Diccionario Bíblico

SAMARITANA

Letra S

Gr. gyné ek tes Samareías, γυνή ἐκ τῆς Σαμαρείας = mujer de Samaria» (Jn. 4:7).
Mujer que se encontró con Jesús cuando este estaba sentado junto al pozo de Jacob. No se dice su nombre, y extrañamente no llega al pozo acompañada de otras mujeres: lo hace, no en la mañana ni al atardecer, sino al mediodía (hora sexta), cuando nadie solía ir a buscar agua debido al calor existente. Jesús le pide de beber e inicia así un diálogo con ella. La mujer se sorprende de que un judío se dirija a ella, pues los judíos menospreciaban a los samaritanos como malos israelitas. Esta escena es exclusiva del cuarto Evangelio, no existe ninguna narración semejante en los Sinópticos, al contrario: en estos Jesús se muestra reacio a que sus discípulos proclamen el Reino entre los samaritanos (Mt. 10:5). En Lucas, los samaritanos no quieren recibir a Jesús (Lc. 9:52–55). La explicación hay que buscarla en los orígenes de la comunidad del Discípulo Amado (de mediados de los años cincuenta hasta los ochenta). En esta primera fase aparece un primer grupo constituido por judíos (algunos de ellos discípulos de Juan el Bautista) que creyeron en Jesús como el Mesías davídico; y un segundo grupo compuesto por judíos que se manifestaban en oposición al culto del Templo y que aceptaban algunos elementos del pensamiento samaritano, y también por algunos samaritanos convertidos.
El relato de la mujer samaritana se inscribe en un contexto bien significativo. En primer lugar aparecen los judíos (2:18–20), incapaces de captar el significado profundo de la actuación de Jesús en el Templo, y que se niegan a creer en él. En segundo lugar aparece la figura de > Nicodemo, que ciertamente no entiende a Jesús (3:10). Su fe necesita todavía madurar. En tercer lugar, la samaritana, que representa un paso más en el camino de la fe. Aún no confiesa a Jesús como el «Hijo del Dios vivo»; no obstante, acoge su Palabra, se deja interrogar: «¿será el Mesías?» (4:29), y se dispone a anunciarlo: «vengan a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho» (4:29).
El relato de la samaritana gira en torno a la declaración de Jesús en 4:10: «si conocieras el don de Dios…». En el diálogo establecido con la mujer, va revelándose a sí mismo como ese don, que lleva a la salvación a quien cree en él.
Se trata de una prostituta (4:18), es decir, una mujer marginada por la sociedad de su tiempo en razón de su condición de pecadora pública. Samaritana de nacimiento (4:7), sufre discriminación en relación con los judíos por pertenecer a un pueblo de herejes (4:9). Por lo tanto, se trata de una mujer cuatro veces marginada: por su condición de mujer, por su forma de vivir, por el grupo cultural al que pertenece y por la religión que profesa. Jesús la ennoblece haciéndola protagonista de sus enseñanzas de salvación y eligiéndola como portadora del mensaje salvífico para su pueblo. La misión entre los samaritanos se debe en primer lugar a ella (4:39), que siembra la semilla que otros cosecharán posteriormente (4:34–38). «En el Evangelio de Juan la construcción de la Iglesia universal no tiene como protagonistas exclusivos a varones, sino que este servicio es compartido asimismo por mujeres concretas» (M. Elisa Estévez).
Cuando los discípulos, de regreso de buscar alimentos en la aldea vecina, encuentran a Jesús sentado en el pozo hablando con una mujer de Samaria, «se sorprendieron de que hablara con una mujer». También para los primeros seguidores de Jesús la samaritana era alguien sin importancia, simplemente una mujer, y además miembro de una nación impura, apóstata. Los discípulos representan los prejuicios de la comunidad judeocristiana, tan reticentes a la hora de saltar por encima de sus propias barreras religioso-culturales. Pero, por decisión de Jesús, la samaritana se convierte en portadora de un mensaje de salvación que rompe con los límites impuestos por el judaísmo: «vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar» (4:20). La respuesta de Jesús muestra un espacio de libertad que no está limitado a ninguna manifestación espacio-temporal: «la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre» (4:21). Jesús no le impone el culto de Jerusalén, más bien asume todo lo que hay de espíritu y verdad en ella, para llevarla a un culto de profundidad insospechada. A partir de Jesús, la realidad del > Espíritu será el elemento y el espacio vital de todos los creyentes (4:23). También los samaritanos recibirán el don del Espíritu y creerán por si mismos que Jesús es «de verdad el Salvador del mundo» (4:42). Véase JUAN, Evangelio de, SAMARITANOS.