Diccionario Bíblico
Profeta
Letra P
1. Etimología y uso.
2. Profecía y predicción.
3. Videntes y profetas.
4. Institución del profetismo.
5. Comunidades de profetas.
6. Personalidad profética.
7. Falsos profetas.
8. Llamamiento profético.
9. Forma de vida.
10. Escritos.
11. El fin de los profetas.
12. Jesús como profeta.
13. Profetas del NT.
I. ETIMOLOGÍA Y USO. Heb. 5030 nabí, נָבִיא, de origen extranjero, prob. se trata de un vocablo derivado del acádico nabu, y que tiene el sentido de «el que ha sido llamado, el que tiene una vocación». Las formas verbales que del término se originan tienen un doble sentido: «anunciar» y «enloquecer». En este último significado frecuentemente se equiparan «hacer el nabí» y «hacer el loco» (cf. Jer. 29:26; Os. 9:7; 2 R. 9:11). Gesenius relaciona el vb. 5012 nabá, נבא, traducido «profetizar», con nabiá, נָבִעַ, que hace referencia al borboteo de una fuente; con ello se querría indicar que la profecía sería el borboteo del mensaje divino, a semejanza del agua que brota de una fuente escondida. Así, el profeta se entendería como aquel a quien le es comunicado un mensaje para su proclamación o a quien se le comunica una cosa en secreto.
Nabí se aplica tanto a los mensajeros de falsos dioses (p.ej. «los profetas de Baal»), como a quienes actúan como portavoces o intérpretes de otro, de la manera en que Yahvé le dice a Moisés: «Tu hermano Aarón será tu profeta» (Ex. 7:1). En este sentido equivale a «intérprete» o portavoz de los pensamientos de Moisés. El primer pasaje en el que aparece la palabra es Gn. 20:7, donde se aplica como título a Abraham. En Dt. 18:15, 18 se refiere al Mesías futuro, que traerá las palabras de Dios en su boca. La LXX casi siempre adopta la traducción 4396 prophetes, προφήτης, quien habla en lugar de otro, es decir, «intérprete», y 4395 propheteúo, προφητεύω = «ser profeta, profetizar», es decir, proclamar un mensaje divino. En el gr. clásico prophetes, προφήτης designaba a quien habla en lugar de otro, en especial al que lo hace en nombre de un dios, es decir, el intérprete de los oráculos. El dios Apolo es prophetes, προφήτης en tanto que intérprete de Zeus (Esquilo, Eum. 19). Dionisio de Halicarnaso llama a los sacerdotes prophetai ton theiôn: «intérpretes de las cosas divinas»; tambien los poetas son considerados profetas de las Musas, en tanto que sus intérpretes (Platón, Fedro, 262 d). Los profetas, prophetai, προφῆται, relacionados con los templos reciben este nombre por su interpretación de los oráculos divinos recibidos por inspiración mántica, gr. mantis, μάντις (Platón, Timeo 72 b). El uso de la palabra profeta, prophetes, προφήτης, en sentido moderno pertenece al período postclásico, y se deriva de la LXX.
Otros términos heb. para profeta son 7200 roeh, רֹאֶה = «vidente» (1 Sam. 9:9), que indica la relación inmediata del sujeto con Dios; y 2374 jozeh, חֹזֶה = «contemplador [en visión]», es decir, el que percibe una visión, no con los ojos físicos, sino con las facultades espirituales e intelectuales; este término se encuentra gral., pero no siempre, en pasajes que se refieren a visiones dadas por Dios; la LXX lo traduce como blepon, βλέπων o horôn, ὁρῶν, en ocasiones prophetes, προφήτης (1 Cro. 26:28; 2 Cro. 16:7, 10). En 1 Cro. 29:29 aparecen reflejados los tres vocablos: «Los hechos del rey David, los primeros y los últimos, he aquí que están escritos en el libro del vidente [roeh, רֹאֶה ] Samuel, en el libro del profeta [nabí, נָבִיא ] Natán y en el libro del vidente [jozeh, חֹזֶה ] Gad». Roeh es casi un título exclusivo de Samuel; de las diez veces en que se emplea, siete se refieren a él (1 Sam. 9:9, 11, 18, 19; 1 Cro. 9:22; 26:28; 29:29). En dos ocasiones se aplica a > Hanani (2 Cro. 16:7, 10), y una aparece en Is. 30:10 sin referencia a nadie en particular.
El verbo 2372 jazah, חזה, se encuentra frecuentemente en el sentido de «tener una visión», p.ej.: «Vieron a Dios» (Ex. 24:11), donde explica y modifica en cierta manera el hecho registrado en el versículo anterior, en el que se utiliza la palabra ordinaria para «vista». Lo emplea Balaam cuando dice haber tenido una «visión» del Todopoderoso, cayendo en trance, pero con los ojos abiertos (Nm 24:4, 16). En 2 Sam. 24:11 se dice de Gad, el «vidente» de David (cf. también 2 R. 17:13; 1 Cro. 21:9; 25:5; 29:29; 2 Cro. 9:29; 33:18, 19; 35:15). Jazah aparece en Is. 13:1 y en pasajes similares, sobre la > carga o visión que vio el profeta. También en Is. 33:17: «Tus ojos verán al Rey en su hermosura», e implica que habría más en aquella visión beatífica que lo que se presentaría al ojo externo. Describe visiones falsas en Ez. 13:6, 7, 8, 9, 16; cf. 1 R. 22:22. Lo emplean también Amós, Miqueas y Habacuc al hablar de sus visiones, y Daniel en referencia a los sueños.
