Diccionario Bíblico

PASIÓN DE JESÚS

Letra P

Del vb. 3958 paskho, πάσχω = «sufrir, padecer»; lat. passio, «sufrimiento».
1. Escándalo y locura.
2. Según las Escrituras.
3. Naturaleza voluntaria.
4. Valor salvífico.
Referida a Jesucristo, la «pasión» no significa solamente los sufrimientos que preceden a su muerte, sino también y sobre todo la muerte misma: «El Hijo del Hombre tenía que padecer [patheîn, παθεῖν] mucho» (Mc. 8:31; cf. Lc 24:26, 46), término que, en griego, está fonéticamente ligado con la «pascua», paskha, πάσχα (cf. Khristós hemôn paskha, Χριστός ἡμῶν πάσχα, «Cristo, nuestra pascua», 1 Cor. 5:7). La investigación moderna considera que la historia de la pasión de Jesús es la parte de toda la tradición evangélica más tempranamente fijada.
I. ESCÁNDALO Y LOCURA. Es un hecho que los relatos pascuales ocupan una buena parte de las narraciones evangélicas, evidenciando con ello que, desde el principio de la fe cristiana, fue uno de los temas capitales en el pensamiento, doctrina y vida de las comunidades primitivas. En primer lugar había motivos apologéticos, ya que la idea de un Mesías que sufre y muere era extraña al judaísmo contemporáneo y, por tanto, la pasión de Cristo aparecía como una prueba contra su mesianidad. Lucas epitomiza en los dos discípulos del camino a Emaús la perplejidad que sienten los mismos apóstoles ante los sucesos de Pascua: «Nosotros esperábamos que él era el que habría de redimir a Israel» (Lc. 24:21). Desde el punto de la vista de la ley judía, el crucificado debía ser tenido por maldito de Dios (Dt. 21:23; cf. Gal. 3:13; 1 Cor. 12:3). Por si fuera poco, en el mundo grecorromano la muerte de cruz era considerada ignominiosa (Tácito, His. IV, 11), el más afrentoso y terrible de los suplicios, reservado por los jueces romanos a los esclavos y criminales (Cicerón, In Verrem V, 64). En este contexto se entiende perfectamente que el anuncio de la pasión de Jesús resultara escándalo para unos y locura para otros (cf. 1 Cor. 1:23).
Para dar razón a judíos y griegos, a los de dentro y a los de fuera, los creyentes recurrieron a una triple respuesta. Primero, hicieron ver que la pasión estaba de acuerdo con la Escritura, predicha por los profetas del AT, y que se había cumplido en la muerte de Jesús. Segundo, Jesús no fue sorprendido por la pasión, sino que la previó, la predijo y la aceptó voluntariamente. Tercero, pasando de la defensa al ataque, la pasión de Jesús tiene un valor de salvación para todos los hombres, tal es así que no solo el anuncio cristiano, el > kerigma, gira en torno a la cruz, sino también el culto se ocupa preferentemente de este asunto. Los himnos contenidos en algunas cartas atestiguan el temprano > culto tributado a Cristo crucificado y glorificado (1 Ti. 3:16; Flp. 2:6–11; 1 Pd. 1:18–21; 2:21–24; 3:18–22, cf. Ap. 5:6–14, etc.). Los > sacramentos son referidos a la muerte de Cristo. El > bautismo se entiende como un morir y resucitar con él (Ro. 6:2–11), y la > eucaristía es concebida como representación y aplicación de su muerte redentora (1 Cor. 11:26).
II. SEGÚN LAS ESCRITURAS. En el contexto de la cultura judía, a la que los primeros cristianos pertenecían y en la que se movían, era del todo necesario demostrar que el sufrimiento y la muerte del Mesías estaban de acuerdo con la Escritura y correspondían, por tanto, al designio salvífico de Dios. Tales referencias al AT se hallan principalmente en boca de Jesús. Cada evangelista ofrece una perspectiva personal dentro de un consenso sustancial en cuanto al curso de los acontecimientos y la naturaleza de la pasión. Los cuatro evangelistas coinciden en interpretarla positivamente, como cumplimiento de la Escritura, conforme a la «economía» o historia salvífica de Dios.
En Marcos solo una vez se cita la Escritura de modo explícito (Mc. 14:27); por lo general alude a ella mediante citas implícitas (cf. Mc. 14:18, 24, 34, 62; 15:34). En dos ocasiones, la pasión en general es designada como conforme con la Escritura (14:21, 49).
