Diccionario Bíblico
SIEMBRA, SEMBRAR
Letra S
Heb. verb. 2232 zará, זרע, lit. «esparcir la simiente, sembrar»; sust. 2233 zera, זֶרַע = «tiempo de siembra»; gr. 4687 speíro, σπείρω = «sembrar semilla». En las sociedades agrícolas la siembra tenía una gran importancia, por eso en el relato de la creación figura como una bendición primordial: «Os he dado toda planta que da semilla que está sobre la superficie de toda la tierra, y todo árbol cuyo fruto lleva semilla; ellos os servirán de alimento» (Gn. 1:29). Las dos principales clases de granos que se cultivaba en la antigua Palestina eran trigo y cebada; en una ocasión se menciona el mijo (Ez. 4:9). El labrador, por lo regular, lleva la semilla a su campo en un saco grande, sobre un asno; después, llena con ella la bolsa de cuero que lleva bajo el brazo. Por regla general, la semilla se esparce en todo lo ancho del terreno, y luego se cubre por medio del arado; a menudo, el sembrador camina a lo largo del terreno esparciendo semilla, y luego uno de la familia o algún sirviente le sigue directamente con el arado.
Los campos de grano dependen grandemente de la lluvia para su fertilidad. Pero no llueve de mayo a septiembre. La «primera lluvia» de que se habla en las Escrituras cae en la última quincena de octubre o a principios de noviembre, y por lo regular es la señal para que el agricultor comience a arar sus tierras y plantar la semilla. Las llamadas «lluvias tardías» ordinariamente caen de marzo a abril, y son muy valiosas para la madurez de las cosechas de cebada y trigo. Las fuertes lluvias de invierno vienen en la última quincena de diciembre y duran los meses de enero y febrero (Joel 2:23).
Además de la común referencia a este acto agrícola, la siembra se usa de manera figurada respecto a Yahvé y su pueblo (Os. 2:23; Jer. 31:27). En el NT es una figura muy expresiva de la dispersión del Evangelio, como en la parábola del sembrador, explicada por el mismo Señor Jesús en este sentido. Cuando Jesucristo llegó a Israel, no encontró fruto, y él mismo vino a ser el Sembrador, esparciendo la buena semilla, que cayó sobre distintos tipos de tierra, y con varios resultados. A pesar de la influencia de Satanás, que trataba de impedir que las semillas arraigasen, algunas cayeron sobre buena tierra, dando fruto como resultado (Mt. 13:3–43). En el Evangelio según San Juan se aplica esta figura a la muerte de Cristo como siembra de vida eterna: «De cierto, de cierto os digo que a menos que el grano de trigo caiga en la tierra y muera, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto» (Jn. 12:24).
La siembra es también una hermosa figura simbólica de la resurrección del cuerpo. El cristiano que duerme en el Señor es sembrado cuerpo natural, en corrupción, deshonra y debilidad, pero resucitará cuerpo espiritual, en incorrupción, gloria y poder (1 Cor. 15:36–44).
Por analogía, la siembra, en su proceso de plantación, germinación y cosecha, sirve para ilustrar las consecuencias de los actos humanos según la ley inmutable de la naturaleza: «No os engañéis; Dios no puede ser burlado. Todo lo que el hombre siembre, eso mismo cosechará» (Gal. 6:7). «Quien siembra la injusticia recoge el infortunio» (Prov. 22:8; cf. 2 Pd. 2:13); hacer siembra de justicia es recoger una cosecha de bondad (Os. 10:12s). «El que siembra justicia tendrá verdadera recompensa» (Prov. 11:18; cf. 2 Cor. 9:6). Todo esto se resume en un principio religioso: «Dios da a cada uno el fruto de sus obras» (Jer. 17:10; cf. Mt 16:27; Ro 2:6). Véase AGRICULTURA, CEREALES, SIEGA, SIMIENTE.

