Diccionario Bíblico
PTOLEMAICA, Dinastía
Letra P
Así llamada por su fundador, Ptolomeo, un general de > Alejandro Magno, y que gobernó Egipto durante el Período Helenístico, desde la muerte de Alejandro hasta el año 30 a.C.
1. Historia.
2. Relación con los judíos.
I. HISTORIA. Ptolomeo I (305–285 a.C.), hijo de Lagos (por lo que también se conoce como Dinastía Lágida), se coronó faraón en el año 305 con el nombre de Ptolomeo I Sóter, «salvador». Así se inicia en el Egipto faraónico el gobierno de una dinastía extranjera, de origen macedónico, que se extinguirá tras la muerte de Cleopatra VII, en el año 30 a.C. Egipto era el más rico, aunque no el mayor, de los reinos helenísticos. Ptolomeo estableció su capital en > Alejandría, que llegó a ser una gran ciudad en aquella época y uno de los grandes centros comerciales e intelectuales de la antigüedad, y en la que construyó el Museo y la Biblioteca. Anexionó a Egipto tierras circundantes para abrir su reino al Mediterráneo. Introdujo la moneda griega, atrajo a pobladores helenos, y procuró retener a sus mercenarios otorgándoles tierras y dominios. Inauguró una política de colaboración entre griegos e indígenas proponiendo un nuevo dios, Serapis. Egipto prosperó bajo su mandato y el de sus sucesores; se convirtió en el granero de Occidente; exportaba cereales y se compraba lo menos posible a los países extranjeros. La exportación de cereales hacía mantener muy alta su economía y engrosar el erario con abundancia de dinero y metales preciosos. La necesidad de acumular tanta riqueza en moneda era debido a que la defensa del territorio se basaba en el empleo de mercenarios a los que había que pagar. Por esta razón, los Ptolomeos se esforzaron en cuidar su agricultara y en incrementar la red de regadíos en las tierras donde no llegara la inundación anual del Nilo. De esta forma consiguieron dos cosechas anuales.
Ptolomeo II Filadelfos (283–246) desarrolló al máximo el Museo y la Biblioteca e hizo de su corte un centro inigualable de atracción intelectual. Reformó la administración y explotó intensivamente los recursos del país mediante monopolios y una fiscalidad exigente. Ptolomeo III Evérgetes (246–221) aumentó el número de volúmenes de la Biblioteca y encargó a Eratóstenes que se hiciera cargo de ella. Su sucesor, Tolomeo IV Filopátor (221–205) fue un monarca débil, amante del lujo, que dejó el gobierno en manos de sus ministros y favoritos. Amenazado por el seléucida Antíoco III, reclutó indígenas egipcios por vez primera, que ocasionalmente se sublevaron, conscientes ahora de su fuerza, aunque ninguna rebelión revistiera especial gravedad. Tolomeo V Epífanes (205–180) le sucedió siendo un niño de cinco años. Antíoco III aprovechó la ocasión y derrotó a los ejércitos egipcios; se anexionó toda Siria, incluida Judea, que de este modo, tras experimentar durante un siglo y cuarto la moderada dominación ptolemaica, se encontró bajo lo que iba a ser el dominio mucho más duro de los Seleúcidas. Con motivo de la celebración de la mayoría de edad de Ptolomeo V, una proclamación rutinaria en su honor quedó grabada en griego y en dos modalidades de egipcio en un trozo de basalto negro. Esta inscripción, la Piedra de la Rosetta, se convirtió dos mil años después en la clave para el conocimiento de la historia antigua de Egipto.
A la muerte temprana de Ptolomeo V comienza un largo período de decadencia, con una economía a la baja, contiendas políticas y frecuentes revueltas de nativos del Alto Egipto, que habían comenzado en el reinado de Ptolomeo IV. Su último gobernante fue Cleopatra VII. Tras su muerte y la de su hijo Cesarión, la dinastía desapareció y Egipto fue anexionado al Imperio Romano después de la victoria de > Augusto en la batalla de Accio (31 a.C.).
Los Ptolomeos se consideraron continuadores de los faraones y respetaron la iconografía, el arte y la cultura egipcias, construyendo templos y desarrollando el culto a los animales, tradicional en la religión del país, para lo que edificaron ciudades mortuorias a donde se llevaban los animales momificados, convertidas en centros de peregrinación. Pero por encima de todo, conservaron la cultura y el idioma griego. Solo Cleopatra VII Filópator aprendió y habló la lengua egipcia. La educación era puramente griega. El Consejo estaba constituido por griegos; el ejército se componía de mercenarios macedonios y griegos, y la corte del rey estaba formada igualmente por funcionarios griegos: guardias, escanciadores, jefes de cocina, escuderos, etc. Llevaron además una política de asentamiento para los soldados extranjeros, a cambio de la prestación del servicio militar. Hubo asentamientos griegos en muchas zonas del país.
