Diccionario Bíblico

Siloh

Letra S

Heb. 7886 Shiloh, שִׁילה, palabra de difícil interpretación, que aparece en la bendición profética de Jacob dada en su lecho de muerte: «El cetro no será quitado de Judá, ni la vara de autoridad [mejoqeq, מֶחֹקֵק, «escriba»] de entre sus pies, hasta que venga Siloh [ad ki-yabó Shiloh, עַד כִּי־יָבֹא שִׁילה ]; y le obedecerán los pueblos» (Gn. 49:10).
Tradicionalmente, judíos y cristianos han creído que es una referencia futura al personaje conocido como el > Mesías, aunque no hay acuerdo respecto a su identidad. La LXX traduce de manera peculiar: «Un príncipe no faltará de Judá, ni un capitán de sus lomos [heos an elthe ta apokeímena autô, ἕως ἄν ἔλθῃ τὰ ἀποκείμενα αὐτῷ], hasta que todas las cosas sean puestas sobre él». El Targum de Onkelos dice: «La principalidad no será tomada de la casa de Judá, ni un escriba de los hijos de sus hijos, hasta que venga el Mesías, de quien es el reino». El Targum de Jerusalén dice: «El reino no faltará de la casa de Judá, ni expertos doctores de la ley de los hijos de sus hijos, hasta que venga el Mesías, de quien es el reino».
La aseveración de que Siloh no puede ser el sujeto, sino que debe ser el objeto en la oración, carece de base como el axioma historiológico: «que la expectación de un Mesías personal era perfectamente ajena a la época patriarcal, y que debe haber sido ajena por la misma naturaleza de esa época», con lo cual se hace a un lado la única explicación de la palabra que es gramaticalmente admisible como refiriéndose al Mesías personal, y decidiendo así, por medio de una presuposición a priori que derriba completamente el sobrenaturalmente innegable carácter profético, y desde una perspectiva que toma en cuenta la época e historia patriarcal que el patriarca Jacob debía ser capaz de profetizar. Según C.F. Keil, la expectación de un salvador no surgió por primera vez con Moisés, Josué y David, ni obtuvo su forma definida después que un hombre se hubo levantado como libertador y redentor, el líder y gobernador de toda la nación, sino que estaba presente en germen en la promesa de la simiente de la mujer (Gn. 3:15), y en la bendición de Noé sobre Sem. Se expandió aún más en las promesas de Dios a los patriarcas: «Yo te bendeciré; sé bendición, y en ti serán benditas todas las familias de la tierra», por lo cual Abraham, Isaac y Jacob (no sólo la nación que descendería de ellos) fueron elegidos como los portadores personales de esa salvación, la cual sería llevada por medio de su simiente a todas las naciones. Cuando Jacob tuvo ante sí a sus doce hijos, a los fundadores de las doce tribus de la nación, surgió la pregunta de forma natural, ¿de cuál de las doce tribus procedería el Salvador prometido? Rubén había perdido el derecho de primogenitura por su incesto, y tampoco podría pasar a Simeón o Leví por su crimen contra los siquemitas. Por lo tanto, el falleciente patriarca transfirió por su bendición y profecía, el liderazgo que pertenecía al primogénito y la bendición de la promesa a su cuarto hijo Judá, habiendo ya, por la adopción de los hijos de José, transferido a José la doble herencia asociada con el derecho por primogenitura. Judá debía llevar el cetro con coraje victorioso de león, hasta que en el futuro Siloh, la obediencia de las naciones viniera a él, y su gobierno sobre las tribus fuera expandido al pacífico gobierno del mundo.
El texto no declara expresamente que Siloh descendería de Judá, pero esto se deduce como consecuencia por el contexto, por el hecho de que, después de la descripción de Judá como un león invencible, el cese de su reinado, o la transferencia de este a otra tribu, no podría imaginarse como posible, y el pensamiento se presenta sobre la superficie, que el dominio de Judá sería perfeccionado en la aparición mesiánica de Siloh.
