Diccionario Bíblico

PLÉROMA

Letra P

Gr. 4138 pléroma, πλήρωμα = «plenitud». Término utilizado por Pablo y referido a Cristo (Ef. 4:10) y a la Iglesia (Ef. 1:23; Col. 2:10), de donde ha pasado a la terminología teológica. Este concepto procede sin duda del gnosticismo judaico, y era empleado por los herejes de Colosas. El Apóstol lo utiliza para refutar y mostrar la verdadera naturaleza del pléroma. No representa a los poderes angélicos venerados por los judeognósticos, sino que «toda la plenitud de la deidad habita corporalmente» en Cristo, porque «en él tuvo a bien que toda la plenitud habitase» (Col. 1:19). Esta plenitud significa la manifestación de la realidad plena de Dios en Cristo de una manera ilimitada, de su identificación con él, morando en Cristo en todo su poder y atributos, en toda su naturaleza y ser. Toda la plenitud del ser y la naturaleza de Dios habita constante y permanentemente en Cristo, sin limitaciones, de forma que deviene de una manera plena y perfecta la manifestación de Dios, el mismo Dios hecho carne. En el AT es común la idea de que Dios ha elegido un lugar donde habite su nombre y gloria o shekinah (Sal. 68:16; 132:13–14; Is. 8:18; 49:20; Jer. 23:24). En el prólogo del Evangelio de Juan está presente la misma idea de plenitud divina que mora en un lugar, en este caso concreto, en Jesucristo, el Logos: «De su plenitud todos nosotros recibimos, y gracia sobre gracia» (Jn. 1:16). En este texto, la identificación es más plena, pues no solo se dice que la plenitud de Dios mora en Jesús, sino que la plenitud de Cristo actúa sobre los hombres. Esto es así debido a la identifcación del Logos con Dios (Jn. 1:1). Por esta razon, en otros pasajes Cristo es denominado «la imagen del Dios invisible». «Llamar a Cristo la imagen de Dios es decir que en Él el ser y la naturaleza de Dios han sido perfectamente manifestadas, que en Él lo invisible se ha hecho visible» (F. F. Bruce).
Esta plenitud de Cristo y por Cristo está en abierto contraste con las doctrinas gnósticas y herméticas, según las cuales el pléroma consistía en toda una serie de «eones» o «emanaciones divinas» que cubrían la distancia entre un Dios totalmente espiritual y el hombre en su naturaleza corporal, en una secuencia cada vez más y más espiritual a través de la que tenía que ascender en una larga cadena de mediación. Según esta teoría, Dios no forma parte del pléroma, y el Salvador no lo asume. En contraste con todo esto, Pablo insiste en la permanencia del pléroma en Cristo y en la singularidad de su mediación, con exclusión de cualquier otro pretendido mediador (cf. 1 Ti. 2:5). Toda la plenitud habita en él (Col. 1:19), es decir, la totalidad de los poderes divinos en virtud de los cuales Dios llena el mundo residen plenamente en Cristo (cf. Col. 2:9). Véase GLORIA, JESUCRISTO.