En el NT el sustantivo prophetes, προφήτης, define a los profetas del AT (p.ej. Mt. 5:12; Mc. 6:15; Lc. 4:27; Jn. 8:52; Ro. 11:3) o en general (p.ej., Mt. 10:41; 21:46; Mc. 6:4); describe a Juan el Bautista (Mt. 21:26; Lc. 1:76) y a los profetas cristianos de las iglesias (p.ej. Hch. 13:1; 15:32; 21:10; 1 Cor. 12:28, 29; 14:29, 32, 37; Ef. 2:20; 3:5; 4:11); incluso a Cristo, el Profeta preanunciado (p.ej. Jn. 1:21; 6:14; 7:40; Hch. 3:22; 7:37); también a los dos testigos cuyos cadáveres quedaron insepultos en la gran ciudad de Babilonia-Roma (Ap. 11:10, 18) y al poeta cretense Epiménides (Tit. 1:12).
II. PROFECÍA Y PREDICCIÓN. Si en en su sentido gr. clásico, profeta es prop. un intérprete de la divinidad, su portavoz, toda vez que el mensaje o voluntad divina que interpreta suele referirse a hechos futuros, hace que en la mente popular sea concebido como un anunciador de acontecimientos futuros, una especie de adivino, de modo que profecía y predicción vienen a ser sinónimos. Esta doble acepción deriva del hecho de que la preposición gr. pro significa «en lugar de» y «antes de». Lo mismo ocurre con el heb. nabí, relacionado con el vocablo babilónico Nabu, el dios de la elocuencia y de la adivinación.
Ciertos relatos bíblicos presentan al profeta como un hombre capacitado para conocer cosas ocultas y adivinar el futuro, p.ej., Samuel puede encontrar las asnas que se le han perdido al padre de Saúl (1 Sam. 9:6–17:20); Ajías, ya ciego, sabe que la mujer que acude a visitarlo disfrazada es la esposa del rey Jeroboam, y predice el futuro de su hijo enfermo (1 R. 14:1–16); Elías presiente la pronta muerte de Ocozías (2 R. 1:16–17); Eliseo sabe que su criado, Giezi, ha aceptado en secreto dinero del ministro sirio Naamán (2 R. 5:20–27), sabe dónde está el campamento arameo (2 R. 6:8s), y que el rey ha decidido matarlo (2 R. 6:30s). La mentalidad popular nunca se apartó de este concepto del don profético. Cuando Jesús dice a la samaritana que ha tenido cinco maridos y que el actual no es el suyo, la mujer reacciona diciendo: «Señor, veo que eres un profeta» (Jn. 4).
Sin embargo, profetas como Amós, Isaías, Oseas, Jeremías, etc., no tienen trazas de adivinos, sino que son intérpretes de la voluntad de Dios, llamados a orientar a sus contemporáneos e indicarles el camino de la conversión (cf. Zac. 1:4). Esta exhortación va acompañada con frecuencia de referencias al futuro, prediciendo castigos o prometiendo la salvación. En determinados momentos, los profetas son conscientes de revelar cosas ocultas, pero su misión principal es iluminar el momento presente desde la Palabra de Dios. Embajador de Dios ante el reino de Israel, el profeta no deja de ordenar que se practique la justicia. Interpretando la historia a la luz de la moral, advierte de los juicios de Dios sobre el pecado y alienta al pueblo a la fidelidad hacia el Señor. El profeta está encargado de revelar los designios divinos (como Natán, que impide a David edificar el Templo, pero que profetiza la perennidad de su dinastía); no obstante, este anuncio de lo por venir dista de ocupar el lugar central dentro de su ministerio.
III. VIDENTES Y PROFETAS. El término «vidente» fue el usado en general para designar al predecesor del profeta durante largos períodos de la historia antigua de Israel. Los grandes sucesores de Samuel ya no son llamados «videntes», sino «profetas» (nebiim). Sin eliminar del vocabulario el título de vidente, que no había desaparecido del todo, se emplea el de profeta (cf. Jue. 4:4; 1 Sam. 3:20; 9:9; 10:10–13; 19:20). Amós, que tuvo visiones, es llamado «vidente» por el sacerdote de Bet-el (1 Sam. 7:12), pero Dios lo llama a un ministerio profético completo (1 Sam. 7:15). «A partir de la era cristiana el profeta aparece sobre todo como el que anuncia lo que va a suceder. Esto se debe probablemente a la importancia que tiene el cumplimiento de las profecías o anuncios veterotestamentarios» (Holman). Los profetas son leídos ante todo como predictores al detalle de la vida y obra de Jesús de Nazaret, Mesías y Señor.
