Diccionario Bíblico
POSESIÓN DEMONÍACA
Letra P
Por «posesión» (lat. posessio) se entiende la ocupación del demonio de las facultades físicas y psíquicas del hombre, llegando hasta privarle de la libertad sobre su cuerpo, de modo que se convierte en prisionero del espíritu que habla y actúa a través de él o en su lugar (cf. Mt. 8:28–34; Mc. 5:1–13; Lc. 8:26–33). La posesión demoníaca es un fenómeno que aparece por vez primera en los relatos evangélicos como algo común en los días de Jesús (cf. Mc. 1:26, 30; 7:29–30; 9:17–29; 16:9; Mt. 4:24; 10:8; 9:38; 15:21–28; Lc. 6:18; 7:21; 9, 49; 10:17–20; 13:10–17, etc.). En los Evangelios, va frecuentemente acompañada de enfermedad, porque esta, consecuencia del pecado (Mt. 9:2), es otro indicio del dominio de Satanás (Lc. 13:16; cf. 1 Jn. 3:8). La posesión sería un grado superlativo de enfermedad, ya que causa alteraciones graves en el poseso, a saber, cambios psíquicos, locura de tipo agresivo (cf. Mc. 9:22) y blasfemia, fenómenos en definitiva que limitan su capacidad de disponer sobre la actividad propia, pero que, sin embargo, no disuelven su personalidad. Según el entendimiento cristiano de este fenómeno, cuando los hombres se abren a la atmósfera dominada por Satán, se convierten en sus portadores y difusores, de modo que dan entrada al diablo (Ef. 4:27) y devienen sus esclavos. La posesión sería la expresión extraordinaria de un trato indebido con los poderes de las tinieblas. Es más que una sugestión o influencia que impulsa a cometer fechorías; el poseso «tiene» literalmente al demonio en su cuerpo (Lc. 8:27): es su morada, y a la vez, el demonio utiliza al poseso para sus actividades.
Por su pecado, el mundo yace bajo el poder del maligno (1 Jn. 5:19), cuya presencia se deja sentir palpablemente en la posesión. En un sentido general, afecta a todos los hombres, como influencia y sugestión a hacer el mal, pero en sentido estricto la posesión se considera un fenómeno limitado a casos de extraordinaria gravedad en el trato del hombre con los poderes de las tinieblas. Los cristianos están tan expuestos o más a los ataques diabólicos que el resto de los hombres, pero gracias a la fe en el Cristo victorioso están armados contra ellos, llevan la «armadura de Dios» (Ef. 6:10ss). La palabra de Dios permanece en los creyentes, y por ella vencen al maligno (1 Jn 2:14), a lo que se suma la intercesión de Cristo: «No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del maligno» (Jn. 17:15), y la oración cotidiana del propio creyente: «Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal» (Mt 6:13).
Desde un punto de vista psiquiátrico, hay sorprendentes analogías entre la posesión y los fenómenos que se pueden observar en las enfermedades mentales. Algunos mantienen que la diferencia entre la concepción antigua de la posesión demoníaca y la concepción moderna de la enfermedad mental es en gran parte solo una diferencia de terminología (S.V. McCasland, By the Finger of God. MacMillan, Nueva York 1951). Hoy a la posesión demoníaca se la llama neurosis, psicosis, epilepsia o histeria, y el endemoniado de la región de Gerasa, p.ej., sería lo que la psicología moderna llamaría un maníaco depresivo. El Ritual romano previene contra los exorcistas que se apresuran a creer que se encuentran frente a casos de verdadera posesión diabólica cuando se dan signos poco claros que no tienen necesidad de explicación sobrenatural. En el terreno práctico, el diagnóstico siempre resulta difícil; por esta razón, los expertos recomiendan que solo se emplee la terapia espiritual —el exorcismo— cuando se hayan agotado los recursos de la medicina y de la psiquiatría. Véase DEMONIO, ENFERMEDAD, EXORCISMO.