Así como promesas previas prepararon el camino para esta profecía, del mismo modo se aclaró más por las profecías mesiánicas subsiguientes; y estas, junto con el avance gradual hacia su cumplimiento, sitúan el significado personal de Siloh más allá de toda duda posible. En el orden del tiempo, la profecía de Balaam es la siguiente, en la que no sólo la proclamación de Jacob de la naturaleza de león de Judá es transferida a Israel como nación (Nm. 23:24, 24:9), sino la figura del cetro de Israel, el gobernador o rey procedente de Israel, que destruirá a todos sus enemigos (Nm. 24:17), es tomada verbalmente de los vv. 9, 10 de esta declaración. En las palabras de Balaam, la tribu de Judá toma su puesto detrás de la unidad de la nación. Porque aunque, tanto en el campo como en la marcha, Judá tomó el primer lugar entre las tribus (Nm. 2:2, 3, 7:12; 10:14), ese rango no fue el verdadero cumplimiento de la bendición de Jacob, sino un símbolo y promesa de su destino como campeón y gobernador de las tribus. Como campeón, incluso después de la muerte de Josué, Judá abrió el ataque por dirección divina contra los cananeos que habían quedado en la tierra (Jue. 1:1ss.) y también la guerra contra Benjamín (Jue. 20:18). También fue una señal de la futura supremacía de Judá, que el primer juez y libertador del poder de sus opresores fuera levantado a Israel de la tribu de Judá en la persona del ceneceo Otoniel (Jue. 3:9ss.). Desde ese tiempo en adelante Judá no tomó la llevó la dirección de las tribus durante varios siglos, antes se escudó en Efraín, hasta la elección de David como rey sobre todo Israel, que Judá fue levantado al rango de tribu gobernante, y recibió el cetro sobre el resto (1 Cro. 28:4) En David, Judá se fortaleció (1 Cro. 5:2), y llegó a ser un león conquistador, a quien nadie se atrevería a desafiar. Con el coraje y la fuerza de un león, David derrotó a todos sus enemigos de alrededor. Pero cuando Dios le hubo dado descanso, y él deseó construir templo, recibió una promesa por el profeta Natán de que Yahvé levantaría simiente detrás de sí, y establecería el trono de su reinado para siempre (2 Sam. 7:13ss.). La profecía de Siloh, pues, se cumplió con David, y sobre la base de este primer cumplimiento, recibió a través de Natán la promesa divina de que su cetro no se apartaría de su casa, y por lo tanto de Judá; también el comienzo de la venida de Siloh recibió su primer cumplimiento en el pacífico dominio de Salomón (cf. 1 Cro. 22:9, 10). Pero Salomón no era el verdadero Siloh. Su dominio de paz fue transitorio, como el reposo que disfrutó Israel bajo Josué en la erección del tabernáculo en Siloh (Jos. 11:23; 14:15; 21:44); además este se extendió sólo sobre Israel. No aseguró la obediencia voluntaria de las naciones; Yahvé solo le dio descanso de sus enemigos vecinos durante sus días, durante su vida.
Pero este primer e imperfecto cumplimiento sólo proveyó una garantía del completo cumplimiento en el futuro, cuando el Hijo del Rey tendrá dominio de mar a mar, y desde el río hasta los confines de la tierra, ante quien todos los reyes se postrarán, y a quien servirán todas las naciones (Sal. 72). Los profetas después de Salomón profetizaron del Príncipe de Paz, quien aumentaría su gobierno y paz sin fin sobre el trono de David, y del retoño del tronco de Isaí, a quien las naciones buscarán (Is. 9:5, 6; 11:1–10). Dinalmente, Ezequiel, cuando predecía la caída del reino davídico, profetizó que esta caída duraría hasta que viniera Él, a quien pertenecía el derecho, y a quien Yahvé se lo daría (Ezeq. 21:27). Puesto que Ezequiel en sus palabras, “hasta que venga aquel de quien es el derecho”, toma, como es generalmente admitido, la “hasta que Siloh venga”, y la expande aún más lejos en armonía con el propósito de su anuncio, más especialmente de Sal. 72:1–5, donde la justicia y el juicio son mencionados como los fundamentos de la paz que el Hijo del Rey traerá; no sólo confirma lo correcto de lo personal y mesiánico de la explicación de la palabra Siloh, sino demuestra que la profecía de Jacob del cetro que no pasaría de Judá hasta que Siloh viniera, no excluyó una pérdida de poder temporal. De este modo, todas las profecías y todas las promesas de Dios, de hecho, son cumplidas, no como para excluir el castigo de los pecados del elegido, y no obstante, a pesar de ese castigo, certera y completamente alcanzan su último cumplimiento. Y de ese modo, el reino de Judá surgió de su derrota temporal a una nueva e imperecedera gloria en Cristo Jesús (Heb. 7:14), que conquista a todos sus enemigos como el León de la tribu de Judá (Ap. 5:5), y reina como el verdadero Príncipe de Paz, como «nuestra paz» (Ef. 2:4), por siempre y para siempre (1 Cro. 15:25s.).