Del profeta revestido del poder del Altísimo se dice que es «el varón de espíritu» (Os. 9:7), el inspirado. Como sucede con otros hombres que cumplen un ministerio público o privado, es el hombre de Dios, su instrumento, su mensajero; es un pastor del rebaño, un centinela, un intérprete de los pensamientos divinos, tal como aparece en la versión griega, donde profeta es equipardo a hermeneús, «intérprete», kéryx, «heraldo» y exegetés, «exegeta». Aunque todos los profetas hayan surgido de Israel, Dios, para el cumplimiento de sus propósitos soberanos, ha concedido en ocasiones un sueño o una visión a filisteos, egipcios, madianitas, babilonios o romanos (Gn. 20:6; 41:4; Jue. 7:13; Dn. 2:1; Mt. 27:19). El Señor se sirvió incluso de Balaam, el adivino, a quien el rey de Moab había pedido que maldijera a Israel (Nm. 22–24). Estos paganos entraron momentáneamente en contacto con el plan de Dios. Para asegurar su realización, el Señor les otorgó un atisbo de revelación, pero nunca los incluyó entre sus profetas. La aparición del ángel a Agar, a Manoa y a su esposa, y a otros, no les confirió este ministerio, reservado a hombres sometidos a la disciplina del Espíritu, y en comunión con Dios.
IV. INSTITUCIÓN DEL PROFETISMO. Prob., el texto más antiguo que presenta a Moisés como profeta es el de Os. 12:14: «Por medio de un profeta, el Señor sacó a Israel de Egipto y por medio de un profeta lo guardó». En la época de Oseas, debía de ser opinión bastante extendida entre las tribus del norte que Moisés era un profeta (nabí). «Lo interesante del texto es que pone como función específica suya la liberación de Egipto y la conducción por el desierto. El profeta es el hombre de la acción, más exactamente, de la liberación» (J. L. Sicre).
Tradiciones posteriores (o quizá contemporáneas a Oseas), subrayarán que Moisés ocupa un rango especial entre los profetas. En Nm. 12:1–16 se especifica respecto a la queja de María y Aarón: «Cuando hay entre vosotros un profeta del Señor, me doy a conocer a él en visión y le hablo en sueños; no así a mi siervo Moisés, el más fiel de todos mis siervos. A él le hablo cara a cara; en presencia, y no adivinando, contempla la figura del Señor» (v. 6–8). En este caso, lo específico de Moisés como profeta es el don que Dios le ha concedido de hablarle cara a cara (cf. Dt. 34:9–12).
Este aspecto de la comunicación directa con Dios y de la transmisión de su palabra es quizá el más importante para la historia de la profecía. El pasaje programático sobre los profetas de Dt 18:9–20 presenta a Moisés como el mediador entre el pueblo y el Señor. En él Dios promete suscitar de entre el pueblo elegido hombres inspirados, capaces de decir con autoridad la totalidad de lo que él les ordenará exponer (vv. 18–19). Moisés es el modelo de todos los profetas que lo siguieron, en cuanto a unción, doctrina, liderazgo y enseñanza. Posteriormente se apreciarán varias analogías entre Moisés y Cristo (Dt. 18:18; Hch. 3:22, 23). Zacarías habla asimismo de un rasgo característico: el Espíritu de Dios ha inspirado a los profetas aquello que debían decir al pueblo; los acontecimientos preanunciados han sido cumplidos (Zac. 1:6; 7:12; Neh. 9:30). Es Dios quien ha elegido, preparado y llamado a los profetas; la vocación de ellos no es hereditaria, sino que con frecuencia encuentra al principio una resistencia interna (Ex. 3:1–4:17; 1 Sam. 3:1–20; Jer. 1:4–10; Ez. 1:1–3:15).
V. COMUNIDADES DE PROFETAS. Los primeros profetas de Israel, como Moisés y Samuel, eran individuos singulares, escogidos por Dios para hablar y actuar en su nombre. Después, aparecen en la Biblia grupos de discípulos en torno a algún profeta, formando una especie de escuela profética, hebel nebiim. Tales comunidades se mencionan en conexión con santuarios como > Gabaa-Elohim (1 Sam. 10:5), > Ramá (1 Sam. 19:18, 20), > Betel (1 R. 13:11; 2 R. 2:3), > Gilgal, > Jericó (2 R. 2:5) y posiblemente el monte Carmelo.
Algunos textos antiguos hablan de grupos de profetas en el sur de Judá durante el período de Samuel y Saúl (cf. 1 Sam. 10:10–12). En los días de Eliseo, estas comunidades reciben el nombre de «hijos de profetas» (bené nebiim), expresión que nunca indica las que había en la época de Samuel. El maestro o superior de estos «hijos de profetas» recibe el título de «padre» o «señor» (2 R. 2:3, 16; 6:21; 13:14). La expresión bené nebiim aparece diez veces en el AT, nueve de ellas en torno a Eliseo. Tenemos de ellos más datos que de los «grupos proféticos» de tiempos de Samuel, pero no muchos. Se encuentran en localidades al sur de Israel, quizá en relación con santuarios locales (Betel, Jericó, Guilgal). Algunos estaban casados (2 R. 4:1), pero llevaban cierta vida comunitaria (2 R. 2:4, 25). Las comunidades, que podían contar bastantes discípulos, vivían muy pobremente, de la caridad pública (4:8), y algunos tenían grandes deudas (4:1ss). Eliseo los invita a comer de lo que les ofezcan (4:38–41). El pueblo reconocía en ellos la presencia del Espíritu de Yahvé. Sus manifestaciones extáticas aparecen como señales por las que Dios muestra su presencia. Eran consultados en relación con problemas de salud (1 R. 17:17–18) o sobre la manera de recuperar objetos (2 R. 6:6). Pero, sobre todo, son defensores de la causa de Yahvé, en cuyo nombre entablan una lucha incesante contra los dioses extranjeros. De ahí su combate contra los cultos cananeos de la fecundidad, especialmente contra las múltiples advocaciones de Baal, señor de la vida en el panteón de Canaán.
