Diccionario Bíblico

POTESTADES

Letra P

Gr. 1849 exusíai, ἐξουσίαι = «autoridades, potestades». Término que en ciertos contextos y en compañía de otros vocablos del mismo campo semántico, hace referencia, no a las autoridades terrenales, sino a fuerzas espirituales malignas que ejercen una influencia muy dañina en los seres humanos y el mundo en general.
1. El conjunto de términos y su referente.
2. Un texto discutido.
3. Cosmología helenística y las potestades.
4. Liberación de las potestades.
5. De la cosmología antigua al mundo actual: luchar contra las potestades.
I. EL CONJUNTO DE TÉRMINOS Y SU REFERENTE. En Ef. 6:12 se lee: «Nuestra lucha no es contra sangre ni carne, sino contra principados [arkhaí, ἀρχαί], contra potestades [exusíai, ἐξουσίαι], contra los gobernantes [kosmokrátores, κοσμοκράτορες] de estas tinieblas, contra espíritus de maldad [ta pneumatiká tes ponerías, τὰ πνευματικά τῆς πονηρίας] en los lugares celestiales». En Ef. 1:21 aparece otra lista de estas potencias que incluye los términos «poder [dýnamis, δύναμις] y señorío [kyriotes, κυριότης]». Col. 1:16 agrega «tronos [thronoi, θρόνοι]». Ef. 2:2 nombra una figura específica, «el príncipe de la potestad del aire [ho arkhon tes exusías tu aeros, ὁ ἄρχων τῆς ἐξουσίας τοῦ ἀέρος]» y lo define como «el espíritu que actúa en las personas que desobedecen a Dios [to pneûma to energûn en toîs huioîs tes apeitheías, τὸ πνεῦμα τό ἐνεργοῦν ἐν τοῖς υἱοῖς τῆς ἀπειθείας]». Por lo general, este espíritu malvado es equiparado al «diablo [diábolos, διάβολος]» de Ef. 6:11 y el «maligno [ponerós, πονηρος]» de Ef. 6:16. Otros textos del NT que emplean uno o varios de estos términos con el sentido de «fuerzas del mal» son Ro. 8:38; 1 Cor. 15:24; Ef. 3:10; Col. 2:10, 15; 1 Pd. 3:22.
Los términos para las «potestades» representan el campo socio-político y económico: palabras como gobernantes, señorío, tronos, príncipe, poderes y autoridades se refieren al mando ejercido por las fuerzas dominantes de la sociedad. Sin embargo, al ser calificadas como «del aire» (Ef. 2:2), «de las regiones celestiales» (Ef. 3:10; 6:12), «de las tinieblas» (Ef. 6:12), se ve que trascienden su manifestación dentro de las condiciones concretas de una sociedad: son al mismo tiempo «de este siglo/mundo» (Ef. 1:21; 6:12) y de más allá de él.
II. UN TEXTO DISCUTIDO. Sobre el significado de la expresión «los gobernantes de este siglo (mundo) [hoi árkhontes tu aionos tutu, οἱ ἄρχοντες τοῦ αἰῶνος τούτου]» de 1 Cor. 2:6–8, ha habido mucha discusión. Algunos estudiosos han postulado que estas autoridades que «crucificaron al Señor de la gloria» son los poderes maléficos que figuran en Colosenses y Efesios, los cuales, según la cosmología greco-romana, obran el mal en el mundo. Sin embargo, cuando Pablo afirma en 1 Cor. 2:7 que su mensaje revela el misterio de la sabiduría de Dios y que esta se opone a la sabiduría del mundo y de aquellos gobernantes, es obvia la referencia histórica a los dirigentes judíos y el procurador romano de Palestina que maquinaron la condena a muerte de Jesús. Pablo habrá reconocido también que en ese hecho nefasto estaba la fuerza de la maldad que hay en el mundo y que se manifiesta en las injusticias perpetradas por estructuras de opresión y por quienes siguen el mal. Por su formación en el pensamiento del AT, Pablo sabe que los seres humanos no son títeres del mal, sino responsables ante Dios por sus acciones. Por eso insiste en la culpabilidad de los dirigentes judíos, así como lo hacían también los primeros predicadores cristianos, quienes enfrentaron directamente a sus gobernantes de Jerusalén (cf. Hch. 2:23; 3:14–15; 7:52).