La dinastía adoptó el matrimonio entre hermanos. Ptolomeo II se casó con su hermana Arsínoe (de ahí su epíteto de Philadelphos, transcrito en castellano como Filadelfos, o «amante de su hermana»), e intentó dar una imagen de armonía familiar, como se refleja en los nombres y títulos de los reyes: Philopátor, en castellano Filopátor = «amante de su padre», Philométor, en nuestro idioma Filométor = «amante de su madre» (aunque el que lo llevó ordenó matar a su madre y a su hermana), pero en realidad, a partir de Ptolomeo IV, surgieron en el seno de la dinastía una serie de intrigas y asesinatos, como medio de alcanzar el poder.
La traducción del AT al griego, conocida por Septuaginta, fue emprendida, como se ha dicho, bajo el reinado de Ptolomeo II. En Dn. 11:17 se cree ver una alusión al matrimonio de Ptolomeo V con Cleopatra, hija de Antíoco el Grande, de la dinastía de los Seléucidas. En Dn. 11:25–30 se cree que se trata más en particular de Ptolomeo VI (181–145 a.C.) y de su hermano Fiscón, Ptolomeo VIII (182–116 a.C.), quien se proclamó faraón en 144 a.C. Fiscón se vengó de los judíos e intelectuales de Alejandría que se habían opuesto a su coronación, ordenando purgas y expulsiones masivas que incluyeron a personajes como Aristarco de Samotracia y Apolodoro.
II. RELACIÓN CON LOS JUDÍOS. Al morir Alejandro, Palestina fue atribuida en principio a Ptolomeo Lagos, y comprendía Judea, Samaroa, Galilea y una parte de Siria disputada por Seleuco, que se había adueñado de Mesopotamia y Siria. El país se conviritó así en fuente de discordia entre ambas potencias y motivo de la interminable serie de conflictos bélicos conocidos como “guerras sirias” (entre gerecoegipcios y sirogriegos, es decir, sucesores de Ptolomeo y Seleuco). En un primer momento es Ptolomeo quien prevalece, asegurando el dominio de Palestina y Fenicia durante un siglo.
Ptolomeo I deportó algunos judíos a Alejandría, en donde llegarían a formar una colonia importante, no solo por su número, sino además por su riqueza comercial e intelectual. Durante el reinado de su sucesor, Ptolomeo II, el bibliotecario real propuso al monarca la traducción de la Ley judía para enriquecer con ella la Biblioteca. El rey accedió y ordenó escribir al sumo sacerdote de Jerusalén pidiéndole el envío de personas calificadas para que, como huéspedes del rey, vertieran allí mismo, en Egipto, las Escrituras al griego. La respuesta del sumo sacerdote fue afirmativa. Inmediatamente envió a Alejandría 72 varones expertos en ambas lenguas. El rey los acogió con amabilidad, pero los sometió a una serie de pruebas para quedar seguro de su competencia traductora y de su sabiduría en general, de las que salieron airosos. El rey, entonces, ordenó congregar a los 72 varones en un lugar apartado, probablemente la isla de Faros, aislados del mundo. Allí hicieron una traducción colectiva que se concluyó precisamente en 72 días. Tal es la leyenda según la Carta de Aristeas, compuesta hacia el 140 a.C. Esta traducción, conocida por > Septuaginta, fue un evento cultural de primera magnitud. Además, el monarca otorgó a los judíos la plena ciudadanía alejandrina y amparó su religión.
La administración civil de los Lágidas en Palestina fue una especie de remedo de la practicada en Egipto, y sirvió como factor de contacto con el > helenismo. Judea, Samaria y Galilea se vieron confrontadas a un sistema administrativo, de gobierno y de recaudación de impuestos, cuya lengua oficial era el griego y cuyas costumbres y modos vehiculaban igualmente concepciones griegas. En tiempos de Ptolomeo II Filadelfo, los estratos superiores de la población autóctona participaban en el trabajo del sistema administrativo. Entre ellos destaca la figura del recaudador de impuestos local (> publicano), que había arrendado el oficio y el beneficio al soberano.
La figura del monarca ideal, encarnada en los Ptolomeos de la época, aparece como tema central de la denominada Novela de Tobías, compuesta prob. en Jerusalén y recogida por Flavio Josefo (Ant. XII, 171ss). Presenta a un tal Tobías como hombre brillante que ayudó a muchos de sus compatriotas a pasar de unas condiciones miserables a una vida más brillante y noble, consiguiendo los favores reales y colaborando estrechamente con el monarca. Lo mismo hallamos en las llamadas «historias cortesanas» que aparecen en los libros bíblicos de Daniel, Tobías y Ester; 3 Esdras (la historia de los tres pajes: 3:1–5, 6), aunque desarrollada de forma ficticia en ámbito persa, refleja un aprecio positivo de la monarquía felizmente reinante.
Como argumenta M. Hengel en Judaísmo y helenismo (p. 58), si la población israelita, al menos los pertenecientes a los círculos más elevados, hubiera rechazado frontalmente la dominación de estos reyes extranjeros, jamás se nos hubieran transmitido estas narraciones que presentan monarcas amigos de los judíos. La prueba de ello está en que después del levantamiento macabeo, en el s. II a.C., ya no se conoce la existencia de ninguna historia de este tipo. Véase HELENISMO, SELÉUCIDAS, SEPTUAGINTA.