Practicaban la meditación (1 R. 8:42), el estudio de la tradición y actos rituales (1 Sam. 10:5). De vez en cuando se reunían para escuchar al maestro (2 R. 4:38; 6:1). El éxtasis no debía ser infrecuente en los primeros tiempos. P.ej., Saúl cayó en trance en medio de los profetas, y los que le conocían de toda la vida se sorprendieron de verlo profetizando (1 Sam 10:10–11). Este caracter extático, para obtener el cual a veces se sirven de la música, posibilita la existencia de agrupaciones de profetas.
En una ocasión al menos, se presentan caminando precedidos por instrumentos musicales: salterios, tambores, flautas y cítaras. A veces se despojaban de sus vestidos (cf. 1 Sam. 19:24) y se echaban al suelo en trance. En realidad, se sabe muy poco de ellos. Según González Núñez, estas agrupaciones proféticas no son profetas, sino «testigos» de la presencia del Señor y auxiliares de los profetas. No hablan en nombre de Dios, no anuncian el futuro, no son videntes, no hacen de intermediarios entre Dios y el pueblo. Simplemente mantienen un quehacer religioso y llevan a cabo un género de vida que lo facilita. Precisamente este servicio religioso supuso una gran ayuda para Samuel en un momento de grandes dificultades, cuando el arca estaba en manos filisteas, el sacerdocio de Silo había desaparecido y la religión cananea amenazaba al yahvismo.
Los grupos proféticos guardaban la tradición y la fe yahvista contra cualquier intromisión o desvío idolátrico, a veces promovido por los gobernantes. La primera referencia explícita a la resistencia profética organizada en el reino del Norte contra la casa real promotora del baalismo, se encuentra en 1 Reyes 18:4. En este pasaje se habla de unos cien profetas que tuvieron que vivir escondidos por su oposición al régimen baalista, y otros más masacrados abiertamente por la reina > Jezabel. Parece probable que los miembros de las comunidades fueran personas que se oponían a las líneas políticas, económicas y religiosas de los reyes israelitas, y habían sido expulsados de las estructuras políticas y religiosas oficiales. Se unieron en grupos de apoyo mutuo y se dedicaron a socorrer a los creyentes en Yahvé que sufrían necesidad, empleando la profecía para efectuar cambios en el orden social. Además, las comunidades proféticas contaban con muchos simpatizantes en la sociedad más amplia, incluyendo funcionarios de la corte como > Abdías, jefes militares como > Jehú, ancianos del pueblo, y hasta extranjeros como > Naamán y > Hazael de Siria.
V. PERSONALIDAD PROFÉTICA. El profeta es un hombre inspirado, en el sentido más estricto de la palabra. Nadie en Israel tuvo una conciencia tan clara de que era Dios quien le hablaba y de ser portavoz del Señor como el profeta. Esta inspiración le viene de un contacto personal con Yahvé, que comienza en el momento de la vocación. Su razón de ser es la palabra que el Señor le comunica personalmente, cuando quiere, sin que él pueda negarse a proclamarla. Palabra que a veces se asemeja al rugido del león (Am. 1:2), que en muchos casos se convierte en un fuego ardiente encerrado en los huesos, que no se puede contener (Jer. 20:9). Se expresa poéticamente por el lenguaje de la conquista amorosa: «Me has seducido, Señor, y yo me he dejado seducir. Tú me violentas y me has vencido» (Jer. 20:7).
El profeta es una persona enseñada por el Espíritu de Yahvé (1 R. 22:24; 2 Cro. 15:1; 24:20; Neh. 9:30; Ez. 11:5; Jl. 2:28; Miq. 3:8; Zac. 7:12; Mt. 22:43; 1 Pd. 1:10–11). La acción divina no está en conflicto con la psicología humana. En ocasiones, Dios se servía de una voz audible o de un ángel (Nm. 7:89; 1 Sam. 3:4; Dan. 9:21), pero por lo general daba sus instrucciones mediante sueños, visiones y sugestiones que los profetas reconocían como de origen divino, externo a ellos mismos. Estos hombres no estaban continuamente bajo la inspiración del Espíritu, sino que esperaban la revelación del Señor (Lv. 24:12). Su mente no puede identificarse con la de Dios (1 Sam. 16:6, 7). Los profetas, a diferencia de los > magos, no disponen de Dios, ni ejercen ningún tipo de control sobre él. El profeta es «sujeto de revelación», no dueño. Natán mismo estuvo de acuerdo con David en sus deseos de construir el Templo, pero tuvo que decirle después que Dios se oponía a este proyecto (2 Sam. 7:3). Bajo inspiración divina, los profetas tienen la capacidad de ver e interpretar coherencias y relaciones entre hombres y acontecimientos que los demás seres mortales no ven (Am. 1:9–15; Jer. 1:4; Ez. 1–3; 8–11; Zac. 1–6).
La predicación de los profetas no era exclusivamente una predicación verbal. En muchos casos iba acompañada también de actos simbólicos y comportamientos extraños; p. ej., Isaías tiene que andar desnudo por orden divina durante tres años como presagio respecto a Egipto y Kus, que iban a ser conquistados por el rey de Asur (Is. 20:2).
Jeremías anuncia la próxima destrucción de Jerusalén rompiendo un jarra (Jer. 19:1–10), y simboliza el exilio babilónico por medio de un yugo al cuello durante varias semanas (Jer. 27:2; 28:10–12).
