soborno son más que evidentes: la propina es algo legítimo y legal, que se realiza abiertamente, de manera voluntaria, con consentimiento de todos los afectados y en calidad de agradecimiento por un trabajo bien realizado; el soborno se lleva a cabo oculto y bajo mano para obtener algo ilícito y siempre implica una parte perjudicada. Más preocupante, sin embargo, resulta la posible existencia de una simonía involuntaria en la relación con Dios, cuando en las oraciones y ofrendas se cae en el error de prometer esto y aquello a cambio de que Dios nos conceda algo concreto que se pide y desea, una práctica por desgracia muy extendida. No es malo pedir, el mismo Jesús anima a hacerlo en numerosos pasajes, pero las peticiones, como la de Jesús en el huerto de Getsemaní, deberían ir siempre precedidas de un dócil y obediente «si es posible» (Mt. 26:39), y desterrar de la mente la idea de que la petición pueda inclinar la voluntad de Dios a favor del orante con nada que de su parte pueda hacer u ofrecer. Véase EXTORSION, ACEPCIÓN DE PERSONAS, RIQUEZA.

