Diccionario Bíblico

SEPULTAR, ENTERRAR

Letra S

Heb. 6912 qabar, קבר = «enterrar, dar sepultura»; gr. 1779 entaphiazo, ἐνταφιάζω, preparar un cuerpo para la sepultura (Mt. 26:12; Jn. 19:40); 2290 thapto, θάπτω = «sepultar» (Lc. 16:22; Hch. 2:29; 5:6, 9, 10; 1 Co. 15:4); 4916 synthapto, συνθάπτω = «sepultar con», o «juntamente», se utiliza solo en sentido metafórico de la identificación del creyente con Cristo en su sepultura, tal como es expuesta en el bautismo (Ro. 6:4; Col. 2:12).
En la antigüedad, enterrar dignamente a un difunto figura entre las preocupaciones más acuciantes y el acto más apreciado que se podía hacer respecto a él. Quedar sin sepultura era señal de maldición o desgracia (cf. Dt. 28:26; Ecl. 6:3). La fórmula de maldición rezaba así: «Que la tierra no reciba sus cadáveres», lo cual indica la importancia que se atribuía al enterramiento digno. Los profetas usaban fórmulas parecidas para señalar el juicio de Dios hacia algunas personas (cf. Jer. 22:19). Los habitantes de Jabes de Galaad fueron alabados por haber sepultado los huesos de Saúl (2 Sam. 2:4–5).
El entierro en Oriente se efectuaba muy pronto, habitualmente el mismo día del fallecimiento, debido al calor del clima y a la creencia de que el espíritu del difunto rondaba cerca del cuerpo durante tres días después de muerto. Tan pronto sobrevenía la muerte, los amigos se precipitaban en la casa, lanzando grandes gritos, especialmente las mujeres (Mc. 5:38); incluso se alquilaban > plañideras para que contribuyeran con sus lamentos a resaltar el dolor y la pena (Jer. 9:17). La función de las plañideras consistía en convencer al difunto de lo profundo de la pena sentida por su pérdida.
Geralmente, el cuerpo era primero lavado (Hch. 9:37), después envuelto en un lienzo o atado con vendas (Mt. 27:59; Jn. 11:44). Los ricos añadían perfumes y especias (Jn. 12:7; 19:39), que en ocasiones se quemaban (Jer. 34:5). Un paño usado en vida en la cabeza para el sudor era también utilizado para envolver la cabeza del difunto (Jn. 11:44; 2:7). El cuerpo era depositado en una cueva o en un sepulcro cavado horizontalmente en la roca (Gn. 25:9, 10; Mt. 27:60; 2 Sam. 3:31; Lc. 7:14). En la actualidad subsisten millares de tumbas excavadas en las rocas en la tierra de Palestina. Tales tumbas fueron excavadas por los ricos. No estando en condiciones de proporcionar tal tumba, los pobres enterraban a sus muertos en fosas cavadas en la tierra, o como en el caso de > Débora, nodriza de Rebeca, que fue enterrada bajo una encina en Betel (Gn. 35:8). Las grutas naturales eran algunas veces usadas, como en el caso de la cueva de Macpela, donde Abraham, Sara, Isaac, Rebeca, Lea y Jacob fueron sepultados (en. 49:31; 50:13). En las vecindades de la antigua > Gádara (Luc. 8:27), existen muchas tumbas actualmente, cavadas en la roca, lo que recuerda la experiencia de Jesús cuando se encontró a los endemoniados que vivían en sepulcros.
Cuando tenían medios para procurárselo, las familias tenían su propio sepulcro, algunos de los cuales tenían dos o tres cámaras cuyo acceso común era tapado por una gran roca. Aparentemente, en un sepulcro de este tipo enterraron a Eliseo (2 R. 13:20–21) y a Lázaro (Jn. 11:38–39). Gedeón fue sepultado en el sepulcro de Joás su padre (Jue. 8:32). Los cadáveres podían ser dejados en un compartimento por un tiempo y cuando moría otra persona se removía la roca, se tomaban los huesos y se colocaban en un nicho practicado en la pared de la tumba, o en el piso, introduciéndose entonces el cuerpo del recien fallecido.
Solo los profetas y los reyes eran sepultados dentro de los límites de la ciudad, como Samuel, que fue enterrado en su casa en Ramá (1 Sam. 25:1), y David (1 R. 2:10). El cementerio de los pobres estaba localizado fuera de Jerusalén (2 R. 23:6). Muchas de las villas tenían cementerios fuera de sus límites, como por ejemplo Naín, donde Jesús revivió al hijo de la viuda (Lc. 7:11–17).
También era costumbre el ayuno familiar hasta el momento del entierro. Entonces, después del funeral, se ofrecía pan y vino como un consuelo. Esta era llamada una fiesta de lamentos, que tenía como propósito consolar a los dolientes. «Ni por ellos partirán pan por luto, para consolarlos de sus muertos; ni les darán a beber vaso de consolaciones por su padre o por su madre» (Jer. 16:7). Con ello se ponía fin al período de la más profunda tristeza y rígido ayuno.
Hallazgos arqueológicos indican que junto al cadáver se depositaban algunos utensilios y adornos. Véase DUELO, FUNERAL, MUERTE, TUMBA.