El profeta es un hombre del pueblo comprometido en la tarea social; de hecho es casi una institución social de Israel. Conocedor, por una parte, de la vida del pueblo y sus afanes cotidianos, y por otra, de la voluntad de Dios, que le es revelada o intuida, busca ante todo la verdad y la justicia. Por eso denuncia los males de la sociedad, sobre todo el abuso de autoridad y de poder, la > opresión del pobre por parte de los ricos y poderosos; anuncia el juicio de Dios y procura que todo el pueblo, como un solo hombre, responda a su mensaje mediante un acto de conversión y de consagración a Dios, de fidelidad a su Palabra. En ese aspecto, el profeta es un vigía, un testigo de la obra de Dios entre los hombres. Por eso, en ocasiones se le llama «centinela» o «atalaya», heb. 6822 tsophiim, צוֹפִאִים (Jer. 6:17; Ez. 3:17; 33:7).
Por el carácter peculiar de su mensaje, nacido casi siempre en situaciones de crisis producidas por abandono e infidelidades, el profeta también es un hombre incomprendido y amenazado. De antemano se le anuncia el fracaso de su misión: escucharán sus palabras, pero no las practicarán (Ez 33:30–33; cf. Is. 53:1). Desde el principio de su llamamiento es advertido por Dios respecto a la dureza de su misión (Is. 6:9s; Jer 1:19; 7:27; Ez. 3:6s). A la falta de respuesta en los oyentes se suma la amenaza, la acusación. Oseas es tachado de loco y necio; Jeremías de traidor a la patria; Elías debe huir del rey en muchas ocasiones; Amós es expulsado del reino del Norte; Zacarías es apedreado en los atrios del Templo (2 Cro. 24:20–21); Urías hijo de Semaías es asesindo y arrojado a la fosa común (Jer. 26:20–23). No tiene nada de extraño que los profetas vivan una lucha interior que, en algunos casos, les lleva a desear no haber nacido, se sientan solos, tengan miedo, huyan y se encondan. Tanto Moisés como Elías conocen la crisis de depresión (Núm. 11:11–15; 1 R. 19:4), pero sobre todo es Jeremías quien se queja amargamente (Jer. 15:18ss; 20:14–18). La palabra profética trasciende en todos los sentidos sus resultados inmediatos, pues su eficacia es de orden escatológico (cf. 1 Pd. 1:10ss).
VI. FALSOS PROFETAS. Israel conoció el problema de los profetas de divinidades extranjeras (cf. Dt. 18:20; 1 R. 18:19; Jer. 2:8; 23:13), y el más serio todavía, el de los que pretendían hablar en nombre de Yahvé (Jer. 23:16–32). Estos últimos son de dos clases:
Impostores, conscientes de su engaño; seducidos por su deseo de ser objeto de la consideración dada a los verdaderos profetas, fueron populares a causa de sus palabras suaves (1 R. 22:5–28; Ez. 13:17, 19; Mi. 3:11; Zac. 13:4). Su influjo era pernicioso sobre el pueblo y sus gobernantes.
Más grave es el caso de la segunda clase, personas sinceras e incluso piadosas, porque fundamentan sus falsas promesas en una pretendida revelación del Dios Verdadero. A pesar de su sinceridad, son falsos guías, aunque no era fácil distinguir siempre los verdaderos de los falsos profetas. Según Bright, los falsos profetas surgen con motivo de la persecución de la reina Jezabel, durante el siglo IX a.C. En estos momentos difíciles, no todos consiguieron resistir a la prueba y se pasaron al bando del rey. Los encontramos en 1 R. 22 enfrentados a > Micaías. De ellos hablan Oseas (6:5), Isaías (28:7), Miqueas (3:5, 11), Jeremías (23:9–40; 27–29) y Ezequiel (13:2ss; 14:9).
En el Dt., la pena asignada a los falsos profetas es la muerte (Dt. 13:1–6). Sin embargo, aparte de la matanza de profetas de Baal ordenada por Elías en el monte Carmelo (1 R. 18:19s), y de la realizada por Jehú, con carácter más político que religioso (2 R. 9–10), el AT no conoce más casos de aplicación de esta ley. Por contra, son precisamente los profetas verdaderos los que mueren (Zacarías, Miqueas, Isaías, según la tradición judía).
Hay varios criterios para discernir los auténticos de los falsos profetas. En primer lugar está el cumplimiento de lo anunciado (Jer. 28:9; Dt. 18:22). Segundo, la conformidad de la predicación de un profeta con la doctrina revelada (Jer. 23:22; Dt. 13:1–16). El criterio moral guarda relación con el de la doctrina; la vida del profeta tiene que corresponderse con su mensaje (Jer. 23:14; 29:23).
