Diccionario Bíblico
SIMÓN EL MAGO
Letra S
Mago samaritano, contemporáneo de los apóstoles. Figura entre los convertidos de > Felipe en Samaria. Es descrito como practicante de las artes mágicas (mageúon, μαγεύων, Hech. 8:9), de ahí el calificativo de «mago» con que es conocido. Por mago se puede entender el que practica toda clase de magia popular común en el mundo grecorromano de entonces. Era tenido por «alguien grande» y gozaba de la admiración de sus conciudadanos (vv. 10–11), hasta el punto de gozar de la veneración de un dios; Lucas dice que se referían a él como “el gran poder de Dios (v. 10), he dýnamis tu theû he kalumene megale, es decir, “la Potencia divina que se llama Grande”, o si se quiere, para evitar confusiones, “el Poder divino caracterizado como Grande”. Se trata de una expresión claramente mágica, pues en una inscripción del Asia Menor se aclama así a una divinidad concreta: “Único es Dios en los cielos, grande es el celestial Men; grande es la Potencia del Dios inmortal”; y en un papiro mágico el mago hace una invocación en los siguientes términos: “A ti la muy gran Potencia establecida en el cielo por el Señor Dios”.
Pues bien, este semidiós quedó asombrado ante las señales y grandes maravillas (semeîa y dynameis megalas) que hacía Felipe (v. 13), de manera que aceptó el mensaje cristiano, y una vez bautizado acompañaba a Felipe. Lucas pone en relación la magia de Simón con el milagro del misionero cristiano, y esto con el fin de oponer ambos hechos; de este modo, Simón y toda la magia quedan subordinados a la actividad de Felipe, que cumple prodigios en nombre del Señor. Se subraya así que lo maravilloso es obra de la fe en Jesús.
Informados los apóstoles que permanecen en Jerusalén como el cuerpo de mayor jerarquía dentro de la Iglesia naciente y de franca mentalidad judeocristiana, envían a dos de ellos, Pedro y Juan, para que establezcan propiamente a esta comunidad samaritana mediante la imposición de manos para recibir el Espíritu Santo con los dones especiales que le solían acompañar. Simón no llegó a entender, sino parcialmente, el significado de este segundo acto apostólico; solo comprendió que este segundo bautismo era más importante que el primero y que sus administradores poseían mayor jerarquía y poder, por lo que quiso comprar el privilegio y así poder él otorgar el Espíritu Santo a quien quisiera mediante la imposición de manos. El mago sufrió una severa reprensión de parte de Pedro: «Tu dinero para tu perdición, pues pensaste que el don de Dios se puede comprar; no tienes parte en eso». Simón, aterrado por la imprecación, no se revolvió contra las palabras del apóstol, sino que le suplicó intercediera en su favor para evitar el castigo (Hch. 8:9–24). A pesar de ello, no sabemos si se arrepintió de una manera genuina. El códice D o recensión occidental añade que Simón lloró largo tiempo su pecado. De su nombre se ha derivado el término de > «simonía», esto es, el tráfico en cosas santas por intereses lucrativos.
La narración lucana sobre Simón ha dado origen a una enorme proliferación de historias. Con el tiempo, la figura de Simón fue cargándose de connotaciones que únicamente lo presentaban como prototipo del adversario de Dios y de la Iglesia. Para el tratado Kerýgmata Petru, documento de origen, en parte judeocristiano, y en parte ebionita, Simón no es otro que Pablo, el verdadero adversario de Pedro, que le sigue en todos sus viajes e imita y ridiculiza sus acciones. En los Padres de la Iglesia, Simón Mago es el padre de la herejía gnóstica (Justino Apol. 1, 26, 1–56; Ireneo, Adv. Haer. I 23, 2).
