Diccionario Bíblico
SED
Letra S
Heb. 6770 tsamé, צמא = «tener sed»; 1373 dipsos, δίψος = «sed»; del vb. 1372 dipsao, διψάω = «tener sed». Dolorosa sensación coporal ocasionada por la ausencia de líquido en el estómago.
En las tierras atormentadas por la sequía, la gente conoce bien el sufrimiento de la sed. De hecho, aparece con frecuencia en la Biblia. Ya desde la época del nomadismo, los pozos eran un tesoro para los clanes de pastores, y con frecuencia su posesión era causa de disputas sangrientas, como sucede con los beduinos del desierto (Gn. 21:25ss; Nm. 20:17; 21:16).
La sed aparece en la historia de > Agar e Ismael (Gn. 21:15–19), en la peregrinación del pueblo de Israel por el desierto (Ex. 17:1; Sal. 78:20; 106:32; Sab. 11:4–9), en las andanzas de Sansón (Jue. 15:18), de Rut (2:9) y de David (2 Sam. 17:29; 23:15), entre otros. En los asedios era la sed lo que rendía a los sitiados (Jdt. 7:1–17; 2 Cro. 32:11; Lam. 4:4).
En los profetas, la sed es la contrapartida negativa y desastrosa de las prosperidad que simbolizan las aguas corrientes. La tierra sedienta es tierra desolada y huérfana de la bendición de Dios (Is. 35:7; 44:3; 48:21; 9:10; 65:13; Ex. 19:13; Am. 8:12; Os. 2:5; Joel 1:20). Dar de beber al sediento es obra de misericordia agradable a Dios (Is. 21:14; 32:6; Prov. 25:21). «Dar de beber al sediento», como una de las expresiones de la caridad cristiana, decidirá la suerte de los hombres en el juicio final (Mt. 25:35; Ro. 12:20).
«Tengo sed» (Jn. 19:28–30), dijo Jesús colgado de la cruz cuando estaba agotado, deshidratado como resultado de los terribles sufrimientos provocados por la corona de espinas en la cabeza, las llagas de los azotes en la espalda y la tensión por los clavos en brazos y pies. Independientemente de que su organismo le exigiera agua para beber, Jesús expresó esa necesidad para dar cumplimiento a las profecías: «Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba consumado, dijo, para que la Escritura se cumpliese» (v. 28, cf. Sal. 69:21). A continuación, entregó su espíritu y, una vez muerto, un soldado lo traspasó con su lanza, brotando de su costado sangre y agua. Sangre que es la donación que Jesús hace en la cruz, que por amor a todos los hombres se entrega, y agua que simboliza la nueva vida en el Espíritu.
Ya que la sensación de sed es acompañada por un fuerte deseo, se utiliza muy a menudo como figura retórica para expresar un deseo vehemente, ya en sentido moral, ya mental. Cuando el profeta advierte: «Evita que tus pies anden descalzos y que tu garganta tenga sed» (Jer. 2:25), está exhortando contra el deseo de cometer pecado y ser indulgente con él. Quizá el texto más famoso respecto a la sed en sentido espiritual es, en el AT, el Sal. 42:2: «Mi alma tiene sed de Dios»; y en el NT, Mt. 5:6: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados».
Jesucristo se presenta a sí mismo como la fuente de agua viva que sacia a los sedientos que se acercan a él, es decir, a los que tienen fe. Primero se lo revela a una mujer samaritana; después, en otra ocasión, al finalizar la fiesta de las tiendas, en Jerusalén, cuando promete a los que crean en él: «Como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva», referencia a la promesa del Espíritu Santo (cf. Jn. 4:14; 7:37; 6:35; Ap. 21:6; 22:17). Véase AGUA, CRUZ, ESPÍRITU SANTO, FUENTE, VIDA.