VII. LLAMAMIENTO PROFÉTICO. Es el mismo Dios el que llama al profeta (Am. 7:15), el cual conoce el momento preciso de esta revelación. Moisés estaba ante una zarza ardiendo cuando le vino el llamamiento (Ex. 3:1–4:17). El niño Samuel recibió revelaciones particulares (1 Sam. 3:1–15) que lo prepararon para la carrera profética (1 Sam. 3:19–4:1). Eliseo sabía de cuándo databa su llamamiento, y no ignoraba que había recibido una doble porción del Espíritu (1 R. 19:19, 20; 2 R. 2:13, 14). Por lo general se cree que la vocación de Isaías coincide con su visión en el año de la muerte del rey Uzías (Is. 6), pero es posible que recibiera su comisión mucho tiempo antes. Esta visión marcaba el inicio de una etapa nueva y más importante de su ministerio (cf. la visión del apóstol Juan mucho tiempo después de su primer llamamiento (Ap. 1:10); la de Pedro en Jope (Hch. 1:10); la de Pablo en Jerusalén (Hch. 22:17). Igualmente, Ezequiel recibió mensajes (Ez. 33:1–22) años después de haber sido investido con el ministerio profético (Ez. 1:1, 4). No sabemos nada del primer llamamiento recibido por Elías, pero lo vemos un tiempo más tarde (1 R. 19) recibiendo en Horeb un mandato particular. Jeremías, consciente de su llamamiento, se resiste desde el mismo principio (Jer. 1:4–10). Oseas hace alusión a la palabra que el Señor le dirigió por primera vez (Os. 1:1). Por lo que se refiere al llamamiento, solo se registra un caso de instrumentalidad humana: el de Eliseo (1 R. 19:19). En algunos casos, el llamamiento despierta en los profetas la conciencia de su debilidad y de su pecado (Jer. 1:6; Is. 6:5).
En base al Sal. 105:15, se ha lanzado la sugerencia de que los profetas eran ungidos con aceite al comenzar su ministerio. Pero el salmista se refiere, en este texto, a los patriarcas, a los que él denomina «profetas» según el uso entonces corriente (cf. Gn. 20:7; 23:6). En Is. 61:1, que también se cita a propósito de la unción con aceite, la referencia es a la unción del Espíritu. En 1 R. 19:16 se habla de la unción de Eliseo como profeta y de Jehú como rey. Este último fue, efectivamente, ungido con aceite (2 R. 9:1–6). Por lo que respecta a Eliseo, su unción no es descrita; lo que Elías hace es arrojar sobre él su manto como señal de su llamamiento al ministerio profético (2 R. 1:8; 2:9, 13–15).
VIII. FORMA DE VIDA. La Biblia se refiere solo de manera incidental a la forma de vida de los profetas, que no difería demasiado de la de los demás israelitas. El vestirse con > pelo no era un rasgo ascético, sino penitencial, para llorar por los pecados del pueblo (2 R. 1:8; Zac. 13:4; cf. Mt. 3:4). En ocasiones, los hombres de Dios llevaban un cilicio sobre los riñones, con el mismo propósito simbólico (Is. 20:2). La vestimenta de pelo no se ponía directamente sobre la piel, sino como manto sin mangas. Algunos profetas se alimentaban de frutos y de legumbres silvestres (2 R. 4:39; cf. Mt. 3:4). Recibían presentes en especie (1 Sam. 9:8; 1 R. 14:2, 3; 2 R. 4:42), o se les ofrecía hospitalidad (1 R. 17:9; 18:4; 2 R. 4:8, 10). Ciertos profetas, los que eran de la tribu de Leví, tenían derecho al diezmo. Algunos de ellos, como Eliseo y Jeremías, eran de familias acomodadas (1 R. 19:21; Jer. 32:8–10). Sofonías pertenecía a la nobleza de Jerusalén. Gad, el vidente, así como otros hombres de Dios que también llevaban este título, fueron, posiblemente, receptores del apoyo real (2 Sam. 24:11; 1 Cro. 25:5; 2 Cro. 35:15). Los profetas tenían por lo general una casa, al igual que sus contemporáneos (1 Sam. 7:17; 2 Sam. 12:15; 1 R. 14:4; 2 R. 4:1, 2; 5:9; 22:14; Ez. 8:1).
Estos hombres rendidos a Dios y en comunión con él mediante la constante oración, eran aptos para recibir las revelaciones divinas (1 Sam. 7:5; 8:6; 12:23; 15:11). Se aislaban periódicamente para poder percibir mejor las instrucciones de lo Alto (Is. 21:8; Hab. 2:1). Ezequiel y Daniel recibieron revelaciones a la orilla de un río, donde posiblemente lo apacible favorecería la meditación espiritual (Ez. 1:3; Dan. 10:4). Asimismo, fue durante la noche que Samuel oyó la palabra del Señor (1 Sam. 3:2–10). El alma del profeta quedaba incesantemente abierta a la acción del Espíritu, que, sin embargo, no violentaba la personalidad del espíritu humano.
IX. ESCRITOS. A los profetas les correspondió, asimismo, una tarea literaria: debían consignar por escrito la historia en que se habían movido, y sus mensajes proféticos. Samuel el vidente, Natán el profeta, y Gad el vidente, fueron los historiadores de los reinos de David y de Salomón. Ahías de Silo escribió una profecía (1 Cro. 29:29; 2 Cro. 9:29). El profeta Semaías y el vidente Iddo (2 Cro. 12:15) referían los acontecimientos del reinado de Roboam. Iddo el vidente consignó los referentes al reinado de Jeroboam (1 Cr. 9:29). Las memorias del profeta Iddo relataban el reinado de Abías (1 Cro. 13:14). Jehú, el hijo de Hanani, refirió la historia de Josafat (1 Cro. 20:8; 19:2). Isaías describió el comienzo y fin de Uzías y registró la historia de Ezequías (1 Cro. 26:22; 32). El canon hebreo clasifica entre los profetas anteriores a cuatro libros históricos: Josué, Jueces, Samuel, y Reyes. Es evidente que sus autores fueron «los videntes».