En el Evangelio de Mateo resalta con más claridad todavía el recurso a la Escritura, sea directa (Mt. 27:9ss) o indirectamente (Mt. 26:15; 27:34–43). El que Jesús rechace todo intento de defensa lo fundamenta en la necesidad de que se cumpla la Escritura (Mt. 26:54). Por medio de dos nuevos episodios se destaca la culpa judía (Mt. 27:19, 24ss); y con el relato del fin de Judas (Mt. 27:3–10) se ilustra lo abominable de su traición.
En Lucas aparece más raramente el interés por la prueba de la profecía (Lc. 23:49; 24:26). En su lugar, presenta una verdadera historia de la salvación en tres períodos claramente delimitados. Dentro de ella, la pasión de Jesús aparece como un martyrium o «testimonio» conforme a la voluntad del Padre: «El Hijo del Hombre va según lo que está determinado» (Lc. 22:22). La pasión de Jesús ocurre de acuerdo con el plan de Dios, de ahí la perspectiva edificante del sufrimiento de Jesús, modelo del mártir futuro: Silencio y paciencia ante las acusaciones e insultos (Lc. 23:9); inocencia admitida por Pilato y Herodes (Lc. 23:4, 14, 22); pasa por alto sus propios sufrimientos (Lc. 23:28); promete el paraíso al buen ladrón (Lc. 23:39–43); ruega por sus enemigos y ejecutores (Lc. 22:51; 23:34), y finalmente expira con una palabra de confianza en Dios (Lc. 23:46; Sal. 31:6). En esta misma línea, Lucas mitiga la agonía espiritual de Jesús en Getsemaní; pasa por alto la fuga de los discípulos; refiere el llanto de algunas mujeres compasivas, a quienes Jesús dice que no lloren por él, sino por ellas y por sus hijos (Lc. 23:27, 31). Finalmente, es el único que nos habla acerca del efecto producido sobre los espectadores, que experimentan un cambio que va del odio al arrepentiiento: «toda la multitud que estaba presente en este espectáculo, al ver lo que había acontecido, volvía golpeándose el pecho» (Lc. 23:48), y el reconocimiento divino del sufriente: «Cuando el centurión vio lo que había acontecido, dio gloria a Dios, diciendo: ¡Verdaderamente, este hombre era justo!» (v. 47).
El cuarto Evangelio también se interesa por la prueba de la profecía en los momentos cruciales (Jn. 15:25; 19:23ss, 28, 38ss), pero sobre todo Juan pone de relieve la dignidad regia de la pasión de Jesús, entendida siempre en clave de amor hacia los suyos: «Esto hizo para que se cumpliese la palabra que él dijo: De los que me diste, ninguno de ellos perdí» (Jn. 18:9). La crucifixión no aparece como derrota y una victoria de sus enemigos, sino como victoria de la obediencia y del amor del Hijo al Padre en bien de la humanidad (Jn. 10:18; cf. Mt. 26:52–54; 27:50; Ro. 5:8; Heb 9:14). Por eso, la última palabra del crucificado es la exclamación de triunfo: «Consumado es» (Jn. 19:30).
III. NATURALEZA VOLUNTARIA. En los Evangelios resulta claro que la asunción voluntaria de la pasión y muerte de Jesús se remonta al propio Jesús de la historia. Marcos narra varias veces que Jesús predijo su pasión (Mc. 14:8, 18–21, 27, 30ss), la cual se introduce desde el principio como un plan urdido por las autoridades judías para darle muerte (Mc. 3:6), del que Jesús es consciente y al que alude veladamente desde el comienzo (Mc. 2:19ss; 9:12; 10:38; 12:1–12); de modo que, para Martin Kaehler, el Evangelio de Marcos es como «una historia de la pasión con extensa introducción». Jesús es el siervo de Dios que no «vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos» (Mc. 10:45 y par.).