III. COSMOLOGÍA HELENÍSTICA Y LAS POTESTADES. En su conjunto, los términos para las potestades expresan el hecho de que la maldad se impone en el mundo de manera poderosa en detrimento de las personas y la sociedad. Este lenguaje refleja la cosmología del mundo greco-romano, que concebía el cosmos como algo vivo, poblado por seres sobrenaturales y divinidades de varios rangos que habitaban «los lugares celestiales/los cielos», es decir, el espacio por encima de la tierra que terminaba en la bóveda celeste, donde estaban fijadas las estrellas. Algunos pensadores de aquella época creían que, en una zona lejana más allá de esa bóveda, podía existir un dios supremo, inaccesible para los seres humanos, que no tendrían ninguna manera de conocerlo. A este aspecto de la cosmovisión corresponde la declaración de Heb. 4:14–16: «en Jesús, el Hijo de Dios, tenemos un gran sumo sacerdote que ha atravesado los cielos» para representar a los creyentes ante el trono del Dios Supremo.
Este esquema cosmológico ilumina el lenguaje hímnico de Col. 1:15–20 y Ef. 1:20–23, citas que, como todo texto bíblico, dan por sentada la existencia del Dios Supremo que se revela a los seres humanos. Se declara creador de todo cuanto hay en el mundo y el cosmos, material e inmaterial, una idea chocante para la cultura helenística, que consideraba lo material como intrínsecamente malo. Las potestades aparecen dentro de la obra del Creador (Col. 1:16), pero en los demás capítulos de estas cartas figuran como fuerzas malignas que cooperan con instancias humanas. Esta contradicción solo se resuelve al postular una primigenia condición inocente de todas las fuerzas espirituales, de manera parecida a lo que relata el Génesis respecto a la condición original del ser humano. En la segunda estrofa del himno de Col. 1, así como en la alabanza al Cristo resucitado de Ef. 1:20–23, vuelven a aparecer las potestades, definidas como subordinadas al dominio del Cristo exaltado, quien logró por medio de su muerte la reconciliación de todas las cosas. A este acontecimiento se refiere Col. 2:12–15, donde se especifica que fue la cruz y la resurrección de Cristo lo que «despojó a los poderes y las potestades» y triunfó sobre ellos. Este acto poderoso libera a los hombres de esas fuerzas malignas, lo que no pueden lograr los esquemas religiosos que siguen los rudimentos del mundo (> elementos stoikheía), según Col. 2:20–23.
Además de las divinidades tradicionales del mundo helenístico, simbolizadas por las estrellas y las constelaciones, había en esa cosmología otras fuerzas cósmicas representadas por los planetas, el sol y la luna, que afectaban fuertemente a cada persona desde su nacimiento. Unas potencias menores que habitaban el espacio más cercano entre la luna y la tierra, llamado «el aire [aer, ἀήρ]», determinaban en gran medida el curso de los eventos en la tierra y ejercían una influencia dañina sobre la vida humana. En el pensamiento judío que se desarrolló en estrecho contacto con esta cultura helenística, estos espíritus menores fueron interpretados de dos maneras. Los judíos consideraban que algunos de los espíritus actuaban de acuerdo con la voluntad de Dios; eran poderes angelicales. Otros, en cambio, eran desobedientes a Dios y se imponían sobre los seres humanos y la sociedad solo para hacer daño; eran demonios.
En la cosmología reflejada en el libro de > Daniel, hay varios casos donde la > Septuaginta emplea los términos que representan estos seres y los identifica como potencias espirituales específicas, relacionadas con gobiernos y fuerzas militares de diferentes naciones del mundo. En este sentido, > Miguel, el «ángel» de Israel, es llamado «uno de los príncipes [árkhontes] de primer rango» (Dn. 10:13), que pelea a favor de Israel en la batalla escatológica contra las naciones capitaneadas por espíritus malignos (cf. Dn. 10:20–21), concepto que reaparece en Apoc. 12:7–9.
IV. LIBERACIÓN DE LAS POTESTADES. Mientras Ef. 1 enfoca al Cristo exaltado sobre las potestades, en el resto de la carta estas potencias se ven en su operación maligna dentro del mundo. Quienes viven «conforme al príncipe de la potestad del aire» están «en la desobediencia», «muertas en sus transgresiones y pecados» (Ef. 2:1–2). Así vivían anteriormente los no-judíos a quienes se escribió esta carta, cuyo autor confiesa que «también todos nosotros [judíos] vivíamos en los deseos de nuestra carne, haciendo nuestra propia voluntad» (Ef. 1:3). De esta manera, señala a los deseos egoístas de los seres humanos como la ruta por la cual el mal infecta las acciones y las obras de los hombres.