Con Amós, alrededor del 760 a.C., comienza la actividad de los profetas escritores. Redactaron sus mensajes, bien de una manera condensada, o bien muy detallada; en otras ocasiones nos ofrecen selecciones de sus discursos. El mensaje de los profetas escritores tiene una importancia trascendental para todos los tiempos, en especial para el cristianismo. Discípulos de los profetas coleccionaron y fijaron por escrito los dichos de sus maestros; lo hicieron sin orden cronológico o estrictamente sistemático. Jeremías se sirvió de un escriba, Baruc.
El canon hebreo da el nombre de «profetas anteriores» a los libros históricos: Josué, Jueces, 1 y 2 Samuel, 1 y 2 Reyes. Los escritos estrictamente proféticos a partir de Isaías reciben el nombre de «profetas posteriores». Esta designación no se relaciona con la época de redacción, sino con el puesto que ocupan estos dos grupos de libros dentro del canon hebreo. Los libros de los Reyes, por ejemplo, escritos después de Isaías, pertenecen al grupo de los «profetas anteriores». Hubo grandes profetas, como Elías y Eliseo, que no escribieron sus discursos. En los comentarios modernos reciben el nombre de «profetas oradores». Aquí y allá en la Biblia se hace alusión a las obras literarias de otros profetas que registraron sus predicaciones por escrito. Se dan citas en los «profetas anteriores» u otros libros del AT.
Entre los «profetas posteriores», Oseas, Amós y Jonás predicaron en el reino del Norte e incluso en Nínive (cf. 2 R. 14:25). Los otros ejercieron su ministerio en el seno de las tribus de Judá y de Benjamín, en tierra de Canaán, o en el exilio. Incluyendo a Daniel, la clasificación cronológica es como sigue:
a) Durante el período asirio, poco antes de Tiglat-pileser (745 a.C.) y hasta la caída de Nínive (hacia el año 625 a.C.): Oseas y Amós en el reino del Norte; Joel, Abdías e Isaías, Miqueas y Nahúm en Judá.
b) Durante el período babilónico, en Judá, del año 625 a.C., y hasta la caída de Jerusalén, el año 586 a.C.: Jeremías, Habacuc y Sofonías.
c) Durante el exilio en Babilonia: Ezequiel, Daniel.
d) Después del retorno del exilio: Hageo, Zacarías, Malaquías.
X. EL FIN DE LOS PROFETAS. En el período del judaísmo posterior al exilio, el fenómeno de la profecía comienza a decaer. «Ya no hay profeta, ni con nosotros hay quien sepa hasta cuándo», se queja el autor del Sal. 74:9. Después del siglo V ya no se menciona a ningún profeta. Los judíos de este largo período son conscientes de vivir «el fin del tiempo de los profetas» (1 Mac. 9:27). Los > sabios, los autores > apocalípticos y los > escribas toman su lugar como guías espirituales de Israel. En el Talmud se recoge esta creencia: «El espíritu de profecía se ha apagado y consumido en Israel con Ageo, Zacarías y Malaquías» (Yomma, 9/b); «Hasta ellos los profetas profetizaron a través de la acción del espíritu; desde entonces prestáis oídos y escucháis las palabras de los sabios» (Seden Olam Rabbah, 30). Con todo, se aguarda la aparición de los profetas (cf. 1 Mac. 4:46), en especial el «profeta digno de fe» (1 Mac. 14:41), que en la creencia general adopta la forma de un nuevo Elías, conforme a la profecía del último libro canónico (Mal. 3:18). Por su parte, los escritores apocalípticos mantenían viva la esperanza del retorno de uno semejante a Moisés (cf. Dt. 18:15–18). Todo esto explica el ambiente judío en tiempos de Jesús en lo que atañe a la profecía. Juan el Bautista es saludado por el pueblo como profeta (Mt. 3:7–12; 11:9; 14:5; Mc. 11:32; Lc. 7:29). El mismo Jesús, haciéndose eco de la creencia en el fin del tiempo de los profetas, dice que Juan fue el Elías esperado (Mt. 11:14; 17:11–12; Mc. 9:12–13), y añade: «La Ley y los Profetas fueron hasta Juan. A partir de entonces son anunciadas las buenas nuevas del reino de Dios, y todos se esfuerzan por entrar en él» (Lc. 16:16; Mt. 11:13).
XI. JESÚS COMO PROFETA. También Jesús es considerado por el pueblo como profeta (Mt. 16:14; 21:11; Lc. 7:16; 24:19; Jn. 4:19). Su nacimiento se caracteriza por una auténtica explosión de espíritu profético. Isabel, la madre de Juan, último profeta de Israel, «quedó llena del Espíritu Santo» (Lc. 1:41). Después del nacimiento de Juan, también Zacarías, «su padre, fue lleno de Espíritu Santo y profetizó» (Lc. 1:67). Cuando el niño Jesús es presentado en el Templo, no son los sacerdotes, sino representantes del pueblo pidadoso, Simeón y Ana, quienes lo saludan y profetizan. Cristo mismo subraya programáticamente su carácter de profeta en la sinagoga de Nazaret: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ungió, me envió a evangelizar a los pobres» (Lc. 4:18). A la mujer de Samaria, que lo reconoce como tal, se le revela como el Mesías venido al mundo (Jn. 4:23; cf. 6:14). Cristo es el cumplimiento de las profecías (Lc. 4:21; 24:25; etc.). Su lenguaje es profético (cf. Mt. 23:13–15), y al igual que los profetas del AT, realiza gestos proféticos drásticos como, por ejemplo, la maldición de la higuera que no da fruto y la expulsión de los mercaderes del Templo. En su condición profética hace vaticinios o anuncios futuros concretos: su pasión, muerte y resurrección, la destrucción de Jerusalén, las negaciones y el martirio de Pedro, la traición de Judas, las persecuciones, el fin del mundo con la resurrección de los cuerpos y el juicio universal, así como otros anuncios menores. Su destino es semejante al de los profetas auténticos del AT (Mt. 13:57; Lc. 13:33). Más que ningún otro profeta, él es signo de contradicción y de división (Lc. 2:34). Incurre en el odio de los jefes del pueblo judío, entre otras cosas por su libertad profética respecto a las tradiciones.