El Evangelio de Juan pone de relieve el hecho de que la muerte de Jesús es un acto voluntario, de modo que, cuando se consumen los hechos, nadie pueda deducir que han sido sus enemigos quienes han provocado su muerte, como si de ellos dependiese el destino de Jesús y el significado de su pasión, entendida desde el principio como sacrificio de amor cuyo origen se encuentra en Dios (Jn. 3:16). El mismo Jesús, en el contexto del buen pastor que da su vida por sus ovejas, afirma: «Nadie me la quita, sino que yo la pongo de mí mismo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre» (Jn. 10:18). Esta aclaración era del todo necesaria, pues de no mediar la aceptación volutaria de la muerte, esta perdería su valor salvífico. La misma idea se refuerza en la narracción del prendimiento que precede a la pasión: «Pero Jesús, sabiendo todas las cosas que le habían de acontecer, se adelantó» (Jn. 18:4), es decir, tomó la iniciativa él, no sus enemigos. Hasta el mismo momento crucial cuando se decide el destino terreno de Jesús ante Pilatos, Juan resalta que Cristo pudo haber evitado su ignominosa muerte, pero no lo hizo porque tenía que «beber la copa que el Padre» le había dado (Jn. 18:11), de modo que rechazó cualquier posibilidad de evitar el desenlace trágico de su destino, como se observa en el diálogo con el gobernador romano: «¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y tengo autoridad para crucificarte?». A lo que respondió Jesús: «No tendrías ninguna autoridad contra mí, si no te fuera dada de arriba» (Jn. 19:11). Es Jesús quien sabe que le ha «llegado su hora para pasar de este mundo al Padre», y es él quien al morir voluntariamente pone de manifiesto el amor a los suyos «hasta el fin» (Jn. 13:1). Es su amor y su obediencia al Padre (cf. Ro. 5:19; Flp. 2:8; Heb. 5:8; 10:5–10) lo que le hace libre para asumir voluntariamente su destino y actuar en consecuencia: «Nadie tiene mayor amor que éste, que uno ponga su vida por sus amigos» (Jn. 15:13). Como atinadamente observa J.D. Kingsbury, «cuando Jesús entra en su pasión, es él, y no sus adversarios, quien controla los acontecimientos» (Conflicto en Lucas, 193).
IV. VALOR SALVÍFICO. Todos los autores del NT consideran la pasión de Jesús a la luz de su resurrección y relacionan siempre estos dos momentos en el marco de la historia de la salvación. Es Jesús mismo quien estableció esta relación: «Desde entonces, Jesús comenzó a explicar a sus discípulos que le era preciso ir a Jerusalén y padecer mucho de parte de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas, y ser muerto, y resucitar al tercer día» (Mt 16:21). Pasión, muerte y resurrección forman un acontecimiento único dividido en tres actos en y con el cual Dios Padre entrega a la muerte a su propio Hijo (Jn. 3:16; Ro. 8:3) para reconciliar consigo al mundo, mientras que Jesucristo acepta libremente este designio del Padre por amor a sus hermanos (Jn. 13:1; 5:12–13; 2 Cor. 5:17ss; Gal. 2:20; 1 Jn. 4:9–10; Ap. 1:5–6). Solo pueden comprenderse debidamente los datos del NT, que presentan la muerte de Cristo como el momento culminante de su vida y de la obra mesiánica.
Jesucristo, fiel hasta el final a la voluntad salvífica del Padre (Jn. 6:37–39), se entrega completamente a los hombres precisamente en la «hora» en que estos, en la persona de Judas y de los dirigentes del pueblo escogido, lo rechazan definitivamente. Es el Siervo de Yahvé que lava los pies a los discípulos al comienzo de la Última Cena (Jn. 13:1–17), indicando que todo cuanto va a hacer en horas sucesivas constituye el acto decisivo por los hombres hasta el supremo sacificio de su vida (Mc. 10:45; Mt. 20:28). En la cruz se revela el amor supremo del Padre por los pecadores (1 Jn. 4:9–10). Hacia el final de la Última Cena, Jesús instituyó la Eucaristía diciendo: «Éste es mi cuerpo, que se da por vosotros: haced esto en memoria mía. Y, asimismo, el cáliz, después de haber cenado, diciéndoles: Este cáliz es el nuevo testamento en mi sangre, que por vosotros se derrama». En estas frases, recogidas por los tres Sinópticos y por San Pablo (1 Cor. 11:23–29), se encierra el mensaje central y fontal del cristianismo: Dios, en la persona de su Hijo, se entrega a sí mismo por la salvación de los pecadores. Él es el Siervo Sufriente y el Cordero de Dios, la víctima y el sacerdote al mismo tiempo. Véase AGONÍA, CRUCIFIXIÓN, EXPIACIÓN, JESUCRISTO, MUERTE, REDENCIÓN, SALVACIÓN, SUFRIMIENTO, SUFRIR.