La población del mundo greco-romano vivía inmersa en una cosmología según la cual los hombres eran presa de fuerzas sobrenaturales malignas que manejaban el mundo a su antojo. Efesios presenta la salida de este “pesimismo astrológico” y la expone empleando términos clave. Ef. 2:6 declara que, por la unión de los creyentes con el Cristo resucitado, Dios «nos hizo sentar con él en las regiones celestiales», es decir, ocupar una posición en el cosmos muy superior a la de las potencias maléficas. Esto demuestra ante aquellas potestades la sabiduría de Dios (Ef. 3:10 y 2:4–6) al liberar a los creyentes de su esclavitud al egoísmo e introducirlos en su proyecto de obras buenas (Ef. 2:10), encargándoles también la lucha contra el antiproyecto de aquellos poderes malignos (Ef. 6:10–12).
V. DE LA COSMOLOGÍA ANTIGUA AL MUNDO ACTUAL: LA LUCHA CONTRA LAS POTESTADES. Aunque Efesios habla de la operación del mal en el mundo con un lenguaje muy antiguo, la realidad actual confirma que la maldad contamina y corrompe toda la sociedad, amenazando la vida y el bienestar de personas y pueblos. El llamado de Dios a luchar contra el mal es de tanta o más urgencia hoy que en el primer siglo. Frente a la inquietud de algunos por definir qué son los principados y las potestades, Ef. 6:13–17 responde más bien con una instrucción de cómo luchar contra estas fuerzas del mal en su manifestación dentro del mundo. En este proceso revela cosas importantes en cuanto a dónde y cómo la maldad hace su obra tan destructiva. Es importante observar que la metáfora de la armadura que emplea este texto es más que un recurso pintoresco para hablar de unas virtudes personales, como la rectitud, la honestidad o la paz interior. Para llevar a cabo una lucha eficaz contra las malas prácticas, fruto de la avaricia egoísta, que corrompen el sistema económico o político de un país, por ejemplo, las armas de Ef. 6 deben servir para desenmascarar la mentira y la injusticia, la corrupción y la opresión. De igual manera, «la verdad», «la justicia» y «el evangelio de la paz» son instrumentos poderosos para analizar y corregir las malas acciones y actitudes que dañan y destruyen un grupo social como la pareja, la familia o la nación.
«El cinturón de la verdad». Con la verdad se lucha contra la mentira en todos los lugares donde se instala para encubrir la corrupción y el crimen, y para destruir la posibilidad de confiar en las otras personas. La lucha por la verdad adelanta el camino hacia una sociedad más transparente. En muchos lugares, un riguroso comité de la verdad contribuye en gran manera a la reconstrucción de toda una sociedad después de una época de violencia.
«La coraza de la justicia». La lucha por la justicia pone al descubierto las injusticias, tanto en la familia como en el gobierno, en una economía a escala nacional o internacional, en el trabajo o los negocios de cualquier nivel. Fomenta relaciones justas, no explotadoras, en todas estas áreas. Esta «arma» se emplea a través de diversos medios, como un comité de derechos humanos, una organización gremial, una campaña para lograr una nueva ley.
«Calzados con el celo por anunciar el evangelio de la paz». La mentira, el engaño y la injusticia destruyen la paz, como se ve en el auge de la delincuencia y el estallido de las guerras. El Evangelio que proclama la paz con Dios impulsa a las personas transformadas a construir condiciones de paz con justicia —verdadero shalom, bienestar en todo sentido— dentro de su sociedad.
«El escudo de la fe, el casco de la salvación, la espada del Espíritu —palabra de Dios». Hay que mantenerse firme ante las amenazas de todo tipo —«dardos de fuego»— que se lanzan contra personas y grupos que luchan contra la corrupción y la injusticia. Para esto está la fe, que protege como un escudo la integridad personal y la unión con Cristo (cf. Ef. 3:16–17). La palabra de Dios, al relatar cómo Jesús se enfrentó a las potestades que obraban el mal en su contexto, nos ayuda a discernir dónde operan hoy y nos sirve de guía en la lucha contra ellas, asistidos por la fuerza del Espíritu.
Aunque la oración no figura en este cuadro de la «armadura», sí aparece en la frase que le sigue, como un respaldo necesario a todos los que llevan a cabo esta lucha contra las potestades en su dominio del mundo. «Oren en el Espíritu en todo momento con peticiones y ruegos. Manténganse alerta y perseveren en oración por todos los santos» (Ef. 6:18 NVI). Véase AUTORIDAD, EFESIOS, ELEMENTOS, DEMONIO, DIABLO, IGLESIA, PODER.