Diccionario Bíblico

SHEOL

Letra S

Heb. 7585 sheol, שְׁאֹול, nombre dado al «mundo de los muertos»; Sept. y NT hades, ᾅδης, lo «invisible»; Vulg. infernus.
Para los hebreos, el sheol designa el «mas allá» de la vida, el lugar de los espíritus de los difuntos, la morada de los muertos. Aparece 66 veces en el AT, sobre todo en los Salmos, Job y Proverbios. La Reina-Valera lo traduce «infierno» 11 veces; «sepulcro», 30; «sepultura», 13; «abismo», 3; «profundo», 4; «fosa», 2, y «hoyo», 1 vez. Deriva de shaal, שׁאל = «preguntar» o «buscar», y se supone que tiene el mismo significado que el orcus rapax de los latinos, el «Sheol insaciable» de Prov. 27:20 y 30:15–16. De todos modos, la etimología es dudosa, y no se puede obtener ayuda de los términos cognados de las lenguas semitas, porque aunque se constatan en sirio y etíope, su uso es demasiado indeterminado para dar con la pista de su origen, de modo que el significado ha de determinarse por el uso contextual de los pasajes en que aparece. La primera vez que se menciona es en Gn. 37:35, cuando el afligido Jacob dice: «Enlutado descenderé hasta mi hijo, al Sheol [sheolah, שְׁאֹלָה ]», cuyo sig. es «tumba». Más difícil es Nm. 16:30, cuando Moisés declara que Coré y sus compañeros descenderán «vivos al Sheol [sheolah, שְׁאֹלָה ]», y el v. 33 describe el cumplimiento de la profecía: «Ellos con todo lo que tenían descendieron vivos al Seol. La tierra los cubrió, y perecieron en medio de la asamblea». Pero en Dt. 32:22, la palabra sheol denota el «mundo subterráneo»: «Porque fuego se ha encendido en mi furor y arderá hasta el fondo del Sheol [sheol tejithith, שְׁאוֹל תְּחִתִית ]». Es como si en el castigo de Coré el sheol denotara simplemente el interior de la tierra, sin referencia a nada más de lo que allá pueda ocurrir.
En 2 Sam. 22:6 se dice: «Me rodearon las ligaduras del Sheol [jeblé sheol, חֶבְלֵי שְׁאוֹל ]; me confrontaron los lazos de la muerte [moqeshé maweth, מֹוקְשֵׁי מָוֶת ]», paralelismo poético que hace referencia a la antigua creencia en el > abismo oscuro que hay debajo de la tierra, adonde van los espíritus de los difuntos, pero no necesariamente un lugar de sufrimiento (cf. Job 11:8; 26:5, 6). El Sheol, pues, es el lugar al que se dirijen todos los muertos, bienaventurados o no (Ecl. 9:3, 10). El patriarca que moría era «unido a su pueblo» (Gn. 25:8). Samuel afirma a Saúl y a sus hijos que al día siguiente ellos estarían donde él se encontraba (1 Sam. 28:19). David, llorando a su hijo, dijo que él se reuniría con su pequeño (2 Sam. 12:23); al morir, el rey «durmió con sus padres» (1 R. 2:10). Se habla de «descender al Sheol», como si estuviera cerca de la tumba o como si los cuerpos fueran depositados allí (Nm. 16:30–33; Ez. 31:17; Am. 9:2; cf. Ef. 4:9).
El Sheol es considerado en el AT como lugar de olvido y de reposo (Job 3:13–19). En Eclesiastés, donde se contempla la realidad desde la perspectiva de «debajo del sol», todo vuelve al polvo, tanto el hombre como la bestia (Ecl. 3:19–21); los muertos nada saben, nada poseen ni ninguna obra hacen, y no tienen ya parte en nada de lo que se hace bajo el sol (Ecl. 5:14), aunque siguen existiendo (Ecl. 11:9; 12:7, 14). Los impíos mantienen su personalidad en el Sheol, pero se excluye cualquier idea de tormento (Is. 14:9–10; ex. 32:21–31). El Sheol está abierto y expuesto a la mirada de Dios (Job 26:6; Prov. 15:1), y su misma presencia se hace sentir a los suyos (Sal. 139:8). Los creyentes del AT tenían además la certeza de la gloria futura y de la resurrección del cuerpo (Job 19:25–27; Sal. 16:8–11; 17:15; 49:14–16; 73:24–26; Dan. 12:2–3). El arrebatamiento de Enoc y de Elías (Gn. 5:24; 2 R. 2:11) confirma esta idea. En el NT, además, el Señor presenta unos incidentes del AT que muestran la fe de los antiguos en el más allá (Mt. 22:31–32; Lc. 20:38).
En el período precedente a la primera venida de Cristo, los judíos distinguían dos partes en el Sheol: una, reservada a los impíos, atormentados desde el momento de su partida de este mundo; la otra, destinada a los bienaventurados, y llamada > «paraíso» o > «seno de Abraham».
El mismo Jesús empleó estas expresiones y dio notables precisiones acerca de la morada de los muertos (Lc. 16:19–31). Desde su partida de este mundo, el creyente goza de consuelo y reposo. Este es el «paraíso» prometido al ladrón en la cruz el mismo día de su muerte (Lc. 23:43). En cambio, el impío, en plena posesión de sus facultades y memoria, sufre en un lugar del que no puede salir. Este lugar de tormento es un encarcelamiento previo: espera allí la resurrección de los impíos, el Juicio Final y la reclusión eterna que tendrá lugar en el infierno.
Según la profecía, el cuerpo del Señor Jesús no fue dejado en el Sheol (Sal. 16:8–11), por cuanto era imposible que fuera retenido por los lazos de la muerte (Hch. 2:24). Salido de la tumba, «subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres» (Ef. 4:8–10). Algunos comentaristas creen que, en su glorificación, Cristo liberó del Sheol a los muertos creyentes, y los llevó con él al cielo mismo. El hecho es que desde entonces todos los que mueren en la fe, en lugar de descender a la morada de los muertos, van directamente a la presencia del Señor. Así, Pablo prefiere partir y estar con Cristo, lo cual es mucho mejor (Fil. 1:21–24; cf. 2 Cor. 5:6–8). La muerte viene a ser para nosotros «ganancia»; de hecho, deja de ser muerte como tal (Jn. 11:25).
Siendo que el Sheol, o morada de los muertos, no es nada más que algo provisional, dejará de existir en el momento del Juicio Final. Entonces será echado «en el lago de fuego». Junto con aquellos muertos impíos en su seno, es, por así decirlo, derramado en el infierno eterno que tendrá entonces su comienzo (Ap. 20:13–14). Véase HADES, INFIERNO.