Es evidente que los Padres proyectaron sobre Simón Mago una serie de desarrollos posteriores, y que obedece, en sentido negativo, al mismo deseo de atribuir la fundación de una iglesia importante a un apóstol; en este caso, el origen de una herejía, la simoniana, nacida del Simón gnóstico, oriundo de Gittón, aldea de Samaria, cercana a Nablus, la actual Naplusa, de donde era Justino mártir, el primero en hablar de él (Justino, Apol. 1, 26; 56, 2–3; Diálogo con Trifón, 120). El texto de Hch. 8, por su parte, presenta a Simón como uno de esos «hombres divinos» que realizaban públicamente acciones prodigiosas, pero no como un personaje que se dedicara a transmitir doctrinas ocultas sobre la salvación.
El mencionado Justino dice que este Simón fue reconocido en Roma como dios en tiempos de Claudio, por lo que el pueblo romano le dedicó una estatua en la isla tiberina con la inscripción: Simoni Deo Sancto, y Justino pide al Senado que la estatua sea destruida, pues las artes de Simón se deben al diablo. Se objeta que Justino leyó mal la inscripción, que en realidad decía Semoni Sanco deo fidio, según una lápida aparecida en 1574 (“Semoni Sanco Deo Fidio sacrum Sex. Pompeius, Sp. F. Col. Mussianus Quinquennalis decus Bidentalis donum dedit”). Semo Sanco era la divinidad sabina de los juramentos.
En los Apócrifos de Pedro se cuenta que Simón viajó a Roma y gracias a sus engaños consiguió apoyos para su recién fundada religión. Simón enseñaba que él era el Padre, que anteriormente se había manifestado como Hijo en la persona de Jesús. Pedro fue enviado a Roma para neutralizar la suplantación divina de Simón. Allí tiene lugar un enfrentamiento fantasioso. Simón consigue que un muerto hable y simule haber revivido. Pedro le advierte que eso no es más que un engaño, una verdadera resurrección requiere que el muerto se levante y continúe con su vida normal. Entonces Pedro obra el milagro. Simón no se da por vencido y desafía a Pedro diciéndole que va a volar ante los ojos de los habitantes de la ciudad. Luego sube a una torre y se tira para probar su condición divina. Ante los ojos de la muchedumbre consigue volar, pero Pedro, irritado con los trucos de magia de Simón, pide a Dios que lo haga caer. Y así ocurre: Simón cae rompiéndose una pierna y quedando desautorizado ante los romanos.
Ireneo de Lyon, que tiene por fuente principal el tratado contra las herejías de Justino Mártir, dice tambien que Simón había estudiado en > Alejandría, donde adquirió y desarrolló su propio sistema gnóstico. Tenía por compañera a una tal Elena, prostituta de Tiro, rescatada por él, que decía ser su énnoia, ἔννοια, «idea primigenia» o «inteligencia divina» personificada, a través de la cual habría creado él los demás seres (Justino, Apol. 1, 26; Ireneo, Adv. Haer. 1, 23; Eusebio, Hist. Ecl. 2, 13). De acuerdo con este mito, centro de la religión simonista, al principio de los tiempos Dios tuvo su primer pensamiento llamado Énnoia o Sophia, que era una mujer, y de ella surgieron los ángeles cuando descendió a las regiones inferiores de la creación. Pero los ángeles se rebelaron contra ella por celos y crearon el mundo y lo convirtieron en su prisión, donde apresaron su cuerpo femenino. Desde entonces ella se reencarnó muchas veces, y en cada ocasión resultó humillada. Finalmente se reencarnó como Elena, una esclava y prostituta de la ciudad fenicia de Tiro. A su vez, Simón se encarnó (como Hijo) para rescatar a su Énnoia. Tras redimirla de la esclavitud, viajó con ella, proclamándose Dios (Padre) y a ella como su Paráclito, prometiendo que disolvería el mundo que los ángeles habían creado en su rebelión, pero quienes confiasen en él y en Elena regresarían con ellos a los mundos superiores.
Excavaciones realizadas en Samaría en 1933 en las ruinas de un templo, sacaron a la luz dos bajorrelieves que representan a los dos > Dióscuros, en medio de los cuales está la diosa Elena, lo que confirmaría indirectamente la presencia sincretizante de Simón con Elena. Véase GNOSTICISMO, MAGO, SAMARIA, SIMONÍA.

