Diccionario Bíblico

SALOMÓN, Testamento de

Letra S

Pseudoepígrafo no tan tardío ni tan temprano como algunos eruditos han señalado. En términos generales, se puede observar que pertenece en parte al siglo III a.C., pero muestra añadidos que integran una recopilación final del siglo I d.C. Hay muchos elementos del texto que sugieren un origen egipcio. En todo caso, se trata de una composición de origen judío que fue reelaborada por cristianos. De este modo, se observan pasajes que se vinculan a la cruz y el nacimiento de una Virgen (secciones 54, 65, y 122).
El Testamento de Salomón contiene 130 secciones, o 26 capítulos (considerando las recensiones más prolongadas). Se lo llama Testamento porque se sugiere que Salomón lo compuso para un lector que debía orar y prestar especial atención a “las últimas cosas” (66–15:13, a fin de que los hijos de Israel supieran de los poderes y formas de los demonios, y de los nombres de los ángeles que tienen poder sobre ellos).
El texto dice que para que el rey Salomón pudiera construir el Templo de Jerusalén debió combatir demonios y emplear sus habilidades por medio de un anillo y un sello que le fueron dados por el arcángel Miguel. La grandeza de Salomón es reconocida por una visita de la reina del Sur, que era una bruja, y por una carta del rey de los árabes. Consigue construir el Templo para solo caer en la idolatría debido a su lujuria por una joven sunamita. Es interesante poder vincular esta obra con el Rollo del Templo de Qumrán.
Hay una referencia curiosa al número 644, conectado al nombre Emmanuel en el manuscrito P de 6:8, que indica la respuesta a la pregunta de Salomón acerca de un ángel que frustra a Beelzebul con “el nombre sagrado y precioso del Dios Todopoderoso”. El autor, por lo tanto, ha de ser un judeocristiano cuya fe es una mezcla sincrética de muy diversos elementos, en los que predomina el interés por lo mágico sobre lo teológico. La obra final fue escrita en griego: la redacción final de la obra (conocida) está datada en torno al 450 d.C.
El libro se cierra con la confesión de lujuria del monarca y su amor por las mujeres y, en consecuencia, la pérdida del espíritu divino. Al final de su vida, empero, reúne en este Testamento sus conocimientos demonológicos para el uso de generaciones futuras.