Diccionario Bíblico
Seudonimia
Letra S
Práctica de escribir una obra literaria bajo el nombre de otro, a la cual se recurría con frecuencia en el judaísmo rabínico. Se le denominaba también seudoepigrafía. Con ella se pretendía atribuir la obra de uno a la pluma de un personaje célebre de antaño.
Así floreció el género → Apocalíptico, con visiones y viajes celestiales atribuidos a Enoc, Moisés, Esdras, etc., ya muertos desde hacía siglos; y el género de los «testamentos» (→ Apócrifos) de tipo sapiencial. Esta ficción literaria era un engaño para los contemporáneos; como prácticamente estaba cerrado el → Canon, los autores intentaban mostrar autoridad.
También existía la costumbre de aprovechar la reputación de un maestro o profeta para dar a conocer obras escritas por sus discípulos u otros herederos de su → Tradición. En la antigüedad, muchas veces la tradición oral se propagaba anónimamente (→ Evangelios), de manera que su atribución al personaje que la inspiraba, que sería una especie de seudominia, puede considerarse un término medio entre el anonimato y la propiedad literaria. Esta última, por supuesto, es un concepto reciente; el término «autor» no se comprendía siempre en el sentido estricto en que lo entendemos hoy.
Antes de considerar seudónima una obra, conviene preguntar qué grado de participación tuvo en ella la persona bajo cuyo nombre se ha conservado, y si fue directa, como en el caso de las grandes epístolas paulinas; si dejó bastante campo a la iniciativa de un secretario-redactor, como se podría pensar de → 1 Pedro o incluso de las → Cartas Pastorales; o si su participación fue todavía menos notable, como algunos sugieren sea el caso de → Mateo o de → 2 Pedro.
Todos reconocen que la seudonimia es un fenómeno común en los escritos extracanónicos como La ascensión de Isaías, Testamentos de los patriarcas, y los numerosos evangelios, hechos, cartas y apocalipsis apócrifos (→ Apócrifos del Nuevo Testamento, Libros). Muchos de estos tienen un fin propagandista, como la divulgación de doctrinas gnósticas, o el fomento de prácticas nuevas (por ejemplo, la práctica de permitir que las mujeres bauticen citada en los Hechos de Pablo), y es evidente que sin el patrocinio de una figura famosa nadie les hubiera prestado mucha atención, porque, en todo caso, carecen más o menos obviamente de → Inspiración.
La cuestión más controvertida, sin embargo, es si existe o no la seudonimia dentro del canon. ¿Escribió → Isaías todos los oráculos que aparecen en su profecía? ¿Fue → Juan mismo o algún discípulo suyo que se identificó como el discípulo amado el que agregó el capítulo 21 a su Evangelio (vv. 20–24)? ¿Escribió en realidad Salomón las obras sapienciales que la tradición le atribuye? (→ Proverbios; Eclesiastés; Cantares). ¿Cuál fue la relación entre el → Daniel histórico, o Santiago de Jerusalén, y el libro que lleva su nombre? ¿Es Efesios una carta seudopaulina?
La respuesta a estas preguntas y a otras parecidas es muy discutida. Dependerá en parte de nuestra evaluación de la → Tradición rabínica o eclesiástica y en parte de nuestra apreciación de los datos internos de los libros en cuestión. También está involucrado el aspecto moral: ¿aceptó a sabiendas la iglesia un «fraude piadoso» como una obra autoritativa? En todas estas cuestiones de definir la paternidad literaria, el género literario y la situación vital de la producción del libro, conviene no juzgar meramente según los criterios del siglo XX. De una cosa podemos tener seguridad: que Dios no ha usado un engaño intencional en la comunicación de su verdad.