Los apóstoles interpretaron Dt. 18:15ss como un anuncio de Jesús (Heb. 3:19), a quien confiesan como el profeta final, Hijo de Dios y Mesías verdadero. Eso significa que para ellos hay un avance, una historia que lleva del «profetismo israelita» al nuevo «profetismo mesiánico». «Los profetas israelitas representaban en medio del pueblo elegido un papel difícil, a veces trágico, pero igualmente privilegiado; en la historia de la salvación prefiguran al profeta Cristo, cuyo camino preparan y del cual son heraldos, a pesar de que todavía no intuyan su personalidad» (Häring). Solo Jesús, profeta final y verdadero, ofrece la nueva y definitiva alianza de Dios para los hombres.
XI. PROFETAS DEL NT. El pensamiento cristiano cree que Cristo lleva a su consumación toda la historia profética y abre una era nueva: aquella en que el Espíritu de Dios se difunde en tal medida que el pueblo de la Nueva Alianza se caracteriza por la participación de la función profética de Jesús, lo que posibilita la vuelta del profetismo en una medida extraordinaria, como cumplimiento de la promesa de los profetas del AT y, por tanto, como una prueba de la llegada de la era mesiánica (cf. Hch. 2:17–21; Jl. 3:1), de tal modo que «profeta» llega a ser una palabra clave del NT. Incluidos los derivados, aparece 206 veces en los escritos neotestamentarios.
Todo cristiano es «profeta» en cuanto que en él se da el don del Espíritu Santo (Hch. 19:6; 1 Cor. 14:1, 39), pues la Iglesia, fundada por Cristo, es alimentada por su Espíritu. El Espíritu de Jesús se ha derramado sobre toda carne en Pentecostés; desde entonces, visiones y profecía son cosas comunes en el nuevo pueblo de Dios. Al lado de este profetismo general se reconocen en el NT los profetas que revisten una función especial en la comunidad cristiana. En 1 Cor. 12:28 aparecen en segundo lugar, después de los > apóstoles, antes de los > maestros y antes de los que tienen el don de milagros (cf. Ef. 4:11). La actitud de Pablo ante la profecía es extremadamente positiva: «Aspirad a los carismas espirituales, especialmente el de profecía» (1 Cor. 14:1). Su función es tan importante, que se considera que la Iglesia se funda «sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular Cristo mismo, en quien toda edificación bien trabada se eleva hasta formar un templo santo en el Señor» (Ef. 2:20–21).
Estos profetas especiales del NT viven normalmente en iglesias locales (Hch. 13:1), pero visitan a veces otras congregaciones (Hch. 11:27). No parecen elegidos o nombrados; eran más bien carismáticos que recibían un don libre de Dios. Los Evangelios Sinópticos suponen la existencia de profetas auténticos entre los cristianos, puesto que previenen contra los falsos (Mc. 13:22; Mt. 7:15, 22–23).
En ocasiones, los profetas del NT revelan por inspiración divina misterios en un lenguaje inteligible —a diferencia de la > glosolalia, que necesita interpretación— y de una manera autoritativa (1 Cor. 13:2). Al contenido concreto de estas revelaciones parecen pertenecer aspectos referentes a la obstinación del pueblo de Israel que explica y justifica la apertura de la comunidad cristiana a los paganos (Ro. 11:25). Los profetas también juzgan la situación de las iglesias locales (Ap. 2), añadiendo amonestaciones (Hch. 15:32). Pueden tomar iniciativas misioneras, como se constata en la misión de Pablo y Bernabé a los paganos (Hch. 13:1–3). Estos profetas están ellos mismos sometidos a un criterio superior, que es la fe recibida de Cristo y transmitida por la predicación apostólica (Ro. 12:6). Son los demás profetas los que juzgan las profecías (1 Cor. 14:29–33); pero en definitiva, son los apóstoles los jueces supremos (1 Cor. 4:14–21). La profecía acabará en los tiempos escatológicos (1 Cor. 13:10). Mientras tanto, la Iglesia del NT es enriquecida por el carisma de los profetas y guiada por él (cf. Hch. 11:27–28; 13:1; 21:9–11; Ap 1:10–11; 2–3; 19:10). En las cartas pastorales, la palabra profética es también un criterio de actuación y reclama una respuesta (1 Ti. 1:18; 4:14). El profeta del NT, lo mismo que el del AT, no tiene por única función predecir el porvenir, sino que «edifica, exhorta, consuela» (1 Cor. 14:3), funciones que se acercan mucho a la > predicación. Véase CARGA, PENTECOSTÉS, PROFETISA, VIDENTE.
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